Los indígenas que periódicamente ocupan en Asunción las plazas Uruguaya e Italia le están tomando el gusto a vivir en el centro de la ciudad. Vienen con cualquier pretexto, en vehículos confortables que alguien paga. No es necesario suponer quiénes son, pues los “operadores” de “movimientos sociales” son, hoy en día, prósperos y aventajados profesionales que “se las saben todas”. Pero los indígenas no son prósperos ni aventajados. Vienen engañados por sus “líderes” o empresarios de “luchas sociales” que ganan buen dinero con cada movilización, marcha, protesta, etc.

A estas alturas, ya es evidente que para estos indígenas vivir en las plazas asuncenas es mucho más agradable que en los lugares de donde provienen. Pero sea cual fuera la problemática de las comunidades indígenas que se pasean muy contentas protestando en las plazas asuncenas, la pregunta que el contribuyente se hace es: ¿Por qué tenemos que pagar la cuenta nosotros? Es de esperar que la Municipalidad de Asunción inicie algún proceso judicial para desalojar a todo extraño que se aficione a ocupar y residir en las plazas y parques ocupados, sean indígenas o de cualquier otra condición. Triste suerte la de Asunción en el aniversario de su fundación.

 

Los indígenas que periódicamente ocupan en Asunción las plazas Uruguaya e Italia le están tomando el gusto a vivir en el centro de la ciudad. Vienen con cualquier pretexto, en vehículos confortables que alguien paga. No es necesario suponer quiénes son, pues los “operadores” de “movimientos sociales” son, hoy en día, prósperos y aventajados profesionales que “se las saben todas”. Pero los indígenas no son prósperos ni aventajados. Vienen engañados por sus “líderes” o empresarios de “luchas sociales” que ganan buen dinero con cada movilización, marcha, protesta, etc.   

 

Los indígenas que están ahora destruyendo las plazas Uruguaya e Italia (que ya habían sido recompuestas de la destrucción cometida anteriormente por otros grupos de nativos) manifiestan que estarán allí hasta que se destituya al presidente del Instituto Paraguayo del Indígena (Indi). No les agrada por algún motivo. Si el Gobierno decide complacerles, o sea destituir a este presidente y nombrar a otro, estos ocupantes de las plazas se irán e inmediatamente vendrán otros grupos a solicitar la destitución del nuevo. O con cualquier otro pretexto. Así viene ocurriendo.   

 

A estas alturas ya es evidente que para estos indígenas vivir en las plazas asuncenas es mucho más agradable que en los lugares de donde provienen. Aquí están rodeados de atracciones, luz, sonido, movimiento, entretenimientos, reciben alimentos en abundancia todos los días, no tienen que ir al arroyo a buscar agua, tienen baños portátiles, los chicos pueden jugar o mendigar, o los adultos dedicarse a pasear, hacer de prostitutas o proxenetas y otras actividades mucho más lucrativas o divertidas que las que puedan hallar en el monte. Y todos los días les llegan la comida y la bebida en suficiente abundancia, repartidas en camiones del Gobierno. ¿Qué más se puede pedir?  

 

Los populistas saltarán indignados de sus asientos y gritarán que se trata de gente digna de lástima, que de su mal estado tenemos la culpa todos nosotros, el Estado, el “sistema”, la “historia”, es decir, cualquier entelequia, menos los mismos indígenas. En realidad, es preciso darse cuenta de que los populistas que se declaran indigenistas consideran a los nativos seres inferiores, semitontos, incapaces de progresar por sí mismos, minusválidos a los que hay que alimentar de por vida pues no tienen fuerzas para arreglarse solos. Para peor, las estadísticas muestran que las comunidades nativas son propietarias de una enorme extensión de tierras en su gran mayoría ociosas, improductivas, no las trabajan y, por lo que parece, no piensan en trabajarlas.

 

Pero, en fin, sea cual fuera la problemática de las comunidades indígenas que se pasean muy contentas protestando en las plazas asuncenas, la pregunta que el contribuyente se hace es: ¿Por qué tenemos que pagar la cuenta nosotros? Los asuncenos quedan privados de sus mejores plazas, veredas y paseos; estos son destrozados por manifestantes del interior, y luego, además de sufrir todo esto, tiene que financiar la reposición de lo destruido.  

 

 Es de esperar que la Municipalidad de Asunción inicie algún proceso judicial para desalojar a todo extraño que se aficione a ocupar y residir en las plazas y parques ocupados, sean indígenas o de cualquier otra condición. Esos espacios son de uso y goce público por mandato de la ley, y esto debe hacerse valer para quien sea, si es que es cierto eso de que todos somos iguales ante la ley. Y que las destrucciones de las plazas Uruguaya e Italia las pague el Indi, el Estado o quien sea, menos el contribuyente asunceno, que es hasta ahora precisamente la víctima de estos abusos. Encima, la Municipalidad anunció ahora que ya no invertirá en las plazas hasta que se desocupen.   

 

Y no por ser indígenas los dañinos infractores hay que ser menos inflexibles. La misericordia es un valor ético que tiene su límite: el abuso. Con los abusivos, la misericordia pasa de ser virtud a ser estupidez.   

 

Así como están las cosas, triste suerte es la de Asunción en el aniversario de su fundación.

 http://www.abc.com.py/abc/nota/13978-Triste-suerte-la-de-Asunción/

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Anónimo

MEZCLA DE DIOSA Y PANTERA


Por Pa'i Oliva

Fecha: 25/09/2010 09:42.


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