• Carlos Parodíz Márquez
Bajé casi sin saludar para hacer otra "verónica", al pedido. Yo no estaba para escuchar, escribir, contar historias y, aunque él no lo supiera "la ley y el desorden", otra vez brillaron por su ausencia; además el vasco no daba noticias. Dejé a mis espaldas, confesiones y "datos" hoy, inoportunos.
Conociéndonos, no estaba tranquilo. Yon había vuelto a "la clandestinidad". Me decidí a pasar por lo de Georgina, buena temperlina respetable y respetada, muy a mi pesar, por tratarse de la hermana de Yon y quizás la única que sabe encontrarlo en Oslo o Villa Benquez. No pregunten como, pero lo hace.
Me senté a esperar sus manipulaciones secretas, en el mullido sillón del living, expulsándola, como Sánchez a los portugueses en el mundial, fuera de mi mente y del tentador alcance de su aroma.
La realidad es la única verdad, dijo el general, -algo que me obligó a revolver en la memoria- aunque uno siente ganas de putearlo, sobre todo dado el tiempo perdido; hurgué mis propios y magros bolsillos por si la cara valiente del entierro, por caso de las noticias, me obligaban a seguir ayunando; me convencí y la convencí, con declaraciones de autosuficiencia, que resultaban ser fidedignas. La voluntad todo lo puede. Miente, que algo queda, en este caso el hambre.
Volvió para el anticipo y el murmullo del teléfono la hizo girar en redondo. Un paisaje inolvidable, casi una grulla lista a volar. Regresó de la insondable bruma de la habitación imprecisa, para anunciar.
-Yon te encuentra "en la oficina" le encargó un menú a Lucas para salir a tu paso-, respiré aliviado.
-Ah... Silvia quiere verte en "la oficina"- fue su comentario malicioso.
-¿Qué Silvia?-, murmuré inquieto, por el eco de una historia reciente.
-La que trabaja en la prestadora de "una sola letra"- respiré aliviado, otra vez y me marché. La plaza Grigera y el superkiosco combinan el bunker y el verde.
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Ella, tenía la costumbre de pestañear siempre que empezaba a hablar, como si no pudiera pronunciar el primer par de palabras, con los ojos abiertos. Cuando separé causa y efecto caí en la cuenta que se trataba, de una clarísima timidez. El gesto de cerrar los ojos y la sonrisa, eran para darse confianza, sobre todo en compañía.
Estaba atribulada. Regresaba de un viaje que no fue, precisamente, a la isla de Gilligan. Dos inofensivas gaseosas abrieron paso a la historia.
-El tio Antonio, al comando de su Auto Unión, portaba esa madrugada, la peregrina idea de la familia "unita"-, uno de los respetables delirios argentinos, ya en desuso, -cargó a la mujer y los tres hijos-.
Silvia -cuenta- miró a su hermana con la resignación propia de estas decisiones ajenas y también, porque no, a su mamá y su papá, conmiserativamente. Las cuentas no le cerraban.
Nueve dentro del Auto Unión le pareció una misión imposible, sobre todo si debían dormir como y cuando pudieran, en esa "noble bestia alemana", -con perdón de ellas, las bestias, porque conozco algunas alemanas que...
-Nos vamos a la costa-, fue el pomposo anuncio del tío Antonio, como si el destino fuera la costa de Marfil; el día con que se inició ese fin de semana no era auspicioso, las nubes guiñaban al sol, intermitentes. Batieron todos los records de tardanza, pero el entusiasmo del tío Antonio, era indomable. Organizó turnos para dormir, repitiendo experiencias similares a las del éxodo jujeño y propias de él y su familia.
Su mejor recuerdo fue -para Silvia-, durante los dos días de la estadía, lluviosos; la pared gris y las tristes luces del parque de diversiones vecino -casi iguales a las del que frecuentó el personaje de la "Zona muerta" de Stephen King-, parecían lagrimear en la noche.
Pero no se aburrió. Organizó con sus primos la colección.
Los ojos marrones se le nublaron cuando me entregó su "investigación", que merecía mejor destino, pero así son las cosas.
La "nada" puede ser apasionante para mecerse en la molicie y a veces surgen abstracciones inquietantes, perturbadoras; a veces esto... pero que se le va a hacer...
