por Carlos Rodríguez

Una de las manifestaciones fundamentales de la política paraguaya es que en vez de que los movimientos busquen convencer de su capacidad de resolver problemas, se empecinan en evitar logros por parte de sus adversarios. Es el lado perverso que hace que el país no avance y que siempre esté girando en torno a los mismos problemas que no se resuelven.

Con enorme dedicación y tenacidad todos están tratando de que se instale el fracaso para que ese sea el escenario en el que surjan las propuestas mesiánicas.

Si la teoría nos dice que los partidos políticos están para articular las inquietudes ciudadanas en torno a un modo de pensar en resolverlos y los políticos están para liderar la gestión de soluciones, eso en nuestro país es puro teoría.

Hemos visto más de una vez que el gobierno convoca a un diálogo de partidos para analizar una agenda país y surge de inmediato un campeonato de pretextos para no participar.

Es insanamente curioso porque los partidos están para garantizar la participación y sus dirigentes para encabezar la participación.

Sin embargo, aquí se nota una renuncia al rol fundamental de los partidos y los políticos que en vez de ejercer su función primordial, abdican.

Y entonces nos preguntamos ¿para qué sirve un partido político? ¿para qué sirven los políticos?, y ahí está la explicación de por qué los ciudadanos buscamos dirigentes fuera de los partidos porque este modo de hacer política, no nos lleva a ningún lado.

Es fundamental que los dirigentes políticos hagan una autocrítica mientras los ciudadanos seguimos oteando el horizonte de dirigentes creíbles y con capacidad de liderazgo en otras áreas del quehacer nacional a fin de buscar quienes dirijan los destinos del país en el futuro.

 

 

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