DESDE EL YBYTYRUZU

  •  Caio Scavone

El sueño de toda empresa, sea cual fuere su género, es el de ir progresando no solo en tamaño sino en tecnología que permita alcanzar una mejor y mayor productividad con el menor costo posible. Si así no piensa un emprendedor y productor cualquiera, yo estoy limitando al sur con la demencia, al este con la enajenación, al oeste con la paranoia y con la esquizofrenia por el norte.   

En esto de producir más con la ayuda que brindan las máquinas creo que no hay nada que discutir. Lo mismo puede y debe decirse de lo que hace la tecnología. Es decir, la discusión sobre el tema ya no existe en el mundo, pero en el Paraguay recién comienza.   

 

En materia de producción agrícola, los avances que brindan las maquinarias de avanzada son tan importantes que los beneficios se miden en toneladas comparando con la máquina perfecta, la de tracción a sangre. Sin embargo, para unos cuantos dirigentes políticos, sociales, culturales y hasta deportivos, la tecnología aplicada a la agricultura es algo que hay que desterrar. Dicen que la agrotecnología oprime a los campesinos, genera pobreza, engendra atraso y les arrebata la mano de obra quedando sus hijos sin el pan, y los que pregonan así son los que quedan con mucho pan y mucho circo.   

 

Lo deducible entonces es que tengamos una mala producción, sin calidad, sin volumen y sin poderío de competencia con relación a otros países. Ven al agronegocio como cabalgar con la miseria, fusionarse con la indigencia, acoplarse con el infortunio, ajustarse con la carencia y mixturarse con la muerte. Hoy se comenta que en épocas de Stroessner la temática consistía en entregar una mediocre educación para poder seguir gobernando por mucho tiempo. Hoy hasta quiero relacionar estúpidamente que debemos seguir cosechando agricultores analfabetos y sin nada de capacitación y poder de competición.   

 

Creer que las máquinas roban trabajo al escuálido y haragán campesinado paraguayo es una forma muy simplista y populista de ver las cosas. Estamos en la era de la cibernética, que obliga a capacitarse a la gente del campo y en todos los campos si es que no se quiere que el tren de la vida nos deje sin desplazarnos hacia la prosperidad.   

 

Hoy la palabra “transgénica” es usada cuando se quiere finalizar una conversación. Su sola mención pone los pelos de punta, y quienes la escuchan hacen la señal de la cruz y echan agua bendita en señal de antimufa mientras disfrutan de un jugo envasado como alimento elaborado con soja transgénica. Los que menos entienden de producción transgénica y de los inocuos agroquímicos son sus más fanáticos perseguidores. Y ni cuenta ni por enterado se dan que desde hace rato vienen consumiendo una hortaliza, una carne y una fruta tecnológicamente preparadas sin que absolutamente sus esqueletos sientan ningún síntoma de alteración. Aunque cada vez demuestren ser más brutos pero, se sabe y lo demuestran, por otras circunstancias.   

 

La gente opina y escribe cualquier cosa con tal de ganarse el pan transgénico que desde hace años consume. Podría creerse que la biotecnología del maíz y la soja solamente afecta a los paraguayos y no a los americanos, los argentinos, ni a los brasileños. Parecería que el paraguayo es el único y especial individuo susceptible a la biotecnología.   

 

Muchas gobernaciones producen leche de soja transgénica extraída de la “vaca mecánica”. Entonces todos los gobernadores deberían estar en cana, incluido el actual ministro de Agricultura que minó de leche de soja a su 5º departamento y que hoy tampoco se anima a tomar decisiones por equiparse con la indumentaria del populismo.   

 

Ojalá que con el tiempo podamos conseguir unos políticos transgénicos y tecnológicos de larga duración, de un rinde espectacular, que sean productivos y que usen la maquinaria especializada y no ese mecanismo tan perjudicial y populista que es la maquinación. 

 

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