-Como verás es exclusivo, lo copiamos en nuestros viajes, para vos y la posteridad-, me dijo y extendió temblorosa el legado. Casi ritual. Iluminada por la revelación que transfería. Algo así como la servilleta de Corach o la lista de Schindler.
-Ah... y salúdalo al vasco cuando vuelva-.
Como toda mujer emotiva, canjeó una partida precipitada por el agradecimiento ineludible que me quedó para la próxima. Miré el primoroso "folio" transparente y su sorprendente contenido titulado:
DOCE GRAFFITIS ESCRITOS EN PAREDES ARGENTINAS
"Estaremos siempre al lado del gobierno... porque si vamos adelante nos cogen... y si vamos detrás, nos cagan..."
"En Argentina tenemos los mejores legisladores que el dinero pueda comprar..."
"¡Basta ya de realidades! ¡Queremos promesas!-"
"La patria dejará de ser colonia o moriremos todos perfumados".
"El país estaba al borde del abismo y ahora hemos dado un paso adelante".
"La deuda que le estoy dejando al país no es externa; es eterna. -Menem"-.
"Las inundaciones no se producen porque los ríos crecen, sino porque el país se hunde".
"Algunos nacen con suerte, otros en Argentina".
"¡ Prohibido robar! ¡El poder no admite competencia!"
"¡Las putas al poder! Porque con sus hijos, no nos fue nada bien..."
"El gobierno es como un bikini. Nadie sabe como se sostiene, pero todos quieren que se caiga..."
"Argentina es una granja cerrada por falta de huevos".
Cerré los ojos para tender un piadoso manto de silencio interno y me adormecí.
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La habitación pareció acogedora. Un pestillo de seguridad en la planta baja destilaba serenidad. Arriba una segunda puerta digna en su gris suave, como una tarde frente al mar, desembocó en el espacio alto donde todo parecía estar en su lugar.
-¿Sabes que es la única proposición que me han hecho en mi vida?- dijo ella atrincherada detrás de los lentes que devolvían tonalidades rojas y naranjas, tomadas de la chimenea crepitante donde los leños bramaban entusiastas.
Sintió el sobresalto de la sorpresa, pero esa velada conducía claramente a aquello, de modo que no debería haber ocurrido esto, incluso pensarlo. Alineó la cantidad de cosas dichas antes de que le dijera lo que dijo.
-Gracias... pero...-; fue suficiente.
-¿Sabes eso que se dice de una cara que "se cierra"? Yo creo que es más exacto decir que "se apaga", pues cerrarse indica una suerte de constricción, un cambio, mientras que lo que realmente ocurre es que la cara sigue exactamente igual, pero todas "las luces se apagan". Como una casa que sus habitantes han abandonado. Si llamas a la puerta ahora, no contestará nadie-, ella volvió a confiarme, casi al desvestirse y entonces desperté sobresaltado.
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-Pollo al cognac; papas Desirée; soufflé de espinacas y un postre helado Rubé. El rubí de un vino de finca, más bien Merlot, para regar convenientemente el desarrollo del tema-, fue la locuaz propuesta de Yon. Cada vez más misteriosamente bronceado. Los ojos celestes centelleaban al ordenar el menú que agradecí con los míos llenos de lágrimas, algo que no detectó.
Puerto Madero es buen puerto luego de navegar aguas procelosas. Eludir restos de batallas en el Puente Pueyrredón -transpuesto en el Alfa gris-, requisar juntos la estación Avellaneda, comprobar que las internas son de todos, en un país que transita el tiempo cruel de la agonía. La formación corporativa ha calado hondo entre propios y extraños.
La ciudad parece un fantasma apesadumbrado que mira un pasado de tiempos mejores. Comprueba, tarde, que el hombre recicla siempre aquello de que todo tiempo pasado fue mejor, aunque resulte otra falacia perfectible. Siempre a la orilla de la realidad, que me había robado el minuto de confusión.
La realidad es un tejido sólido, no aguarda nuestros juicios para anexarse los fenómenos más sorprendentes, ni para rechazar nuestras imaginaciones más verosímiles. La percepción es el trasfondo sobre el que se destacan todos los actos. La verdad no habita únicamente en el hombre interior, el hombre está en el mundo que se conoce. Divagué suficiente. La historia de la secesión argentina merodeó la sobremesa y será otra historia a contar.

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