LA OLA DE LOS PRESIDENTES-ESPEJO

  • Leonardo Haberkork

¿Por qué los italianos votan una y otra vez por Berlusconi? Esa es la pregunta a la que intenta responder un reciente artículo del Washington Post.

La periodista que lo firma, Anne Applebaum, recuerda que Berlusconi está acusado de corrupción, evasión de impuestos y manipulación de la prensa. Está enfrentado al sistema judicial, a casi todos los periodistas que no trabajan para él y a la Iglesia Católica. Su propia esposa denunció su último escándalo: que organiza orgías en su mansión de Cerdeña con prostitutas, bellas mujeres deseosas de trabajar en televisión e invitados especiales, incluyendo jefes de Estado. La Justicia italiana acaba de retirarle la inmunidad y deberá volver a rendir cuentas en los tribunales.

Pero igual los italianos lo siguen votando.

Applebaum ensaya diversas explicaciones para ese misterio. Recuerda que Berlusconi emergió como líder luego de que las investigaciones sobre corrupción de los años 90 borraran del mapa –literalmente- a una generación política entera. Que llegó prometiendo lidiar con temas considerados tabú: la burocracia y la inmigración proveniente de África del Norte. Que es el dueño absoluto de la televisión privada, donde criticarlo está prohibido. Que no ha dudado en manipular los contenidos de la televisión pública. Que es dueño de Milan, uno de los clubes de fútbol más populares y exitosos del país.

 

Pero, aún así, eso no logra aclarar por qué tantos italianos continúan votándolo a pesar de la sucesión de escándalos sin fin.

 

Applebaum cuenta que la mejor explicación se la dio el periodista italiano Beppe Severgnini: Berlusconi es un “espejo” de la Italia de hoy, dice Severgnini: es un nuevo rico como la mayoría, no tiene miedo ni vergüenza en exhibirse como tal, disfruta sin pudores de la vida, gusta de las mujeres hermosas, vive con pasión el fútbol y es leal con sus amigos a los que defiende incluso de las garras de la Justicia.

 

“Berlusconi encarna una especie de versión caricaturizada del ideal de vida italiano”, anota Applebaum. Y, justamente porque es una caricatura, se le permiten ciertas exageraciones. La gente las escucha y se mata de risa.

 

Pienso que Severgnini y Applebaum tienen razón, y no solo para Italia y Berlusconi.

 

No sé si este fenómeno representa un perfeccionamiento de las democracias o, por el contrario, un signo de su deterioro. Pero muchos pueblos están eligiendo como sus presidentes a sus caricaturas mejor logradas.

 

Para bien en unos casos y para mal en otros, un negro por fin llegó a ser presidente de Estados Unidos, un indio gobierna Bolivia, un ex agente de la KGB de mirada gélida y siniestra preside Rusia, una mujer narcisista, histérica y muy preocupada por su look manda en Argentina. La democracia que expulsa y que no elige a los mejores sino a los iguales, en estado de perfección: cada gobernante es el espejo de su propio pueblo.

 

El caso de Paraguay es notable. Su presidente es un señor que era obispo de la Iglesia católica y al mismo tiempo seducía y embarazaba a menores de edad. El santo varón –“progresista”, por supuesto- nunca reconoció a los hijos que tuvo por debajo de la sotana. Y cuando la Justicia lo obligó a hacerlo, entonces tomó el dinero que antes había donado al Estado, de modo que hacerse cargo de sus propios hijos le siguiera saliendo gratis. ¿No es el presidente paraguayo perfecto?

 

Berlusconi, Obama, Putin, Evo, Kristina, Lugo. Cada pueblo con su presidente-espejo.

 

¿La regla se cumplirá también en Uruguay, donde a diferencia de Italia, no se celebra el dinero y el éxito, sino la pobreza, emparejar hacia abajo y sospechar con malicia de cualquiera que se compra un par de zapatos nuevos?

 

Si la ola que recorre el mundo llega también aquí, ganará entonces el candidato que es el espejo perfecto del país en el cual nos hemos venido convirtiendo, paso a paso, desde los años 60.

 

Es una obra (una demolición) colectiva que ha llevado décadas: el clientelismo de los partidos tradicionales, la guerrilla iluminada, la dictadura, la ley de Caducidad, otra vez el clientelismo, la destrucción de la enseñanza pública, el discurso black or white, la máquina de impedir del Frente y su sucursal sindical, la satanización de adversario, la reforma de la Constitución por mero cálculo partidario, we are fantastic, el clientelismo tercera parte… la lista sigue, es larga y no hay inocentes.

 

Una vez, en la televisión le preguntaron a José Mujica qué piensa de Hugo Chávez. Respondió: “Para Venezuela está bien”. Si José Mujica, el candidato-espejo, finalmente gana aquí las elecciones, alguien dirá en cualquier rincón del mundo: “Para Uruguay está bien”.

 

Ya no somos el país que fuimos, si es que alguna vez lo fuimos.

 

Algunos creyeron que la cuenta no nos iba a llegar nunca.

 

Pero ha llegado.

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