LA CRISIS COMO OPORTUNIDAD

En el ideograma chino, la palabra "crisis" se representa de dos maneras, aparentemente, antagónicas. Una, como decepción, desencanto e incertidumbre, y la otra, como oportunidad y claridad. La crisis de poderes desatada por la ambigua (como siempre en situaciones críticas) resolución de la Corte en el caso de la senaduría con voz y voto de Duarte Frutos –que no solo es ilegal, sino que es un acto nulo de origen–, ha generado repudio ciudadano y un encuentro entre los líderes políticos para renovar por completo la Corte Suprema de Justicia.

Y esas tal vez sean las únicas cuestiones positivas que pueda sacarse de esta circunstancia, que ha puesto a prueba valores democráticos en los que el país cree. La unanimidad del rechazo al juramento de Nicanor es también auspiciosa; la soledad y angustia política del ex presidente solo encontró compañía en un puñado de senadores que no tienen nada que perder como él, porque sencillamente han perdido todos sus valores mucho antes.

 

Para legisladores como Hugo Estigarribia, quien se opuso firmemente a la resolución de su bancada, su expulsión es probablemente una de esas condecoraciones cívicas que su grupo de poder colocan en el pecho del senador merecidamente. Extraña oportunidad surgida de un movimiento que no ha podido nunca desprenderse del riñón original en el que nacieron y con cuyos antivalores pareciera estar dispuestos a morir.

 

Es el fin de Castiglioni, que no soportó la construcción de un liderazgo autónomo, quizás porque no está hecho de la madera con que los líderes construyen su perfil y accionar. Se entregó a Nicanor sin recibir nada a cambio y confirmó que en el fondo era un dependiente de él y que solo lo enfrentó cuando la inercia de la oposición lo había empujado a una posición de liderazgo para la cual no está preparado.

 

Oviedo volvió a leer mal la situación política y en un afán de fidelidad a quien lo liberó de su condena, termina su movimiento confirmando la estrechez de mira y la notable incapacidad de crecer con la gente y sus ambiciones. Nadie podría en estos días confundir el sentimiento de rechazo hacia el juramento de Nicanor, por quien solo un solitario, perdido y confundido legislador Benítez se animó a esgrimir alguna muestra de fidelidad, quizás la única después del papelón de sostener a un impresentable.

 

Unace no tiene visión más allá del personalismo de Oviedo y claramente este no tiene capacidad para interpretar políticamente las conveniencias democráticas porque su matriz es autoritaria y facciosa.

 

La Corte respondió en tono patoteril la posición del Ejecutivo rizando el rizo y pretendiendo abrir una rendija que les diera algo de aire ante una presión social que pareciera confirmar que su suerte está echada. La soga comienza a apretar y se irán con el beneplácito de todos, y con el apoyo de quienes ayer les dieron soporte político de ocasión. Han vuelto a calcular mal. Su sostenibilidad está en sus fallos ajustados a derecho y su debilidad, en la sumisión a los políticos. No lo entendieron y ahora preparan su salida.

 

La crisis siempre supone oportunidades y aclaran lecturas democráticas. Esta última sirve para ver cuán firmes son los cimientos y cuán solidas las estructuras que sostienen un régimen democrático, cuyas termitas pretenden destrozarla sin que el pueblo reaccione fumigándolas. Solo queda aprender la lección y desarrollar las oportunidades de esta nueva crisis en provecho de millones de paraguayos que quieren un estado de derecho sólido, previsible y confiable.

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Anónimo

La Corte de los caciques
Enrique Vargas Peña

El sistema paraguayo de administración de Justicia no logra hacer eso, administrar Justicia, porque está secuestrado por nuestros caciques políticos (“cacique, ca. De or. caribe.1. m. y f. Señor de vasallos en alguna provincia o pueblo de indios. 2. m. y f. Persona que en una colectividad o grupo ejerce un poder abusivo. 3. m. y f. coloq. Persona que en un pueblo o comarca ejerce excesiva influencia en asuntos políticos”).

Me explico: Cuando Nicanor Duarte Frutos convocó a los caciques políticos a pulverizar la Corte, “para renovar el Poder Judicial”, cada uno de ellos llevó a sus candidatos a integrar el máximo tribunal.

