• Mario Rubén Álvarez

Parece que los políticos no van a aprender nunca la lección. En el 2008, el pueblo le pasó la factura -aunque un poco tardíamente- al Partido Colorado. A esta altura, en una desenfrenada carrera electoralista, han olvidado ya que las urnas pueden cobrarles su abuso de poder.

Si Fernando Lugo ganó es porque la mayoría estaba harta del partido que durante 60 años había oprimido al país. Si no cayó antes en la posdictadura es porque no hubo un candidato que convenciera a los que hace rato se habían hartado del monopolio del gobierno. A tanto llegó ese hartazgo que hubo un segmento -escaso, pero decisivo- que, por las rencillas internas, se desmarcó de la candidatura oficial de la Asociación Nacional Republicana (ANR) y no votó. O votó por Lugo.

 

Para la presidencia de la República, era la primera vez que el voto-castigo adquiría la forma del triunfo. De un solo golpe -aunque demasiado postergado-, el pueblo votante les cobró a los colorados la barbarie de 1947, las bestialidades que le siguieron, la dictadura del tirano Alfredo Stroessner y los malos gobiernos de la era del ensayo democrático.

 

La sanción llegó de la mano de alguien que no era político -y no lo va a ser más, está demostrado- y aglutinó las fuerzas dispersas fuera del principal partido de oposición, el Radical Auténtico.

 

Todavía pervive en la memoria aquel miércoles 29 de marzo de 2006 cuando el hoy presidente de la República enfervorizó a un vasto sector del país pidiendo juicio político para los colorados de la Corte Suprema (Víctor Núñez, Alicia Pucheta, Antonio Fretes, Raúl Torres Kirm- ser y Wildo Rienzi) e instándole al entonces presidente Nicanor Duarte Frutos a pedir perdón al pueblo por haber violado la Constitución.

 

Después de aquel lanzamiento apoteósico, parecía -parecía- que por fin cobraba rostro e historia personal el que podía liderar el esperado cambio.

 

Lo cierto es que el voto-castigo operó por fin aquel 20 de abril de 2008. Sin hablar del despilfarro de la esperanza y de la decepción en marcha, es bueno recordar que los políticos pueden reírse -así como hacen los parlamentarios al darle millonadas al Tribunal Superior de Justicia Electoral (TSJE) sin que en el año próximo haya siquiera elección de concejales suplentes de suplentes o a algunas oenegés que se dedican a evaporar el agua y llevarse dinero a sus bolsillos y quién sabe si no a sus padrinos del Parlamento- un buen tiempo de quienes los mantienen pagando sus impuestos.

 

Lo que no pueden hacer, sin embargo, es abusar de su paciencia toda la vida. Alguna vez el dique de la contención va a reventar. Y entonces puede que sea imposible que sus cabezas permanezcan en su lugar.

 

La locura del electoralismo que, como una tormenta furibunda, se abalanza sobre el país, evidencia que a la mayoría de los políticos solo les interesa su supervivencia en el escenario. Que los mboriahu kalapî -más pobres aun que los mboriahu apî y, obviamente, a años-luz de los mboriahu ryguatâ, en vías de extinción- se mueran de hambre, no les importa. Que los jóvenes se arrojen a la delincuencia por la falta de trabajo, tampoco. Ha'ekuéra oisyryku guive la hova kyrakue, todo está en "orden".

 

Allí están colorados, liberales y unacistas enfilando ya proa al 2013. Como si en el Paraguay los campesinos sin tierra fueran ya recuerdo del pasado, el desempleo un mal de otras épocas, la honestidad una realidad de 24 horas y la Administración Pública un mecanismo de relojería, se trenzan en una adelantada disputa eleccionaria.

 

La gente común que todos los días se sacrifica para poder amanecer viva al día siguiente, está cansada de los internismos que se transmiten como partidos de fútbol por la radio. Quiere políticos que solucionen sus problemas, no que se maten por su zoquete.

