ROQUE VALLEJOS: EL ABANDERADO DE LA NADA

Publicado: Jueves, 02 de Septiembre de 2010 16:17 por jotaefeb en CULTURA: lo que nos falta

  • Osvaldo Zayas 

En cada verso de Roque Vallejos, la muerte desliza su sombra. El «abanderado de la nada» recorrió letras, al decir de Alberto Zum Felde: «donde otros llegan con madurez». Para Juana de Ibarbourou: «daría con el puño apretado del triunfo». Pero quizá quien mejor describió sus poemas fue Augusto Roa Bastos: «Una poesía agonística, vivencialmente trágica, saturada del sabor y del temblor de este tiempo de encrucijada. Una poesía, no obstante, de purificación y transfiguración, que es la virtud más alta de lo trágico».

A los 17 años, Vallejos deslumbraría con «Pulso de sombra». En él escribió: Me iré en otoño/ con el tiempo/ atado a mi cintura, / por el postigo/ abierto de la sangre./ Un día/ vertical/ y sin espuelas/ en que ya no me calce/ ni hasta mi propia sombra./ Entonces el sol/ caminará, otra vez/ bajo su nombre,/ y tanto polvo/ volverá, de nuevo/ a ser camino.

Josefina Plá estuvo ligada desde siempre a las letras de Vallejos. La recordaba en todo momento, como esas conversaciones que luego fueron plasmadas en el prólogo de la última edición de «Hijo de Hombre». Ella escribió casi todos los prólogos y epílogos de sus poemarios. Tenía la seguridad que Vallejos abandonaría «su ansiedad de lo irredimible».

 

Dijo la maestra: «Tengo la seguridad de que Vallejos lleva el sí el signo que le permitirá llegado el momento, enderezar su brújula hacia ángulos nuevos, sin abandonar (…) su iluminada piedad de ser irrealizado, su herida lucidez de “Arcángel ebrio”».

 

Doña Josefina no se había equivocado, en cuanto a que él nunca abandonaría su herida lucidez, pero no en que enderezaría su brújula hacia ángulos nuevos. Y es eso quizá lo que hizo que su obra se haya erigido como una de las más importantes de la poesía paraguaya, en el siglo xx.

 

Lenta muerte en vida

Si bien admitía, en sus últimas intervenciones por radio, que sufría de depresión, desde su preadolescencia, Vallejos mantuvo durante toda su vida, una actividad vertiginosa, ya sea en literatura o en medicina. Se constituyó en uno de los más grandes críticos literarios en Paraguay, ensayista, poeta y psiquiatra.

 

26 de setiembre de 2006. Grandes anteojos, mirada nerviosa y el brazo izquierdo extendido. Amenazante y repitiendo que sabía cómo matarse en de una manera muy veloz. Vallejos enseñaba su brazo sangrante de las cortaduras que se había hecho.

 

En su departamento, ubicado en Eusebio Ayala 1120, Fernando de la Mora, solo se podían ver libros, muchos diarios tirados, cartones de jugos, desorden y precariedad. En aquella fecha se había autoflagelado, como protesta ante un proceso que consideraba injusto. Lo habían acusado de haber abusado sexualmente de un niño de 9 años.

La fiscala Nancy Duarte allanó la oficina de Vallejos, en el Poder Judicial, por la noche, en junio de 2004. Allí, en el basurero, encontraron un trapo con el semen de un menor que había concurrido a una consulta por la mañana.

El poeta recordaba una y otra vez que dos trabajadoras coincidieron en declarar que limpiaron totalmente el consultorio, por la tarde.

 

El 25 de enero de 2005, a siete meses de ser alejado de su puesto de trabajo, él aseguraba que volvería a su cargo de psiquiatra forense del Poder Judicial. Mientras tanto, sobrevivía sin recibir su salario en tanto el juicio siga, o se estanque.

 

Su segundo poemario, Arcángeles ebrios, contenía algo de lo que estaba viviendo, como presagio de un final trágico: Aquí estoy con toda mi presencia. Mi alma gris. Mi corazón distante. Otra cosa no tengo. Ni he tenido. Y sin embargo, falto.

