• Benjamín Fernández Bogado

Una de las cuestiones más celosamente protegidas en cualquier democracia es la fortaleza de sus instituciones. Cuando ellas son débiles, corruptas, dependientes y por lo tanto poco confiables, se resiente todo el sistema.

Nadie cree en la norma ni en quienes la aplican y los sujetos activos y pasivos de ella no la respetan ni la temen. En este vacío institucional solo crecen los poderes paralelos. Eso que denominamos en términos genéricos: Mafia.

En realidad, en sus inicios, aquélla tenía un propósito distinto, aunque clandestino, de repeler al invasor. Muerte al francés Italia anhela era el significado de la palabra que hoy simboliza inseguridad, muerte y por sobre todo: Fracaso de las instituciones.

 

Muchas veces surgen estas porque la función que deberían desempeñar los funcionarios con probidad es ocupada por gente incapaz, corrupta y desvergonzada. Gente que no tiene el mínimo pudor para reconocer su ignorancia en el desempeño de un cargo determinado. Menos aun, siente el sentido del mandato social de hacer su tarea de forma correcta.

 

Eso que Confucio destacaba como virtud, en Paraguay se lo toma como oportunidad para alzarse con algo ajeno a expensas del cargo y la institución que ocupan.

 

Nunca en ningún gobierno de esta larga transición hemos visto más casos como los arriba descriptos como ahora. Nunca importó tan poco la institución y jamas tantos ineptos ocuparon cargos de responsabilidad de manera tan desembozada y desvergonzada. No hay institución que no haya padecido el arribo de algún jefe cuyas características profesionales lo hacían merecedor de volver a alguna escuela nocturna para analfabetos.

 

El que los nombraba sentía una profunda complacencia que solo puede ser analizada desde el más cruel de los resentimientos sociales acumulados. Es decir, hay una morbosa satisfacción de colocar al incapaz en algún puesto donde su sola presencia puede significar el triunfo de la incapacidad sobre la probidad y el deterioro institucional sobre la consolidación de ella.

 

La actitud de este gobierno ha sido claramente destrozar toda institución democrática burlándose a su paso de los probos, los capaces y los honestos, a los que vomitaba públicamente con una satisfacción rayana en el insulto.

 

Algunos se acostumbraron o hicieron como si eso fuera normal, subastando su orgullo y su educación al precio de sobrevivir. Otros lo tomaron como el signo de los tiempos, donde cualquier acción descarada era tomada como algo ingenioso y digno de celebración.

 

Las carcajadas de este vacío institucional, sin embargo, le cuestan mucho al Paraguay. Y en el fondo constituye el peor de los escenarios para quienes mofándose de lo construido no podrán recurrir a ellas cuando el camino de la llanura los convoque con su carga de injusticia y persecución. En ese momento recordarán a las instituciones y lamentarán su venalidad, su debilidad y su obsecuencia al poder de turno. Si hubieran tenido una visión de país no la hubieran dejado abandonadas y en manos de tantos corruptos.

 

Las instituciones democráticas las construyen y las destruyen las personas con sus actos y sus omisiones. Cuando en la democracia no hay quien detenga los excesos del poder, no existe una ciudadanía que castiga las malas acciones, el resultado no es otro que un sistema político donde la desesperación, la angustia y el miedo se apoderan de una población inerme y desconfiada.

 

El próximo gobierno que acceda al poder deberá tener como urgente tarea el establecimiento de una carrera del servicio público y una convocatoria nacional a los mejores talentos para reconstruir los pedazos institucionales que hoy se acumulan como escombros y dejan espacio a la mafia que funciona criminalmente con una disciplina macabra y angustiante.

 

Deberá también, el gobierno que asuma, comprender la necesidad de reconstruir institucionalmente esta patria para que se yerga con una fuerza moral y ética a reclamar sus derechos en foros internacionales. Sin esa reconstrucción no hay reclamo que pueda ser escuchado y menos aún respetado.

 

El desafío es volver a construir desde los cimientos lo que hoy solo abunda como escombro y basura.

 

 

 

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