• Por Mario Rubén Álvarez

Los candidatos a olvidar a sus comunidades a partir del lunes 8 de noviembre gozan en estos días de muy buena memoria. Como nunca antes, se acuerdan de todo y de todos. De los humildes y de los soberbios. De los humildes y de los ricos, así como de la gama intermedia entre las dos puntas. De los que quieren y no pueden. De los que pueden y no quieren.

Haciendo gala de una lucidez que no mostrarán -salvo alguna que otra perdida excepción- a lo largo de su gestión, alardean de conocer todos los temas urbanos que acosan a los que afilan su voto: el transporte público, la recolección de basura, el desempleo, las horas pico, el asfaltado, la recolección de basura, el callejón sin salida, los baches mayores de 30 centímetros, el dengue y el robo de señaleros de los autos importados de Chile.

 

En las áreas rurales -léase compañías, que son las unidades poblacionales mínimas de los distritos-, se acuerdan del camino en permanente mal estado, la falta de puentes, la ausencia de mixtos los domingos, el agua contaminada, la mala iluminación de los tape po’i, los terraplenes rotos y la carencia de vacunas para los niños.

 

Allá y aquí, los intendenterâ no solo identifican los problemas que bombardean a la gente todo el santo día, sino que proponen soluciones factibles y atinadas. Juran que trabajarán hasta los Viernes Santos y en sus cumpleaños para transformar el municipio, elevar la calidad de vida de las personas y repartir pandulces en Navidad, Año Nuevo y hasta en Reyes.

 

Ningún obstáculo se les presenta como invencible. No hay agujero que no van a cerrar en algún momento. Se acabarán los abusos contra los pasajeros de ómnibus. Serán polvo las carreteras vecinales convertidas en colador. No hay puente que no habrá de construirse. Con las semillas de moringa -un árbol que está entrando de moda-, se depurarán y purificarán tanto las aguas superficiales como las subterráneas. Y no habrá más pobres porque sobrarán trabajos y puestos hasta para los ya fallecidos.

 

A la hora de prometer, los que van a olvidar a su pueblo son insuperables. No serán como Wasmosy, que en cinco años iba a hacer progresar 50 años al Paraguay. Irán más lejos: en un año asfaltarán hasta los techos de las casas, llenarán de bancos las plazas, traerán 10 mil camiones articulados, harán crecer los arbolitos de tajy 7 metros y desalojarán de las calles a los peajeros y motochorros.

 

Los que están por el rekutu son todavía más espectaculares. Recuerdan lo que no hicieron, es decir todo. Afirman que la experiencia es el capital más valioso que presentan ante el electorado. Y que sus comunidades se tornarán la envidia de París, Brasilia y Estambul.

 

En esta etapa en que todavía pueden mentir con entera libertad, desatan sus lenguas. Saben que a los paraguayos les gusta que se les engañe cada tanto, que se les diga que por fin va a comenzar la era de las grandes realizaciones y los sueños cumplidos. Y que se contentarán con su pequeña porción de ilusión hasta tanto despierten -como siempre- ante la evidencia de que pasan los días y las nubes sin que absolutamente nada haya cambiado en el municipio.

 

Los que nada dejan librado al azar y tienen hasta un juego de hasta cuatro respuestas para cada inconveniente, tendrán una memoria fabulosa hasta el domingo 7. Irán hasta allí con todas las luces prendidas.

 

El apagón -ya planificado- comenzará el lunes 8 en medio de las ganas de dormir, del olor a alcohol, las cuentas a pagar, los reclamos de cargos, los plagueos de los perdedores y los cálculos del número de concejales que ingresarán a la Junta Municipal.

 

A partir de ese día, alrededor de 200 intendentes -de los 240 nuevos electos en todo el país- sufrirán de amnesia. Olvidarán todo lo que sabían acerca de las situaciones que preocupan a las personas. Y, sobre todo, dejarán de acordarse de todas y cada una de las promesas con que se adueñaron del derecho a no hacer nada.

 

Periodista y escritor

 

EL OJO DESPIERTO | Viernes, 29 de Octubre de 2010

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