 

El pueblo está en desventaja con respecto a los políticos. Éstos tienen poder cinco años; aquellos, apenas un día en cinco años. Los dueños del país no tienen que olvidar, sin embargo, que en las urnas 12 horas pueden ser suficientes para cobrarles de un syrýky la deuda.

 

el ojo despierto | EDICION IMPRESA | Viernes, 26 de Noviembre de 2010

 

http://www.ultimahora.com/notas/381072-los-pol%C3%ADticossin-memoria

 

 

 

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Anónimo

La ciudad, un albañal

por Pedro Gómez Silgueira

Asunción está convertida en un albañal de agua servida y cloacal. Los caños cloacales revientan y se hacen agua por todos lados con su nauseabundo contenido. Días pasados, en el barrio Tablada reventó uno de los emisarios y se inundaron todas las casas. Los vecinos pidieron auxilio sumidos en el maloliento charco.

El jueves último la historia se repitió en el barrio Pettirossi, en pleno Mercado Municipal Nº 4, el más populoso de la capital. Los permisionarios ejercieron la presión necesaria para una solución rápida cuando amenazaron con cerrar la avenida si no había respuesta.

La medida surtió efecto, pues al poco tiempo ya estaban allí las cuadrillas de la Empresa de Servicios Sanitarios del Paraguay (Essap) colocando los parches.

Pero esta situación no es nueva ni mucho menos extraña para esta ciudad cuya red de desagües es obsoleta y no se renueva desde hace décadas. Cada día aparecen nuevos borbotones en las calles y sus consecuencias están afectando la calidad de vida en los barrios. No nos imaginamos lo que será el verano con semejante fuente de contaminación.

Hasta hace poco, los desperdicios cloacales de la pomposamente llamada “Empresa de Servicios Sanitarios del Paraguay” llegaban hasta el río. Ahora se quedan a mitad de camino y bañan las calzadas, veredas y salpican a cuanto peatón pase por el lugar.

Un hecho así no se compadece de una ciudad que se precie de ser Capital de una República y Asiento de los Poderes del Estado. Asunción será “muy noble y muy ilustre”, “Madre de Ciudades”, “ciudad comunera de las Indias” y ostentadora de tantos otros nombres que se ganó históricamente, y con justicia, pero una situación así, en forma permanente, manda todos los esfuerzos a la cloaca, valga la expresión.

Hasta el momento solo han trascendido la inoperancia, la ineficiencia y la desidia, no solo de la Essap, sino también del gobierno municipal. ¿Cuál es la autoridad que debe tratar estos temas urbanos? ¿Cuál es la dependencia que mayor responsabilidad tiene en todo este ámbito y la que debería exigir a la estatal una solución con todo el poder y el peso que le confieren la ley?

Hasta ahora es una incógnita y una pelotera que quizás pronto tenga respuesta.

¿Acaso es más cómodo para los funcionarios públicos pasarse sus escasas horas laborales en oficinas con aire acondicionado, mientras la gente en las calles sufre las consecuencias? El bolsillo del contribuyente lo puede y aguanta todo. El asunceno sigue pagando sus impuestos esperanzado en que la situación cambie, pero va a llegar un momento en que la ciudadanía se va a hartar de pagar tributos solo para sueldos sin que se solucionen los problemas principales.

La ciudad de Asunción está a punto de convertirse en un chiquero y, obviamente, en este escenario van a asumir las nuevas autoridades electas.

La Municipalidad de la Capital es una entidad autónoma por imperio de la Constitución Nacional. Es la administradora de la ciudad y, como tal, debe hacer cumplir su autoridad sobre las instituciones que denigran a la ciudadanía. Existen los mecanismos legales y técnicos, pero son poco menos que letra muerta.

En vísperas del Bicentenario la ciudad deja mucho que desear. Está derruida y abandonada a su suerte. Antes que progresar retrocede cada día más.

pgomez@abc.com.py
28 de Noviembre de 2010

Fecha: 28/11/2010 14:55.


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