Desde 2005, o mejor, desde la elección de Fernando Lugo en Paraguay, la región había sido políticamente previsible. Con tensiones, pero previsible. En la última semana esto ha cambiado sutilmente, lo que obliga a monitorear la situación con mucho tacto.

En Brasil, Dilma representa la continuidad, pero bien sabemos aquí que ser del mismo partido que el presidente anterior no implica que todo quede como está. Y el Brasil cuya conducción asume Roussef no es el de hace 8 años. Hoy es una de las potencias emergentes, integrante del imparable BRIC e integrante del G-20.

En Argentina, el fallecimiento de Néstor Kirchner parece cambiar menos aún, dado que no tenía cargo alguno en el Poder Ejecutivo. La presidenta Cristina Fernández insistió en que no piensa modificar nada. Sin embargo, es imposible desconocer el papel de su marido en la conformación de un bloque que le diera gobernabilidad luego de asumir la Presidencia con minoría de votos. Ese papel hilvanador entre múltiples actores, el PJ, los sindicatos, los caudillos provinciales, sectores radicales, piqueteros, Abuelas de Plaza de Mayo y un heterogéneo espectro de actores políticos, lo siguió ejerciendo hasta el día de su muerte. Y ya aparecieron algunos, que bajo la consigna de no cambiar nada, están intentando ganar peso en la coalición.

Paraguay, el otro socio pleno del Mercosur, vive una situación igualmente volátil en potencia. El presidente Lugo tiene una afección de salud que lo obliga a internarse periódicamente en Brasil, y su vicepresidente no le responde enteramente. Todo sigue como estaba, pero también ahí, algo ha cambiado.

Este panorama regional, más la derrota de la Concertación chilena y la baja del precio del petróleo venezolano, crean una situación regional que la Cancillería uruguaya debe seguir con mucha diplomacia. En momentos en que hay que afianzar lo interno, suele descuidarse lo externo, esperando que los vecinos comprendan.

Pero las crisis son oportunidades, se dice. El Mercosur se estancó, no como un mercado común, sino como una unión aduanera incompleta y deformada, plena de incumplimientos, de medidas arancelarias o no arancelarias nacionales o provinciales violatorias de los acuerdos, de acuerdos no ratificados, de falta de integración de cadenas productivas, dobles tributaciones y falta de espíritu negociador.

Y el Parlasur se quedó sin presidente antes de que llegara a ejercer un papel relevante.

Este cambio en la continuidad puede ser una oportunidad de avances en todos estos frentes, si se cuida que no terminen en nuevas tensiones.

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