Julio César Franco, presidente del Partido Liberal Radical Auténtico, propuso a Sindulfo Blanco y a Miguel Óscar Bajac, por ejemplo. Duarte Frutos hizo lo propio y todos hicieron lo mismo. Fue una repartija de zonas de influencia.

En esas crudas conversaciones, nadie habló de políticas de Justicia. Se habló de equilibrios partidarios. Literalmente, de la necesidad de integrar la Corte Suprema con gente que defienda los intereses de cada partido en el Poder Judicial.

Y los intereses de cada partido nada tienen que ver con la Justicia: Véase la investigación de Mabel Rehnfeldt sobre el senador liberal Fernando Silva Facetti en el negocio tabacalero. Esos son los intereses liberales. Obviamente, los colorados no son muy distintos.

Estos caciques nos exigen, a los afiliados a los partidos, que aceptemos todo eso por espíritu de cuerpo y fidelidad partidaria. Que si criticamos eso somos traidores, ovejas descarriadas. El Tribunal de Conducta (inquisición pura y dura) está ahí para alinearnos.

Nos piden que aceptemos el prevaricato como sistema. Yo les digo, los caciques son el principal obstáculo que se interpone entre los paraguayos y la Justicia y mientras ellos tengan el poder, los paraguayos no tendremos Justicia.

Nadie, en efecto, me puede garantizar que en cualquier lío judicial de Silva Facetti, los ministros Blanco y Bajac olvidan por qué y para qué están en la Corte. Los colorados, igual. Se recuerdan todavía las célebres conversaciones de Juan Carlos Galaverna con el fallecido ministro de la Corte, Carlos Fernández Gadea.

Un país cuyos magistrados judiciales supremos llegan a la Corte para garantizar zonas de influencia, equilibrios políticos y negocios que sirven a los caciques para financiar sus campañas no puede tener Justicia. Y eso es precisamente lo que ocurre en nuestro Paraguay.

Es mentira, una mentira flagrante y enorme, que la integración de la Corte no pueda hacerse de manera distinta a como se ha venido haciendo. Los caciques creen que pueden decir que no se puede hacer de otra manera porque piensan que somos todos ignorantes y desinformados.

El Consejo de la Magistratura está constituido, los concursos para integrar las ternas judiciales están regulados (aunque están totalmente prostituidos por los políticos que hacen ganar a sus candidatos para los cargos judiciales) y el procedimiento está regulado en el artículo 264 de la Constitución.

El único acuerdo legítimo que cabe a los caciques es el de establecer un mecanismo transparente de vigilancia mutua, y bajo escrutinio popular, por el que se garantice que no intervendrán en el proceso. Pero jamás veremos tal acuerdo los paraguayos.

Efraín Alegre, en los tiempos en que todavía se preocupaba por los monstruosos resultados de las componendas judiciales, había presentado un proyecto de reglamentación de concursos que bien pudiera ser marco para ese acuerdo legítimo que reclama la sociedad, de forma a eliminar la influencia de los caciques en la nominación de los ministros de la Corte.

Pero es seguro, segurísimo, que nada se hará en la dirección correcta, porque, si seguimos el esquema denunciado por Mabel, una representación en la Corte asegura a los caciques enormes ingresos pecuniarios.

Ahora van a tratar de disimular la continuidad del esquema perverso con el que medran a costa de nuestro derecho a tener Justicia diciendo que van a proponer a las eminencias de cada partido para integrar la Corte, como si los paraguayos no supiéramos ya, después de quince años de amargas experiencias, que la eminencia no sirve para nada ante la pertenencia partidaria.

Carl Schmitt, por ejemplo, fue una de las eminencias mundiales mayores del derecho del siglo XX. Solo que puso su extraordinaria versación y su formidable lógica al servicio de Adolfo Hitler en particular, y del Estado Autoritario en general.

La eminencia no es lo que buscamos los paraguayos en la Corte Suprema, lo que buscamos es la independencia de los ministros ante los caciques políticos, para que haya un poco de decencia en la administración de Justicia.

Permítanme ser muy pesimista: Estas reuniones de caciques en Mburuvicha Róga (nunca mejor definida la residencia presidencial) solo traerán cambios de nombres al Poder Judicial, para que todo siga igual de putrefacto que hasta ahora. Solo que ahora los caciques ya no nos pueden engañar.

Fecha: 19/09/2010 09:23.


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