• Benjamín Fernández Bogado

Cualquiera que pretenda salir de la isla, deberá previamente soportar el castigo que la burocracia aplica sin piedad contra el ciudadano común que osa abandonarla... Tal pareciera la introducción de una novela extraída de la vida real en nuestro país. Y tal vez el pasaporte paraguayo sea la mejor síntesis de este vía crucis miserable al que ahora han agregado una nueva estación dolorosa: tener el certificado tributario.

El que pretenda salir del país con pasaporte expedido por la Policía -que ya genera de por sí grandes problemas en los aeropuertos del mundo-, además de las tres firmas puestas en la primera página, impresión digital, fotografía, firma del portador, debe certificar que las firmas que anteceden son reales por los ministerios de Relaciones Exteriores y de Interior. El pasaporte dura tres años, pero los grandes sellos más las firmas que colocan a la salida y entrada ocupan casi dos terceras partes del documento de un viajero medio. Esto supone que el vía crucis deberá ser repetido más pronto que tarde, de manera tal que no se le olvide al ciudadano su condición de... miserable.

Este simple hecho es una prueba de que las cosas no cambian porque sencillamente no existe voluntad de transformación en los actores políticos. Por el contrario, el que entra le agrega un escalón más al dificultoso ascenso hacia la nada. Alguien dijo que los ciudadanos perciben los cambios en las pequeñas cosas. Aquellas que pasan por cuestiones de cómo se obtiene un documento o cuan ágil resulta un trámite burocrático. En esas cosas la gente ve si un gobierno es distinto del otro o, por el contrario, es la misma cosa o aún peor.

Esta solicitud tributaria ofende la condición ciudadana y debería ser derogada de plano. Nos recuerda lo peor de los tiempos autoritarios y abre el camino para que otras reparticiones públicas hagan lo mismo, de manera tal a hundir al contribuyente en una red de impedimentos, dificultades y trabas, que sólo consiguen desmoralizarlo y desnaturalizar el sentido de los actos de gobierno.

Dentro de poco el Ministerio de Salud pedirá tal vacuna para el mismo trámite y Obras Públicas reflotará la idea de la "conscripción vial" para similares trámites. Los uruguayos lograron percibir que su Gobierno era otra cosa simplemente preguntando a los que requerían documentos de identidad qué lugar comercial quedaba cerca de su casa de manera tal que los retirara de manera más fácil y cómoda. Eso tan simple hizo que los orientales percibieran que el Gobierno que tenían, había apostado a ellos, procurando hacerles más fácil la vida y llevadera su complicada labor de sobrevivencia cotidiana.

Nosotros al revés. En vez de hacer eso, tensamos el nivel de paciencia ciudadana a límites tales que sólo la exasperación y el rechazo más violento figuran como respuestas posibles. Nada cuesta y mide más el grado de compromiso de un gobierno con su pueblo que la forma cómo es tratado el ciudadano ante la requisitoria de un documento o los trámites para pagar los tributos. Todo esto en Paraguay es ciertamente un elogio al absurdo y una manera que sólo permite que la irritación de la gente encuentre como única salida la corrupción del propio sistema o la elevación a los altares de la condición de miserable.

Cuando uno sale del Paraguay se paga un impuesto, que en otros países está incluido en el billete, un par de personas chequea a pocos metros que se pagó la tasa de salida, luego vienen los controles migratorios que de nuevo en varios países están obviados, el control de equipaje, el grupo antidrogas y la incómoda espera.

Cuando uno comenta estas cosas, la respuesta que recibe es lo que el Gobierno ha logrado como resultado: ¿para que luego querés salir de Paraguay?

El único cambio que uno percibe entre el pasaporte que cada vez tiene más controles y firmas, es que en el aeropuerto no lo recibe a uno el sordomudo aquel que en tiempos de dictadura sonreía como una exacta metáfora del país que somos.

 

Comentarios  Ir a formulario



No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.