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  • Héctor Farina Ojeda (*)

El gran cambio político que se dio el año pasado con la caída del Partido Colorado y la asunción de Fernando Lugo no termina de consolidarse como aquel cambio esperado por millones de paraguayos que vieron en la alternancia la posibilidad de superar males endémicos. La falta de solución de problemas centrales, como la inseguridad y el desempleo, hace que la esperanza se vaya desdibujando y el tan ansiado cambio se vuelva nuevamente algo lejano en el tiempo y el espacio.

Y es que más allá de las dificultades, de la crisis económica mundial y del escaso tiempo transcurrido desde la asunción del gobierno de Lugo, no se ha logrado establecer un rumbo claro para hacer crecer la economía, para mejorar la educación y para convertir al país en un lugar de oportunidades para el desarrollo de la ciudadanía.

Que el
Gobierno actual se jacte de no ser corrupto como los anteriores no alcanza para
marcar la diferencia que el país requiere. Y menos si consideramos que el
fantasma de la ineptitud ronda el manejo de los temas importantes y se aparece
en muchas de las decisiones. Lo que deberíamos cuestionarle a Lugo y a las
demás autoridades es qué están construyendo para hacer que Paraguay no siga
siendo el país pobre y atrasado que los colorados dejaron tras seis décadas en
el poder. ¿Cuál es el camino que piensan seguir para tener un país con menos
pobreza y más empleo, con justicia y seguridad? Si no hay un rumbo claro, que
permita la construcción constante del país que queremos, el cambio tan mentado
no deja de ser una quimera disimulada bajo el espejismo de pequeñas
modificaciones coyunturales.

Más que el
cambio de gobierno, necesitamos un cambio de actitud y de horizontes. Son ya
demasiados los años que venimos escuchando el discurso de que hace falta un
“cambio de mentalidad”, pero no terminamos de asumir que eso no será posible
mientras no construyamos las bases necesarias para dejar atrás los pensamientos
retrógrados y los modelos conformistas. Deberíamos asumir de una vez por todas
que no podremos ser mejores si no mejoramos nuestra educación: si no somos
personas capaces, competentes y preparadas para comprender los tiempos en que
vivimos, de ninguna manera podremos orientar nuestra visión y nuestro trabajo
hacia mejores destinos. Eso lo saben los países ricos y por eso progresan,
porque invierten en su gente y hacen que la verdadera riqueza de sus sociedades
sea el conocimiento. En contrapartida, en los países atrasados se limitan los
recursos para la educación y se vive la cruel ilusión de una mejoría que
sencillamente no llegará porque no se trabaja para merecerla

Para que
Paraguay inicie un cambio verdadero necesitamos un gobierno que invierta mucho
más en la gente, que comprenda la necesidad de formar personas educadas que
puedan producir más y mejor para el país. La construcción de una sociedad mejor
no pasa por repartir subsidios para calmar las protestas, sino por destinar los
recursos a la capacitación de las personas, para que puedan desarrollarse y
generar oportunidades sin la necesidad de vivir a la sombra de las dádivas de
los gobernantes de turno. Invertir en la gente es darle los elementos
necesarios para que pueda generar su propia riqueza. En ese sentido, el
compromiso con los pobres debería consistir en darles la oportunidad para dejar
la pobreza y no en darles falsos apoyos para mantenerlos tranquilos mientras
siguen en la miseria.

Para un
cambio verdadero, el Gobierno debe duplicar –como mínimo- la actual inversión
en educación para el próximo año, en tanto debe ir incrementando la cantidad y
la calidad de lo que se invierte en materia educativa. El mísero presupuesto
que ronda el 3% del Producto Interno Bruto (PIB) no alcanza más que para seguir
en la misma mediocridad y en el mismo atraso: si queremos ser mejores tenemos
que hacer una apuesta fuerte por nuestra capacitación, así como lo hizo
Singapur, que destinó el 20% de su PIB a la educación y hoy es un país rico,
desarrollado y seguro.

Para
construir el cambio anhelado necesitamos tener más escuelas en el interior del
país, universidades más competitivas, maestros más preparados y mejores
posibilidades de acceso para los estudiantes. Hace falta una fuerte inversión
en el desarrollo de la ciencia y de la tecnología, para que podamos generar
nuestra propia riqueza. Si el Gobierno no construye desde ahora un camino para
tener una sociedad más y mejor preparada, el cambio no pasará de ser un cuento
que nos vendan cada vez que alguien quiera votos.

(*)
Periodista. Master en Ciencias Sociales

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Anónimo



SÍ... PERO
Por Benjamín Fernández Bogado

Una de las grandes transformaciones que debemos emprender los paraguayos en vísperas de nuestro bicentenario de la independencia es la recuperación de la autoestima y el control -hasta donde sea posible- de uno de los peores legados españoles: la envidia. Entre nosotros casi nadie puede emerger, el que lo hace es porque ha podido sortear terribles emboscadas que, contra los talentosos, se tienden de manera recurrente.



