Ni Pastor Coronel ni el general Patricio Colmán, sanguinarios cazadores de guerrilleros, ni el mismo Stroessner, habrían creído esta historia: en un pueblo sembrado de miedo a los subversivos, un guerrillero del Movimiento 14 de Mayo se convirtió en santo.

La pequeña placa dorada que resalta esas letras se encuentra perfectamente enclavada en una de las paredes de la «capilla» que da refugio al «Kurusu Rubén». La cruz de madera está erguida en la cabecera de una tumba singular. Sobre ese deshecho cuerpo cubierto por tierra y ladrillos se extienden velas, siempre encendidas, candelabros, flores y cintas, casi todas azules. Esparcidas como hojas de otoño se ven colillas de cigarrillo y sus cenizas. Pareciera el rastro de un fumador compulsivo. Sin embargo, acompañando a la cruz está el causante de las mismas, un extraño soporte de hierro que sostiene tres pitillos en los que se ubican tres cigarrillos a medio quemar. Es la ofrenda de los creyentes a Rubén Macedo. Por los pedidos concedidos y las bendiciones, le recompensan con su último deseo. 

 

El panteón, aquella morada «de material» muy bien cuidada, pintado de azul, resalta en un descampado terreno rodeado de matorrales, a no mucha distancia del río Paraná, en las afueras del centro de Paranambú, capital del distrito de Ñacunday, Alto Paraná. 

 

Promotor político 

 

Doña Idalina Delgado, pobladora del lugar, es la responsable de que el Kurusu Rubén tenga hoy un hogar tan acogedor. Fue una promesa. Lo mandó construir luego de que «hiciera» ganar a Jotvino Urunaga, candidato a la gobernación del Alto Paraná en 1998 por el partido Colorado, lista por la cual trabajó. Irónico destino.Idalina afirma que el Kurusú Rubén está allí desde que tiene conciencia y la gente le reza y pide cosas desde siempre. Anteriormente, su «casita» era de madera, pero «se llegó a quemar dos veces porque la gente le prendía demasiada vela». «La gente viene de todos lados para hacer sus promesas, incluso de Argentina», afirma. «Por liberal le mataron», «la historia dice que era rebelde», contesta la pobladora acerca del extraño personaje en cuestión.

 

Lo que se sabe

 

En el pueblo, y entre sus devotos, nadie sabe a ciencia cierta quién es Rubén Macedo ni cuál es su historia. Sí se multiplican rumores y versiones trasmitidas de generación en generación. Por lo general coinciden en que fue un guerrillero liberal, que acompañaba a un tal Rotela, de un grupo guerrillero denominado 14 de mayo, conformado por opositores exiliados en Argentina. Dicen que lo capturaron cuando iba a escapar hacia el Brasil nadando por el Paraná, el cual lo derrotó, o cuando remaba una pequeña jangada río abajo. Otros hablan de que deambulaba por los bosques. La historia más difundida es la de su muerte. Los hombres del temible general Patricio Colman, según una versión, o los colorados fanáticos seguidores del comisario local, según la otra, le habrían hecho cavar su propia tumba y le concedieron un último deseo. Rubén pidió un cigarrillo y, antes de acabarlo, le dieron el tiro de gracia, o lo decapitaron con un machete. Depende de quien lo cuente. De aquí nace la tradición de ofrendarle cigarrillos. 

 

 

"No puedo resucitarte ni cambiar tu triste destino, pero me queda el consuelo de haberte encontrado". 8 de diciembre de 2006. Tu hermano Toto.

 

Comentan los pobladores que hace un tiempo sus parientes lo encontraron después de mucho buscar y le pusieron la placa que encabeza la cruz.

unción de perros y chanchos  Tras ser sepultado el guerrillero, como la tumba no era muy profunda, los hocicos de los perros, así como las narices de los chanchos sacaron pronto a la superficie nuevamente los restos del combatiente, descubriendo su destino. Esto llevó a los vecinos del lugar a darle mejor sepultura, allí obtendría su primera cruz. Así habría nacido Kurusú Rubén. 

«Hetape ojejuka»

 

Paranambú es una antigua zona de obrajes, por muchas décadas estuvo explotada por una empr 

 

esa argentina que extraía y comercializaba madera de sus frondosos bosques a través del Paraná, por obra y gracia de los mensú, personajes semi esclavos que venían a parar a estos lugares por engaños o por falta de opción laboral. La mayoría no volvía. Los trabajadores de aquella selva fueron los que conformaron la ciudad levantando chozas en los alrededores del centro administrativo. 

 

Era en ese paisaje donde vino a parar Rubén Macedo. Los sobrevivientes del obraje guardan los cofres de su historia. 

 

Victorino Duarte, oriundo de San Juan Nepomuceno, vino a estas tierras en 1943 en busca de trabajo; tiene 85 años y un hijo de 7 años cuyo parecido desmiente cualquier rumor de cuernos. Aún conserva lucidez. «Venían de Argentina para  derrocarlo a Stroessner», afirma, «che ahecha, hetape ojagarra hikuai» (yo vi, a muchos los agarraron), afirma respecto a los guerrilleros. Los traían al pueblo y lo tenían en la policía. «Upeinte ou pe cañoneraœi ha ojupipa hikuai, hetape ojejuka» (Después nomás vino esa pequeña cañonera y los subió a todos, a muchos los mataron). Afirma que del arroyo Otaño, en las afueras del pueblo, hasta la ciudad de Presidente Franco, mataron unos 80. «Heta kariaœÿ porå, ñande compatriota» (muchos buenos hombres, nuestros compatriotas). 

