¿Qué quiere la gente? es la pregunta esencial de la democracia. ¿Qué quiere Stroessner?, era la pregunta esencial de la dictadura. Darle cada vez menos importancia a lo que quieren las autoridades de turno y darle cada vez más importancia a lo que quiere la gente del Paraguay, sus ciudadanos, es una forma bastante acertada de describir la transición que hemos vivido desde febrero de 1989 hasta hoy.

Ampliando un poco la idea, la historia de la democracia en nuestra América del Sud ha sido, en gran parte, la historia de cómo las élites (económicas, políticas, intelectuales y religiosas) han ido gradualmente, muy gradualmente, escuchando cada vez más a la gente y prestando mayor atención a los intereses de la mayoría. Las élites siempre han tenido, en todo el mundo en mayor o menor grado, la tendencia a creer que ellas tenían razón y que la mayoría “no sabía”, “no entendía” o “no quería” lo que para las élites era evidentemente lo mejor para todos. En el Paraguay, esta brecha entre lo que la gente quería y lo que las élites imponían se ha ido cerrando desde su máxima amplitud, durante la era colonial, hasta hoy, cuando vemos que todos están dispuestos a dialogar con todos; estamos por fin “poniéndonos de acuerdo”. Estamos por fin haciendo política entre todos.

No hace mucho, en época de Stroessner, cuando uno tenía problemas con otro, la solución no era el diálogo entre uno y otro sino la búsqueda del apoyo de alguien más “mbarete” que pusiera en su lugar al otro e hiciera respetar lo que el más poderoso quería; el bien común, la reciprocidad, la comprensión mutua, la legalidad o la razón no tenían cabida en la forma en que se solucionaban las diferencias. Lo que la gente quería era insignificante para los que mandaban, porque ellos “sabían luego” lo que había que hacer.

Las autoridades no pretendían ni se sentían comprometidas a representar a la gente y sus intereses, sino que vigilaban los intereses de la propia autoridad y hacían lo que “tenían que hacer”. Hasta hoy, muchos de los que están en situación de poder quieren dictar lo que la gente tiene que hacer para vivir mejor y prosperar. No se cree mucho que la gente sepa lo que necesita.

La política en democracia es el diálogo, la reciprocidad, la búsqueda del bien común y la institucionalización de políticas y programas que la gente quiere. No lo que quieren algunos, sino lo que la gente quiere después de haber dialogado y hecho un esfuerzo por comprenderse y ponerse de acuerdo. Este diálogo horizontal de tú a tú, y no el reclamo vertical del menos poderoso al que acumula poder, es la esencia de la democracia y la vía a la sostenibilidad de una sociedad en paz.

 

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