En el Paraguay solo toleramos al que tiene éxito cuando estamos seguros de que tiene cáncer. La duda y la desconfianza hacia el capaz son maneras efectivas de control social, que ha encontrado la mediocridad para castigar de manera despiadada los escasos brotes de ingenio que han podido emerger en el país. La crítica no tiene límites alcanza a su familia política, al barrio donde vive, al pueblo de donde es originario todo en el ánimo de condicionar el reconocimiento del talento, del ingenio y de la capacidad.



¿Será esa la razón por la que en el país no tengamos escuelas para genios? No toleramos en nuestra meditarraneidad cultural que nadie emerja sobre el rasero de lo cotidiano y de la mediocridad. Solo podemos honrar a quien salió a tiempo del Paraguay para realizarse en el campo científico, musical o literario, aunque nunca reconozcamos en nuestra tierra sus cualidades, como el caso de Agustín Barrios.



Un amigo me decía por estas planicies de América tan parecidas a nuestra tierra, que cuando más temor tenía era cuando alcanzaba el éxito. Que cuando estaba deprimido, triste o derrotado se sentía acompañado, pero, notablemente solo y temeroso cuando triunfaba.



Concluía mi interlocutor diciendo que no quería volver al Paraguay para compartir el derrotero del fracaso y que se conformaba con tener una visión idílica de una nación de grandes potencialidades, pero donde el impuesto al éxito es demasiado alto. Comprendí su angustia, mientras me mostraba aquí, en Cuernavaca, la casa que eligió el Shá de Persia en su exilio hace 30 años.



El mismo lugar donde un arpista paraguayo tocó por más de 10 horas continuadas mientras el ex monarca iraní trataba de entender por qué los Mullahs se habían hecho del poder. A Reza Palevi le gustaba la música paraguaya y Luis Alberto del Paraná no solo era un asiduo visitante suyo en Teherán, sino que había compuesto una canción dedicada a una de sus esposas, inmortalizándola en esa guarania llamada Princesa Soraya.



La autoestima debe ser levantada, la tenemos baja desde la guerra del 70. Emergimos algo después de la victoria en el Chaco, para nuevamente sumergirnos con sucesivos gobiernos que han tenido una alergia cercana al virus N1H1 con los capaces y los talentosos, a quienes persiguieron con saña independientemente del partido político que gobernara.



En el Paraguay el poder tiene la característica del ejercicio autoritario, ilimitado y revanchista contra quienes creen falsamente son los culpables de no haberles permitido llegar más temprano. Nicanor se autocomplacía gritando desde el poder que era un resentido social y se rodeaba de abyectos que solo podían asentir sus delirios.



Pasó con los anteriores presidentes y ocurre con el actual que no se siente cómodo con quienes pudieran ayudarlo a ser más eficaz como gobernante. Por el contrario, pareciera ufanarse en provocar reacciones con medidas y actitudes incoherentes y contradictorias. Si total el poder lo puede y lo tolera todo.



Eso crea el Shá antes de terminar en Cuernavaca exiliado y mirando los chivatos en flor mientras lloraba su desalojo del poder al ritmo de guaranias. Debemos recomponer la matriz social y una buena manera es recuperando la autoestima y abandonando el ser condicional con el que hemos colgado a los capaces el san Benito inquisitorial de que no podemos ser inteligentes, buenos, talentosos y paraguayos al mismo tiempo y en el mismo país.


Fecha: 12/07/2010 10:13.


Anónimo

PAÍS DE AMAGES


José Antonio Vera
(especial para ARGENPRESS.info)
Recurso futbolístico eficaz, expresión de tácticas militares, síntomas de algunas enfermedades, el amague es ademán, es intención y es un clásico juego de personas, en particular entre adolescentes y jóvenes, duchos en hacer el movimiento, la seña, la advertencia sobre algo que no se cumplirá.
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Hasta ahí, todo casi bien y hasta divertido, pero en Paraguay esa costumbre se trastoca cuando se traslada a la actividad del grueso de los políticos, de los empresarios, movimientos sociales, sindicatos, policía, Ejército y todos los servicios del Estado, especialmente el Poder Judicial y los sectores financiero, la enseñanza y otros sitios donde, casi sin excepción, se dice una cosa para hacer otra.

Desde la primera semana de enero, una ola de amenazas de bombas se ha instalado en Asunción y, aunque naturalmente está generando cierta inquietud entre la población, la verdad es que de una docena y media de artefactos detectados, apenas explotó uno, que fue en el Palacio Judicial, sin provocar víctimas.

Ese fue el único atentado que el o los presuntos autores no alertaron, dos días después asumido, en nombre del Ejército del Pueblo, desde la cárcel de mujeres por Carmen Villalba, quien purga un condena de 25 años, acusada del secuestro y asesinato de Cecilia Cubas, hija mayor de Raúl Cubas, fugaz Presidente en 1999.

Todos los demás actos, que han terminado en falsa alarma, han sido advertidos en su totalidad con llamadas telefónicas, desde algunos de los seis millones de celulares que circulan en el país, más de uno por habitante.

El anuncio de la investigación se hizo con expresiones adustas por el Ministro del Interior Rafael Filizzola y el Comandante de la Policía Nacional, Comisario General Viviano Machado, sin que hasta ahora exista la más mínima señal del resultado, aparte del anuncio de ambos de estar procesando mucha información.

