Nuestra experiencia en las dos últimas elecciones se aproxima bastante a la política actual en los países democráticos. Y también es congruente con la lectura que la ciencia política hace de la tendencia de los electores. Los resultados responden a la satisfacción o a la frustración de las expectativas. Y estas ya no pueden ser opuestas sino coincidentes. Para mantener el sistema democrático, necesariamente hay que acortar las brechas de las desigualdades sociales.

 

Si alguna lección hay que sacar de las elecciones municipales, nuestras nociones tradicionales de la política no sirven. Y tanto por la práctica que se observa en diversos países -incluso próximos-, como por la nueva teoría de las ciencias sociales.

 

No es que unilateralmente se haya impuesto el pragmatismo, ni que asistimos al fin de las ideologías. Conservadurismo y progresismo coexisten en los países desarrollados, emergentes y subdesarrollados. Entre los emergentes, tenemos en la región los procesos en Brasil y Chile. Las expectativas fueron los factores del triunfo.

 

Cuando terminó el periodo de la glorificación del neoliberalismo, la ciencia política sostuvo que la tendencia que le sucedía es la búsqueda de coincidencias de las expectativas de los de los arriba con los de abajo. Las brechas que los separan debían acortarse. De no ser así la democracia no sería sostenible.

 

Por consiguiente, el papel de la política es de activo mediador. El Gobierno ya no debería actuar como el aparato al servicio de la clase dominante. Tampoco incidir en la rebelión popular para impulsar las supuestas transformaciones estructurales. Todo debe hacerse dentro del Estado de Derecho y nada fuera de la institucionalidad.

 

Sí debe haber una política de consenso acerca de la necesidad de los cambios. La pobreza es una amenaza a los barrios de los ricos. La falta de igualdad de oportunidades al acceso del empleo, de la educación, de la vivienda y de la salud se traduce en riesgo beligerante para la seguridad.

 

La evidencia creciente de estos problemas lleva, primeramente, a la política a asumir un programa de inclusión social. La equidad se convierte en lenguaje universal. Y luego incide para que los empresarios dejen de pensar solo en la acumulación del capital. Ellos hoy están obligados a constituirse en dinámicos actores de la responsabilidad social y del crecimiento para todos.

 

La eficiencia del Gobierno depende de la articulación del Estado y de la sociedad civil para la ejecución de los proyectos y programas destinados a concretar en los hechos la equidad social.

 

Con intuición, en nuestro contexto se ha insistido con la palabra "cambio". Pero se la ha vaciado en el poder. Al representar las expectativas de la mayoría, su falta de implementación conduce a la frustración. Los nuevos rostros de la política repiten los mismos vicios de los gobiernos anteriores. Y con la grave consecuencia de profundizar los problemas. Los de abajo siguen igual o peor que antes.

 

Los elegidos en los recientes comicios tendrán que esmerarse en responder positivamente a las expectativas creadas. De lo contrario, las mismas urnas les castigarán. Y en lo que compete al Gobierno, su responsabilidad es aprender de estas elecciones. Con racionalidad y voluntad renovada debe acometer el gran esfuerzo de ir respondiendo a las expectativas que generó.

 

El Paraguay necesita reducir las desigualdades sociales. La experiencia que se tiene es el camino de la equidad. Para transitarlo es fundamental la coincidencia en las expectativas. Los programas y el diálogo son las herramientas. Lo que está en juego es avanzar hacia el desarrollo con justicia social.

 

 

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