• José Carlos Rodríguez 

Al menos cuatro razones se pueden argumentar para sostener que el tema de los impuestos es una cuestión moral para aquellos que tienen grandes recursos económicos para aportar al fisco.La primera de todas es que el tema ético saltó a la luz con la crisis mundial, la peor y la más mundial de los últimos 70 años. Los analistas económicos señalan que el desencadenamiento de la crisis tuvo dos causas inmediatas: el descontrol y la inmoralidad. Términos tales como avaricia, codicia y corrupción son ahora tomados como variables económicas, porque coadyuvaron a una crisis que arrojó a la miseria a millones de familias y que no fue colapso catastrófico porque el mundo le salió al encuentro, comenzando por los más ricos.

La segunda razón es que hoy existe un consenso mundial en muchos documentos contemporáneos importantes de Naciones Unidas en este sentido. La separación entre justicia y crecimiento es indefendible. Un capitalismo salvaje que empobrezca a las mayorías, al estilo siglo XIX europeo, es inaceptable éticamente, es económicamente endeble, y políticamente inviable. El siglo XXI, a la zaga de los neoliberales, llegó a la conclusión muy mayoritaria de que eran correctas las críticas contra el capitalismo hechas ya en siglo XIX. Por ejemplo, León XII y Carlos Marx, que veían las cosas de modo muy distinto, estaban de acuerdo en esto: sin control, el capital se devora a sí mismo. El puro negocio requiere justicia y la consecución de la igualdad requiere buenos negocios.

 

Una tercera razón es histórica. El subcontinente sudamericano siempre se acercó y luego volvió a distanciarse del Primer Mundo, como bicho de luz. En los años sesenta, contra el optimismo de Rostow (Las etapas del crecimiento económico) –quien creía en etapas sucesivas del crecimiento económico– América Latina no despegó. Carreteó muchas veces, mecanizó la agricultura, se industrializó, se urbanizó, sustituyó importaciones y después sustituyó exportaciones, pero nunca hizo lo que Corea, Taiwán, España, Portugal o Irlanda, cuyas economías no eran más prósperas que América Latina a mediados del siglo XX. El demonio que nos impedía alcanzar prosperidad, en los años sesenta, fue llamado ‘dependencia’ (imperialismo, neocolonialismo) y otros nombres. Y esta era, sin duda, una causa. Pero hay otro factor puro y simple que no era ponderado en su peso descomunal: la desigualdad. América Latina, el subcontinente que se niega a crecer como el pequeño Hans de El tambor de hojalata, la película de Volker Schlöndorff; América Latina constituye también la colectividad humana más desigual del planeta Tierra. No la más pobre: la más desigual. Una con flechas: el problema de esta inequidad moral es también problema macroeconómico crucial.

 

La cuarta razón para mezclar los tantos morales y económicos: la desigualdad no es una circunstancia natural. No es una esencia inmutable. Es un proceso de re-producción que a lo largo del tiempo se repite a través de los linajes, en cada una de las generaciones. En lugar de desarrollarse (A. G. Frank El desarrollo del subdesarrollo) Paraguay, como América Latina, se subdesarrolla. Se desarrollan tanto la pobreza como la riqueza, ni los ricos ni los pobres de hoy no son los de antes, son nuevos ricos y nuevos pobres. En Paraguay la estadística dice que ni durante el boom de Itaipú aumentó la productividad media del trabajo. Que en las épocas de auge, la desigualdad (casi) no retrocede: el desempleo, la pobreza; pero, en épocas de crisis, sí aumenta, y aceleradamente.

 

El mecanismo natural permanente de las modernas economías para generar igualdad es la fiscalidad. Una justicia fiscal genera cotidianamente, sin prisa y sin pausa, justicia social, y viceversa. En nuestro país las cosas funcionan al revés. El Estado cobra un ínfimo impuesto y en forma regresiva. Al final, son los pobres los que más pagan. El cobro es regresivo y termina subsidiando a los más ricos. Hay ejemplos patéticos. La reforma agraria que repartía unas 10 hectáreas (agrícolas) al campesino repartía, en promedio, 3.000 hectáreas (ganaderas) en promedio a los más pudientes. Así el gobierno terminó entregando la inmensa mayoría del patrimonio estatal inmobiliario a sus amigos más acomodados.

 

Y no se trata de una mano invisible o una omisión involuntaria, sino de una opción histórica y sistemática. El Paraguay tiene una de las menores presiones tributarias del subcontinente y repudia la progresividad, realizable, por ejemplo, con el Impuesto a la Renta Personal. Cuando por los años setenta un economista poeta (Efraín Enríquez Gamón) consiguió que desde el Ministerio de Hacienda se sancione un impuesto a la Renta Personal. Era el tiempo de Stroessner: la ley fue derogada y Gamón fue preso por años, acusado de comunista.

 

Casi cuarenta años mas tarde, otro economista, Dionisio Borda, logró que se apruebe el Impuesto a la Renta Personal. Desde entonces, 2004, cada año, el Parlamento posterga su aplicación: 2005, 2006, 2007, 2008, 2009…

 

Otro ejemplo patético. Los sectores más dinámicos prósperos y exitosos económicamente hablando son los empresarios agrícolas (soja, carne) y los comerciantes del comercio de triangulación internacional. Ellos son los que menos pagan impuestos. La razón es simple, pero no razonable: tienen más poder. Y usan ese poder para comprar a los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial. Compraban votos liberales cuando ellos estaban en la oposición, así el Parlamento postergaba el Impuesto a la Renta Personal. Compran votos colorados ahora que ellos están en la oposición, así se posterga ahora la vigencia del impuesto. Al final, se vota contra la justicia tributaria. Y arrojamos el agua sucia, con el niño adentro. La codicia y la avaricia de esa inmensa minoría se concretan en el continuismo del fracaso económico y social del país.

 

Volviendo al punto moral. La carencia ética se cumple por acción y por omisión. La omisión es la de la inmensa mayoría ciudadana, que si ya está pidiendo más políticas sociales (salud, educación, reforma agraria), todavía no ve que eso supone una socialización de los recursos y las contribuciones. Para gastar más en políticas sociales, hay que recaudar más y mejor, con mayor justicia. La carencia por acción está en la clase política y en los poderes institucionales que se subordinan a los intereses de la avaricia y la codicia, cuya retaguardia y respaldo estratégico es la corrupción. Esto es, la mafia.

 

Este artículo fue publicado en el último número de la Revista Acción

*El autor es sociólogo, sicólogo social e investigador

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