(Un texto clásico, actualizado)

  • Andres Colman Gutierrez

El Paraguay está seco y en llamas. Los bosques y los campos se incendian ante el menor descuido y componen un dantesco escenario que parece calcado de la película Apocalipse Now. Imparables murallas de fuego se alzan en la noche, a los costados de las rutas, devorando pastizales, acorralando a rebaños de animales y asentamientos humanos. La poca lluvia no basta para aplacar la tremenda sed acumulada que tiene la tierra, ni para contener los infernales corredores de fuego. El heroico esfuerzo de los bomberos resulta insuficiente o vano ante el gran número de estallidos.Al momento de escribir este artículo hay 1.700 focos de incendios detectados en todo el país.

En este infierno no solo se consumen pastizales ganaderos o campos improductivos, sino también lo poco que queda de nuestros valiosos bosques y de nuestra siempre amenazada fauna, devorando valiosas reservas naturales. Y todo eso, sin mencionar los múltiples daños que el humo y el aire enrarerido ocasionan a la salud.

Las causas son variadas, pero todas surgen de la ignorancia, de la inconsciencia social, de la viciada "cultura del fuego". Alguien que al pasar arroja una colilla de cigarrillo en brasas entre los arbustos. Vecinos que queman alegremente su basura en los terrenos baldíos. Cazadores de apere’a que usan las hogueras para obligar a los roedores a salir de sus madrigueras. Ganaderos que quieren ahorrar dinero y les prenden fuego a sus pastizales resecos, pensando que es la manera natural de renovarlos. Agricultores a quienes les parece más práctico y barato quemar sus "rozados" para abrir nuevas áreas de cultivo en el monte. Todos aparentemente inocentes ciudadanos, a quienes el fuego se les va de las manos "por accidente", hasta volverse un infierno incontrolable.

Es un momento de detenernos a preguntar qué nos pasa. ¿Será que en cada paraguayo o paraguaya hay un pirómano latente? ¿Acaso odiamos tanto a este país, que tenemos que quemarlo en la hoguera, como a la princesa india Anahí, como a Juana de Arco, como a las brujas medievales? ¡Arde, Paraguay, arde...!

El crimen que estamos cometiendo es inexcusable. Cada humareda es veneno tóxico que contamina el aire. Cada foco de incendio es una acción que calcina y empobrece la tierra, un daño ecológico del cual no podrá volver a recuperarse en montones de años. Cada especie vegetal y animal que muere bajo el fuego es también una parte de nuestra propia vida que se acaba.

Estas formas de ecocidio están penadas por la Ley, y quien le prende fuego a un campo o a un bosque puede ser castigado hasta con cinco años de cárcel. Pero... ¿sabe usted de alguien que esté preso por haber iniciado una quemazón? ¿Al menos uno solo de los 1.700 casos?

Ya lo dijo alguna vez el maestro Augusto Roa Bastos: Los paraguayos y las paraguayas hemos nacido en una tierra que se parece a un paraíso, pero hacemos todo lo posible para que se parezca a un infierno.

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