Es de presumir que esa inoperancia está estimulando a algunos irresponsables que se divierten creando zozobra, pero también podría ser que se esté incubando algún plan terrorista contra un gobierno que, aunque incapaz de cumplir con su promesa de justicia social, ha amenazado a círculos poderosos de la mafia, la cual no tiene porqué pensar que sólo se trata de otro amague de Lugo y su gente.

A su vez, los movimientos sociales amenazan con grandes movilizaciones y, cuando las hacen, generalmente terminan con el gusto de un cítrico inmaduro, y la carta de sus reivindicaciones tiene mucho de emotividad y poco contenido programático, aunque menos tétrico que las organizaciones empresariales, que hasta amagan en convertirse en patriotas.

Felizmente, no todo es amague, como hace poco más de un año lo demostró el pueblo al desbaratarle la presidencia del país al Partido Colorado, que se la había apropiado en 1947 e hizo de ella una suerte de empresa privada hasta 1989, cuando ensayó un cambio, aconsejado por servicios extranjeros de inteligencia, expertos en maquillar la máscara de regímenes muy desprestigiados.

En febrero de ese año, un golpe militar desplazó al General Alfredo Strossner de su sillón y a alguno de sus esbirros, en un acto de traición corporativa que, aunque merecido, fue ejecutado por los jerarcas y aliados más próximos, formados por especialistas que nunca amagan cuando se trata de mantener el poder en contra de los intereses populares, en manos de siervos obedientes.

Esos nuevos amos del poder paraguayo obraron entonces, hace apenas dos décadas, con calculada vileza y se aliaron con fuerzas de una oposición que, durante años arrodillada, se había hecho experta en amagues de todo tipo. En conjunto elaboraron una nueva Constitución e instalaron un gatopardismo que, con buena salud, ha sobrevivido sin mayor inquietud a algunos leves achaques.

Una de las jugadas más acertadas de los sucesores de Strossner, fue reformar la Carta Magna, confiriéndole nuevos poderes al Parlamento que pasó a desempeñar un papel absolutamente negativo para el despegue del país.

Ello se ratifica estos días con la aprobación, por Diputados, de un proyecto de ley para trasladar la administración de la enseñanza y la salud, a los municipios y gobernaciones, todas en poder local de los dos partidos tradicionales, Colorado y Liberal. Además de debilitar al Ejecutivo.

Buen patriota, consecuente con la tradición, el Presidente Fernando Lugo no ha querido defraudar en el oficio de los amagues y, en los nueve meses que lleva al frente del cuasi nuevo gobierno variopinto, está cosechando junto a su equipo muchos puntos que, si existiera un torneo regional de ese juego, Paraguay andaría entre los favoritos al título.

Aunque en otros aspectos, el ex Obispo se destaque por su eficacia, y algunos de sus colaboradores hagan algunas tareas con regular para arriba, los resultados de su administración están muy lejos del mínimo que necesita el país para evitar que siga en aumento la miseria.

Seis de cada diez habitantes están pobres y muy pobres, apenas el diez por ciento recibe gratis algunos servicios de salud, derecho respetado a medias por el Instituto de Previsión Social, que está financiado por un porcentaje del salario y otro de la patronal.

Sólo un cuarto de los asalariados percibe el sueldo mínimo de un millón 300 mil guaraníes, alrededor de 260 dólares mensuales. El mayor número de empleos se encuentra en la administración y en el sector informal que ocupa desde niños de ocho años hasta octogenarios, mayoría mujeres, alto porcentaje de madres solteras.

Por las calles viven o deambulan miles de niños y adolescentes, presas de la drogadicción y la prostitución, buena parte nacidos en hogares de campesinos expulsados de la tierra, que se han asentado en los barrios de plástico y cartón que rodean Asunción, “la madre de las ciudades”, como gusta llamarla el oficialismo.

Muchas promesas ha hecho Lugo y su equipo de combatir la corrupción y, en ese punto, algo ha logrado, aunque diste mucho de la higiene moral prometida, pero uno de los más graves problemas de su administración es que su política económica sólo hace amagues de reorientación y continúa la senda trazada por los colorados.

Un reciente préstamo del Banco Mundial, de 100 millones de dólares, se destinará a mejorar la administración del Estado, un cáncer de 250 mil burócratas desganados, casi en su totalidad empleados por el Partido Colorado, y especializados en sabotear la función pública y proteger y practicar la corrupción.

Ningún proyecto de producción nacional aparece, ni siquiera en rubros básicos de la alimentación. Los pretextos de la falta de capital sólo sirven para enmascarar la incapacidad para diseñar un programa de gobierno, lacra que los enemigos acarician, fomentando la decepción popular y la división en torno a Lugo.

El Vicepresidente Federico Franco, dirigente liberal minoritario, tan hábil en el amague como incapaz para controlar su avaricia presidencialista, todos los días tiene algún nuevo motivo para condenar al mandatario, en una actitud francamente desestabilizadora, que conspira contra cualquier iniciativa positiva e, incluso, con su futuro político.



Fecha: 12/07/2010 10:26.


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