 

 

Oratorio: momento de oración

 

Don Victorino dice que a Rubén lo tomaron en una picada del bosque, por donde deambulaban los guerrilleros comiendo hasta la cáscara de las naranjas verdes de tanta hambre y trajín. «Acá había un encargado, un matungo, un salvaje, ése fue el que lo mató», dice. 

 

Según el viejo tractorista del obraje, había por entonces muchos milicianos, todos armados, «si no estabas con ellos eras comunista, mbÿkÿ ha ejecastiga hina». Aun así, mucha gente les mostraba solidaridad a los prisioneros, e iban a visitarlos, les llevaban comida.

También afirma que hubo un grupo de gente que llevaron al Paraná, «o prende prende chupe bala». 

 

Para Don Duarte, el Kurusu «imilagro iterei». «Mba’échapio ndaimilagromo’ái, Pasión de Cristo haœe che la ivida kuera, ojepersegui ñandejara ojeperseguihaguéicha avei» (¿Cómo no va tener milagro, Pasión de Cristo le digo yo a sus vidas, fueron perseguidos como fue perseguido nuestro Señor»). 

 

SANTO GUERRILLERO: EL ZAPATERO MUERTO QUE HACE MILAGROS

Miguel Armoa ⋅

 

Rubén Macedo, de tez blanca, estatura media, de mucho hablar, nervioso, fácilmente iracundo, nació en Santa Clara, compañía de General Elizardo Aquino, departamento de San Pedro. Era zapatero. Es uno de los 7 hijos del segundo matrimonio de Don Mauricio Macedo, agricultor y ganadero de origen brasileño que llegó a cultivar 17 herederos. Tras terminar la primaria, Rubén fue a estudiar a Asunción e hizo el cuartel, donde llegó a cabo primero de marina. De allí, se fue con una hermana a trabajar al Brasil, donde ejercía su oficio.

 

La navidad de 1959 no llegó a su casa como había prometido, dejó sus documentos en lo de su hermana en el Brasil, y nunca más se supo de él. Sólo rumores.

 

Cosas milagrosas

 

Se hablaba de la guerrilla del 14 de mayo, «amenazaron a papá, le dijeron que si no se entregaba lo llevarían a él», afirma Darío Macedo, quien encontró a su hermano luego de 47 años de búsqueda, en el 2006. Darío sigue viviendo en Santa Clara.

 

 

 

Un día llegó un amigo de la familia que trabajaba en la zona del Alto Paraná, y les contó que la cruz de Rubén, su tumba, estaba por allá en Paranambú, que curaba enfermedades, dolores de muela…

 

El primero en viajar fue Darío, luego un colectivo alquilado llevaría a 36 familiares hasta el lugar. Hoy sus 6 hermanos siguen vivos. «No me pidas (que recuerde) porque voy a llorar, fue una impresión muy fuerte, habré tenido 13, 14 años cuando se fue».

 

«Costó mucho porque no se puede creer lo ocurrido, y la forma, uno nunca está seguro, quiere verle al pariente», recuerda Amado Macedo, otro de los hermanos que actualmente vive en General Elizardo Aquino, San Pedro.

 

Los hermanos encontraron en la tumba papeles pegados a la cruz con expresiones de agradecimiento, muchos de estudiantes, por cuestiones de salud, por las notas escolares, por el trabajo. «Trajimos la primera cruz, la del 60, por lo visto ese año lo mataron», dice Darío. «La gente le quería, todos decían la misma cosa, contaban cosas milagrosas (…) Ese consuelo nos queda».

 

La gente decía que les pertenecía a ellos, los familiares plantearon llevarse las cenizas, pero se opusieron los pobladores. «Acá va a haber una guerra si le quieren llevar, él es nuestro», les dijo un poblador según Amado Macedo.

 

 

Reconstruyendo la historia

 

Nos pintaron que fue un martirio feroz, que inclusive le dieron oportunidad de escaparse, pero que no quería traicionar su ideología, que no podía, dice Darío.

 

Amado por su parte recogió la versión que un paisano de Rosario que se hizo comisario en la zona fue el que lo tomó prisionero, un conocido de la familia de apellido Shellman. Según le contaron, Rubén habría estado con documentos brasileros (había dejado los suyos en Brasil), y que lo iban a dejar escapar, pero cuando se iba, Shellman le preguntó si no conocía a Mauricio Macedo, «fue un anzuelo» dice el hermano.

 

Amado Macedo, quien llegó a ser suboficial mayor principal de marina, también fue fichado como rebelde por el régimen de Stroessner desde antes de la historia de su hermano. Estuvo más de un año y medio preso en Peña Hermosa, aquella pequeña isla del rio Paraguay que se hizo pesadilla para muchos presos político. Lo involucraron en una rebelión, y aparentemente con el movimiento 14 de mayo. Dice que no era cierto, que lo acusaron por liberal. Lo llevaron a investigaciones donde conoció la «pileta», técnica habitual de tortura mediante descargas eléctricas de la policía de entonces. Allí dice haber llegado a ver al tal Shellman, quien habría matado a Ramón.

 

Amado deduce que su apresamiento fue el motivo que llevó a su hermano a involucrarse en la guerrilla, que fue justamente en el periodo de su apresamiento: 58-59-60. Le llegaron a relatar que su hermano, en Brasil, invitó a un amigo para ir a la lucha. El amigo le preguntó «¿Por qué si estamos bien?», y Ramón le habría contestado, «mi hermano está preso, algo tengo que hacer».

 

«Siempre decía que estaba luchando por la Patria», dice Darío, desde el otro lado del teléfono.

 

Mientras los cigarrillos se deshacen en cenizas, Rubén Macedo, ajetreado en tareas milagreras, sigue guardando su secreto en tierras del Paranambú, allí donde el Paraná resuena.

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