• Benjamín Fernández Bogado

Como si la situación de millones de latinoamericanos no fuera suficientemente gravosa por su condición de pobres, las cifras muestran cómo las políticas públicas solo han servido para enriquecer a sus administradores de turno y aumentar la pobreza.

El costo burocrático en la mayoría de los casos no baja del 30% del total del dinero destinado a los indigentes y el volumen de dinero otorgado para el desarrollo de América Latina en los últimos 50 años es 20 veces superior al Plan Marshall, el que reconstruyó Europa después de la Segunda Guerra Mundial.

Corrupción, incompetencia, burocracia, cinismo... pueden ser las múltiples palabras aplicadas a la lucha contra la pobreza en nuestros países, y Paraguay no es una excepción. El número de pobres ha crecido geométricamente en los últimos años, sin que hasta ahora surja una política pública que no pase de buenas intenciones y de recriminaciones mutuas... Pero los pobres siguen... multiplicándose.

 

Los hay campesinos, urbanos, jóvenes, mujeres, indígenas, son casi la mitad de la población paraguaya, con quienes se llenan la boca políticos, pastores y empresarios. Pero nadie tiene un plan que permita contener a los indigentes y buscar emerger de esa situación a millones, que sólo buscan educación para acabar con la indignidad que implica esa condición. Algunos van todavía más lejos diciendo que la pobreza es inherente a la característica del paraguayo, con lo que intentan justificar culturalmente su pesada ignominia.

 

No ha habido en la historia de la humanidad proyecto alguno que, combinando educación más cooperación efectiva, no haya sido exitoso para terminar con la pobreza de millones. Eso que resulta tan obvio, sin embargo, reiteradamente se busca evitarlo con planes de subsidio, subvención y pesada burocracia, que sólo conllevan el incremento de la clientela política, la mantención del sistema perverso y la dilapidación de los recursos. Ahora se habla de nuevo de millones de dólares, cuyo único propósito es seguir con lo mismo para mantener iguales resultados o sea: fracaso.

 

El Bicentenario debería ser el pretexto para pensar y actuar con un proyecto que ponga fecha y plazo para disminuir dramáticamente la condición de miserables en que millones de compatriotas han caído en los últimos años víctimas de gobiernos que decían haber llegado para mitigar su condición, y se fueron aumentado el número de desheredados que pueblan las ricas tierras del Paraguay. Hemos perdido la memoria alimentaria en muchos hogares resquebrajados del país. Antes se conocía cómo alimentar a la prole con las calorías necesarias. Hoy se ha canjeado todo eso por un vaso de leche desabrida con el que el Gobierno de turno quiere expresar "su compromiso de lucha contra la pobreza". Tremendo descaro para un país que tiene 18 alumnos por maestro y donde en el departamento más pobre, San Pedro, hay, incluso, en ciertos poblados, ¡más maestros que alumnos! Terrible ironía de un país que abrazó la pobreza con pasión extrema, al punto de que sus gobernantes se olvidaron de que fuera un problema.

 

La pobreza paraguaya es ahora funcional a todos y no parece indignar a casi nadie. Los hay quienes lo usan para fabricar instrumentos, otros para consolarlos religiosamente y los más, para sumarlos a sus huestes políticas en cíclicas manifestaciones en el campo y la ciudad. La pobreza irónicamente es un gran negocio para unos pocos, y una tremenda carga social para todo el país. Debemos acabar con la conmiseración que hunde aún más a quienes han perdido incluso la capacidad de mendigar algo de dignidad.

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