 

El domingo 2 de abril, en otoño de 2006, uno de los más grandes poetas paraguayos amanecía muerto, tirado –con toda la fuerza que carga esa palabra– en su departamento. Había mezclado medicamentos antidepresivos con otras pastillas. Falto en mi corazón. Huyo en mi sangre. Mi alma siente su humedad de nada. Y solo tengo como mío, el fondo del propio abismo que nos crece adentro.

 

Nadie más allá de los admiradores de su obra, de su babilónica solvencia intelectual, de su talento y su fuerza en la palabra, pocos, muy pocos, reconocieron su muerte como lo que fue: la partida de una de las más prominentes plumas de la historia de las letras paraguayas. Una camilla lo subió a la ambulancia. En la carta que escribió, antes de tomar las pastillas, solicitó que la Municipalidad de Asunción se encargue de los gastos del entierro y que sus libros queden en poder la Universidad Católica. Además volvió a transcribir aquel profético poema: «Me iré en otoño»

 

Nadie quiso saber quién se fue

El lunes 3 de abril de 2006, el Cementerio de la Recoleta lo recibió. Muchos de sus versos lo despiden: Yo soy simplemente el mismo. El abanderado de la nada y su laberinto de sombras (…) El que no puede con esa cruz de Cristo porque la suya es más pesada.

 

Se había ido el presidente de la Academia Paraguaya de la Lengua Española y miembro de la Real Academia. Nadie se percató del hecho. O si lo hicieron, miraron para otro lado ¿La acusación de pedofilia había acaso borrado todo lo escrito? El juicio nunca acabó y nadie pudo comprobar si Vallejos abusó o no sexualmente de aquel niño.

El 28 de agosto de 2007 fue reemplazado en la Academia de la Lengua.

 

Vallejos se había caracterizado por ser un lector incansable de filosofía e historia. No se puede, por lo tanto, especular siquiera que la nada fuera para él en sus poemas una ausencia insulsa.

 

Hugo Rodríguez Alcalá manifestó sobre el poeta: «El yo poético de Vallejos está fijo en realidades, digamos, personales. Sus temas aparecen a menudo en la literatura del existencialismo, a saber, la soledad, la finitud, el estar abocado a la muerte. Mas no debe argüirse que Vallejos profesa una filosofía, una de ellas».

 

Poesía social en Vallejos

Los versos del psiquiatra también sobrevolaron temas sociales. Nunca despegados de la trágica característica de muerte. Jamás alejados de esa depresión y encierro interior. La poesía «La victoria final», del libro, Poemas del Apocalipsis, está dedicado al comunista y creador de la guarania: A José Asunción Flores porque tienen la luz y el fuego que los hombres necesitan para segur luchando.

 

El poema luego sigue gritando con fuerza: Compatriota olvidado/ perdona mis traiciones/ el sudario que sirve/ de lápida a tu cuerpo/ el sueño que alborea/ en mi mente tu imagen/ de naufrago emergido/ del bajel de la muerte.

Disculpa camarada/ mi fusil no dispara/ la araña de mi miedo/ paraliza mi dedo/ mientras cobarde fiebre/ me martilla la sienes/ y el delirio deflagra/ en mis cuencas vacías. También resalta «Biografía de mi patria» como radiografía en verso de lo que fue y es el Paraguay.

 

Sus letras seguirán girando en el tiempo. Y su obra se agigantará con la vueltas del reloj. Quizá se llegue a ver alguna vez límpidas sus letras y valorada su obra. Es posible que un homenaje público asome la cabeza para destrozar a versos los prejuicios. Mientras tanto, el abanderado de la nada seguirá su camino, para seguir recitando eternamente: Hay veces que nadie/ recuerda/ que existimos; que la vida se encoge/ y nos aprieta,/ y que es difícil despertar/ cada mañana/ la sangre en nuestras venas.

 

Días de conversar/ al esqueleto, doblados hacia adentro/ y de llorar a oscuras/ sobre estos mismos huesos,/ de usar la propia piel/ como mortaje, y decirle/ a la vida que no estamos,/ y que vuelva otro día.

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BALDÍO

Roque Vallejos por Wolfi Krauch

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