• Gustavo Laterza Rivarola

Es célebre ya el concurso de belleza donde preguntaron a una estupenda morena latinoamericana quién fue Confucio. Respondió que fue el inventor de la confusión. Por si no lo sabíamos, agregó que el filósofo era “uno de esos chinos-japoneses muy antiguos”. Esto, filmado y levantado a YouTube, recorrió el mundo, traducido a muchos idiomas.   

Despertó el interés de los coleccionistas, además, porque se conformó inmediatamente una antología de respuestas de la misma índole. Otra linda chica latinoamericana, a la cuestión “¿Con cuál personaje de la Historia se siente más identificada y por qué?”, dijo que con Juan Pablo Duarte, entre otros motivos porque “sin él quizás nuestro continente aun no estuviera descubierto”. Se conoce que aquí obró otra vez Confucio, transformando a Colón en el señor Duarte.   

 

Una tercera tuvo que opinar sobre la tremenda cuestión “¿Cree que la mujer es el complemento del hombre?”, manifestando que creía que el hombre es el complemento del hombre, la mujer de la mujer, la mujer del hombre y viceversa. Una respuesta típicamente confuciana. No se la podrá acusar de discriminación sexista.   

 

A una rubia divina de Carolina del Sur, el conductor le informó que, según un estudio reciente, muchos estadounidenses no podían ubicar a Estados Unidos en el mapa mundial, y, luego, qué le parecía esto. Expresó que creía que eso ocurría porque muchos países no tenían mapas, y que EE.UU. debería ayudarlos. ¡Brillante idea para una ONG! Nadie con más derecho a tener un mapa que el Paraguay. Ya debería estar solicitándose a AID fondos para diseñar el proyecto de introducción al orbe.   

 

En un concurso de TV, en USA, inquirieron a otra llamativa rubia de qué país de Europa era Budapest su capital. Respondió que era una pregunta tonta, pues ella creía que Europa era un país. Las risotadas del respetable público intentaron amilanarla, pero no se rindió, siguió discutiendo entusiastamente. Nadie le dijo que alguna vez tuvo razón, que en algún momento toda Europa era un solo país; o parte de un solo imperio. Fue entonces que Confucio llegó a Europa con los tártaros y de aquí emigró a Carolina del Sur.   

 

Una escultural morena japonesa, que honraría cualquier corona de belleza sin necesidad de abrir la boca, tuvo que abrirla porque querían saber qué cambiaría de la historia de la humanidad, si pudiera. Dijo que creía que no hay gran diferencia entre el hombre y la mujer, aunque los hombres a veces se sobrepasan con las mujeres validos de su mayor fuerza física. En efecto, siendo Confucio un japonés antiguo, quizás luchador de sumo y prepotente con las chicas, eso podría ser cierto. Esa parte de la Historia merecería ser cambiada, sin duda.  

 

Finalmente, cito a una de esas misses venezolanas que hace trepidar el suelo a su paso; le encajaron esto: “¿Qué atributos físicos e intelectuales cree que tiene Ud. para merecer la corona?” Respondió que “mis atributos físicos los tienen ustedes ante la vista”. Pocas veces escuché una respuesta más lógica, escueta y concluyente; y sin embargo, también está incluida en una lista de “Las cinco miss mujeres estúpidas”. Pero, he aquí precisamente el meollo de este asunto.   

 

Muchos nos preguntamos por qué hay que poner en aprietos enciclopédicos a las chicas más lindas del mundo, si a las mujeres intelectuales nadie les toma las medidas corporales, ni se les exigen dietas y gimnasia, ni arreglarse la dentadura, maquillarse o peinarse, ni saben desfilar ni sonreír. Si la primera miss citada aquí hubiera leído la obra de Confucio –disgusto que no debería imponerse a nadie–, a la cuestión que le pusieron hubiera respondido con una frase del mismísimo filósofo: “Yo no procuro conocer las preguntas; procuro conocer las respuestas”. Allí se habría visto claramente qué cosa predominaba, si la confusión o el confucionismo; y si del intríngulis el preguntón salía mejor parado que la miss.   

 

Si se confunde confusión con Confucio, a nadie sino a la lengua se culpe por eso. Lo explica mejor que yo Lope de Vega, en un breve epigrama: El llamar a un rey alteza, / que lo llaman a una torre, / aunque es lenguaje que corre, / no es propiedad ni pureza; / si a señor es señoría / y al excelente le dan / excelencia, bien dirán / a una infanta infantería.   

 

O sea pues que, si a las hijas de Juan Carlos y Sofía no les decimos Su Infantería, mejor no se llame confucionismo a la doctrina de Confucio, si no se desea inducir a confusión. Algo así habrá sido lo que la miss quiso explicar y no se lo dejaron.   

 

glaterza@abc.com.py

17 de Octubre de 2010

 

 http://www.abc.com.py/nota/la-confusion-y-el-confusionismo/

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