Varias iniciativas relacionadas a las celebraciones por el Bicentenario de la Independencia están siendo impulsadas tanto por el Gobierno como por organizaciones de la sociedad. Felizmente, a juzgar por las informaciones divulgadas por la prensa, existe un interés creciente de parte de la población en participar activamente de una fecha tan cargada de simbolismo y de significado para nuestro país. Hace algunos días, la Secretaría Nacional de Cultura anunciaba, por ejemplo, que había recibido no menos de 400 proyectos culturales sobre el Bicentenario, los cuales se encuentran ahora en estudio para determinar los que serán financiados con fondos oficiales. Las propuestas van desde obras de teatro hasta libros, pasando por festivales artísticos y trabajos de recuperación de la memoria ciudadana. Es asimismo destacable la idea de la Comisión Nacional del Bicentenario de reunir a los descendientes de los próceres de mayo y hacerlos partícipes de actividades y eventos.

 

El Ministerio de Educación y Cultura, lo mismo que las entidades binacionales, se hallan también ultimando sus respectivos programas de recordaciones de cara a mayo próximo.

 

Ahora bien, existen algunos temas que en el marco del Bicentenario es indispensable abordar de la forma más seria y enérgica posible. Se trata de verdaderas causas, banderas, de la nación paraguaya que el actual gobierno y la presente generación tienen el deber moral de defender y sostener. Una de estas causas es la devolución completa y definitiva de los archivos y trofeos de la Guerra de la Triple Alianza por parte del Brasil. Como es sabido, los ejércitos imperiales brasileños ocuparon y saquearon Asunción y las principales ciudades del país durante aquella terrible contienda. Miles de valiosos documentos, cartas y escritos de toda clase fueron llevados a los archivos de Río de Janeiro, por entonces capital de Brasil. Muebles, cuadros y cualquier objeto de valor que los soldados hubieran hallado en las casas y residencias paraguayas fueron a engrosar el botín de guerra.

 

Extenuado y vencido, el Paraguay fue víctima de la rapiña inmisericorde de sus enemigos que incluyó, no hay que olvidarlo, extensas porciones de su territorio. Un objeto verdaderamente emblemático de aquel saqueo es el cañón llamado “cristiano”, el cual debe su nombre al hecho de haber sido fabricado mediante la fundición de campanas y candelabros de bronce de varias iglesias de la República. El gobierno de “Lula” da Silva había anunciado hace ya varios meses que devolvería el cañón “cristiano” al Paraguay, declaración que despertó la protesta de algunos sectores de la sociedad brasileña. La promesa no se cumplió y la reliquia, testimonio del patriotismo de aquellos paraguayos y paraguayas que defendieron la integridad de la nación, continúa en exhibición en un museo carioca.

 

El Poder Ejecutivo y el Parlamento deben hacer suya la causa de recuperar lo que legítimamente es propiedad del pueblo paraguayo. Habrá que encarar de inmediato las gestiones oficiales ante el gobierno brasileño a fin de lograr su buena predisposición. Hace ya muchas décadas que Uruguay y Argentina –los demás socios de aquella nefasta alianza– reintegraron a nuestro país las armas, banderas, documentos y objetos arrebatados al Paraguay en aquellos años. Aún con retraso, Brasil debe hacer el mismo acto de justicia. Solo así demostrará coherencia con el espíritu de integración que su gobierno predica.

 

 

 

 

 

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