Es muy difícil tener una cabeza democrática. Son muchas las cosas que hay que aguantar y hay que tolerar.

La cabeza autoritaria es más sencilla, es simple: no tolera lo que no le gusta.

Lo grave de las cabezas autoritarias es que cuando tienen el poder lo usan para eliminar todas esas cosas que no les gusta.

Pero cuando no tienen todo el poder, cuando no pueden violar directamente la frontera que divide a la dictadura de la democracia, son cabezas rabiosas.

“Los dueños de diarios son una vergüenza. Derrotaremos a algunos diarios y revistas que se comportan como partidos políticos. No necesitamos formadores de opinión. Nosotros somos la opinión pública”. La afirmación de Lula –en un Brasil democrático– describe un pensamiento, una visión rabiosa.

Ese “nosotros” es el nudo conceptual de una mentalidad excluyente. No todos están con él. Y los que no están con él son “los otros”. Y muchos medios de comunicación no están con él.

Lo mismo sucede con la inefable Cristina Fernández de Kirchner: no tolera la posibilidad de que los diarios Clarín o La Nación sean críticos. Y los ataques a esos periódicos, para variar, vienen cargados de rabia.

No pasa un día en el que Hugo Chávez no se refiera a los dueños de medios de comunicación… a los críticos, desde luego. Y no escatima ni ocasión ni esfuerzo para deshacerse de ellos. 

¿Hace cuánto tiempo, con sinceridad sin límite, Evo Morales notificó que sus enemigos eran los medios?

No hay que hacer ningún esfuerzo especial de investigación para recordar la infinidad de ocasiones –algunas con escenas humillantes– para recordar su poca simpatía a los medios.

No es cierto que todos los medios sean objetivos, sean serios y menos que todos los periodistas, comentaristas o columnistas sean ejemplo de profesionalismo y probidad.

Pero tampoco es cierto que lo que importe a las cabezas autoritarias sea la falta de seriedad de los que las critican.

Porque si así fuera, tendrían que comenzar por suprimir de la televisión las sesiones obligatorias del “Aló Presidente” en Venezuela y todo el maratónico circo de ventajismo electoral con horas y horas de televisión con plata del Estado.

Y, si las quejas presidenciales van por la falta de objetividad, habría que preguntarle a don Evo Morales si la televisión estatal, con su intragable boletín oficial con formato de noticiero, copia mal hecha de los programas obligatorios en las dictaduras, es un ejemplo de objetividad. 

No son las virtudes o la falta de ellas en los medios lo que enoja a las cabezas autoritarias: es la crítica.

Y tampoco es cierto que lo que más le molesta al Presidente es el racismo –si así fuera no lo hubiera exacerbado como lo ha hecho–, sino la falta de control absoluto sobre los medios.

Absoluto, porque hay que reconocer que señales de sumisión no le han faltado, acompañadas de espectaculares genuflexiones que ha recibido de parte de tantos y tan variados empresarios, de medios y de otras ramas. 

Ese “nosotros somos la opinión” que a Lula le salió del alma es la explicación completa de la rabia a los medios.

Es la expresión de la impotencia –salvo que se imite a Cuba– para impedir que hablen “los otros”.

Lo más grave en el razonamiento de las cabezas autoritarias es que tienen razón: no hay peor enemigo para el poder que el pensamiento de “los otros”.

El “nosotros” de Lula es la definición del molde: no hay lugar para lo que no cabe ahí. Por eso nos condenan a pelear por cada palabra, por cada espacio, por cada línea, a todos los demás… a los otros.

[©FIRMAS PRESS]   

Cayetano Llobet T.
Analista político boliviano 

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