• Benjamín Fernández Bogado

No es infrecuente escuchar que América Latina es un continente rico en recursos naturales pero pobre en humanos. De verdad, hemos invertido poco en educación. El país que más lo hace no alcanza el 6% del PIB y los niveles en ciencia y tecnología nos aleja aún más del epicentro generador de bienes y recursos. Hoy, dos tercios de la riqueza mundial están basados en servicios lo que implica que los vendedores de conocimientos a través de patentes hoy son más ricos que aquellos que tienen minas, grandes campos de cultivo, buen riego y régimen de lluvias o petróleo. Lo que tenemos en la cabeza es lo que determina hoy quién es pobre y quién es rico. Y ejemplos hay a montones en el mundo desde Singapur que no era nada hace 45 años y hoy es la novena potencia comercial del orbe o la próspera Corea del Sur dividida y fragmentada como consecuencia de la guerra con su vecina Corea del Norte y esta, que hoy encerrada debe continuar alimentado uranio mientras su población se muere de hambre. Los países que no rehuyeron el compromiso de orientar su desarrollo hacia la educación crecieron, son más seguros, tienen menor nivel de vida y eligen en consecuencia a mejores gobernantes. Esta es la única clave de la prosperidad a nivel mundial y sobre esto sobran las teorías solo que faltan quienes las implementen.

 

Los gobiernos populistas insisten sobre el fracaso anterior y una respuesta de igual orden, pero hacen muy poco para potenciar los recursos humanos porque parecieran como los gobiernos de facto creer que en la medida que más educada es la población menos tolerancia hacia sus dislates tendrían. Y de verdad habría que decirles que eso es verdad, solo que cada día que pasa que no invertimos lo necesario y lo recomendado en educación además de ciencia y tecnología estamos sencillamente perdiendo el tren de la historia y cuando se haga el arqueo de caja se verán tan culpables los que dejaron de hacer como aquellos que reconociendo lo que se debería de hacer continuaron con la misma inercia perturbadora y subdesarrollada.

 

Requerimos estadistas más que políticos de ocasión. Los primeros piensan en la siguiente generación.

 

Debemos pensar que la causa central de nuestra pobreza está en pobre y mala inversión en materia educativa y en ese discurso nacionalista y excluyente que nos priva entender al mundo como un espacio de oportunidades para todos incluso para países que antes ni existían en el mapa y que pudieron derrotar sus complejos y resentimientos para salir a “comerse al mundo”.

 

Hoy muchas de estas naciones son prósperas y desarrolladas mientras en América Latina solo logramos acumular los peores índices de violencia, inseguridad e inequidad social.

 

Artículo publicado en el diario "El comercio" de Quito el 30 de junio de 2010

 

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