• Kattya González  

En los medios de comunicación y en la sociedad en general está instalado el tema del Estado ausente donde los comunes mortales nos quejamos de la ausencia del Estado al padecer la falta de atención médica de terapias intensivas en nuestros hospitales públicos, o cuando miramos impotentes en las esquinas de los semáforos a niños que apenas caminan pidiendo un poco de pan y cariño con caritas de hambre y vergüenza.

Idéntico sentimiento de impotencia y rabia nos embarga cuando observamos en este crudo invierno acurrucados en una esquina a los primeros habitantes de esta tierra guaraní: descalzos, desnudos de atención e invisibles para el Estado de derecho, pobres de solemnidad y aun así portadores de un pagaré que habla de una deuda ancestral pendiente con nuestros hermanos indígenas.

 

¿Donde está el estado que no ve lo que nosotros vemos? Nos consolamos pensando no tanto en la solución como en el problema y sentenciamos que existe un Estado ausente.   

 

Planteo una cuestión tanto o más delicada: el Estado delincuente donde las propias autoridades investidas de cargos y obligados a proteger nuestra seguridad e integridad se ponen sin ningún rubor guantes blancos y se alistan en las filas criminales actuando con absoluta impunidad: para robarnos, maltratarnos, humillarnos y hacernos saber que son ellos los dioses y protagonistas de la historia; no importa si tenemos o no derechos, la investidura les da el poder absoluto de vida, libertad y muerte sobre los ciudadanos.   

 

Este Estado delincuente está presente en Villa Elisa, donde un grupo de policías y una agente fiscal han decidido que la vida de dos ciudadanos jóvenes siga su curso normal si donan dos aires acondicionados. (Debemos de estar fresquitos para poder pensar mejor a qué otros incautos ciudadanos robar o estafar, pensarán estos delincuentes uniformados)   

 

Mientras los aprietes y robos fiscales-policiales están a la orden de día, la delincuencia real goza de muy buena salud en mi querida ciudad: modernas fábricas de ordeñe de combustible, peajeros en cada esquina, motochorros que a fin de mes se llevan enterito el esfuerzo del ciudadano y la Policía y la fiscalía alimentan su círculo de poder e impunidad estafando al ciudadano honesto y también al delincuente (que lo digan los que deben pagar todos las semanas la protección y el silencio policial).    

 

Es inconcebible, pues no se trata de un episodio aislado en nuestra sociedad, sino de la dramática regla de actuación de innumerables efectivos policiales e inescrupulosos fiscales que se creen súper dioses y que no escuchan ni a aprehendidos, ni a abogados. Se limitan a imponer su capricho al margen total de lo que dispone nuestra Constitución Nacional. Es hora de dejar de ser cobardes y bajar la cabeza pensando que “ese es el precio de la paz”. Es hora de recuperar el “hueso perdido” y alzar bien alto la cabeza. Paraguay merece algo mejor y por eso pido, aunque suene pretensioso: ¡Justicia!   

 

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Jorge Augusto Zelada

CON UN BÚNKER, EL GUARDIA DOMINABA



En Hernandarias una financiera fue asaltada. Se siguió la rutina de siempre: Primero reducción del guardia, que estaba por allí nomás, luego el robo, que en este caso fue de 40 millones.

Acostado y sin poder moverse, el guardia se lamentaría de la ausencia de un búnker, pequeñito nomás, de un metro cuadrado, donde esté encerrado el guardia, con las aberturas de búnker, con fortaleza de búnker. Búnker, búnker, búnker!



No sé más cómo decir que un búnker de un metro cuadrado es todo lo que necesitan bancos, financieras y estaciones de servicios para que no los asalten.





Curupayty 715 - Teléf. 224-283 Asunción.

Fecha: 14/10/2010 15:07.


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