• por Rolando Niella.

Como señalaba la semana pasada, las personas que vivimos y trabajamos en Paraguay estamos, en cierta medida, condenadas a convivir con la corrupción institucionalizada, al menos durante una generación o probablemente más.   

Conviene recalcar nuevamente que convivir con la corrupción no es lo mismo que tolerarla o ser permisivo con ella, sino por el contrario, sufrirla y padecerla muy a nuestro pesar. La famosa frase con que Nicanor Duarte Frutos resumió el pensamiento de políticos y funcionarios –“La corrupción como el tango se baila de a dos”– es una falacia interesada, que confunde víctimas con verdugos.   

La gran mayoría de los ciudadanos no somos responsables ni tampoco cómplices de la corrupción, sino sus víctimas. No nos reporta ningún beneficio, sino sistemáticos perjuicios y vejaciones insultantes a nuestra dignidad, ante la prepotencia de quienes tienen poder para menoscabar nuestros derechos gracias a la corrupción institucionalizada.   

 

Hará falta al menos una generación para revertir el arraigo de la corrupción entre los funcionarios y mandos medios de las instituciones públicas. A algunos les pareció la pasada semana y les seguirá pareciendo ahora una apreciación pesimista y, sin embargo, una generación es, por desgracia, el mejor de los casos, el más favorable de los escenarios posibles, porque se basa en el supuesto de que haya en la cúpula de varios gobiernos sucesivos la voluntad política y la determinación para que el combatirla se convierta en una política de Estado, lo que por desgracia no parece ser el caso.   

 

Mientras en los cargos claves haya corrupción, el sistema se retroalimentará, porque solamente podrán ascender y hacer carrera aquellos funcionarios que estén dispuestos a ser cómplices con la ilegalidad a cambio de algunas migajas de la torta de la gran corrupción y los negociados multimillonarios que, desde luego, están en los centros de decisión y mando y no en las manos de los subalternos… Contradiciendo la afirmación de Duarte Frutos, la corrupción en Paraguay no es un baile de a dos, sino un ballet donde todos sabemos quiénes son los coreógrafos, los primeros bailarines y el coro de bailarines de menor cuantía.   

 

Mientras se expulse a las personas honestas y eficientes para poner en sus puestos a incondicionales, como hemos visto recientemente en el Ministerio de Salud; mientras se ponga en duda seriamente la honestidad de los jueces y hasta de los ministros de la Corte Suprema, con casos tanto de “aceitado” de trámites como venta de sentencias; mientras la mitad de los cargos importantes del Poder Ejecutivo se vean salpicados por casos como las tierras de Teixeira o la sobrefacturación de alimentos de asistencia social, no parece que haya ninguna posibilidad de que se aborde seriamente la posibilidad de sanear la administración pública.   

 

Pero, por otra parte, un sistema de corrupción institucionalizada no se puede sostener a menos que las condiciones sociales y económicas sean las adecuadas. Para comprar votos como elemento central del sistema de pugna electoral –ejemplo que es, por desgracia, un procedimiento generalizado en el país–, además del dinero generado por la corrupción, hace falta suficientes personas lo bastante pobres para vender su voto y también suficientemente faltos de cultura cívica para pasar por alto que, al vender su voto, encumbran a los mismos responsables de la falta de cultura y la pobreza.   

 

Siempre he sostenido que la incultura y el catastrófico nivel de nuestro sistema educativo son más graves aún que la corrupción porque, además de ser un daño en sí mismos, generan las condiciones de que los corruptos se eternicen en sus feudos, elección tras elección, y que, salvo excepciones, solo puedan ser derrotados por adversarios políticos aún más corruptos.   

 

Es por eso que hay que pensar que el mantenimiento de niveles de pobreza mucho más altos de lo que justifican las limitaciones de la economía del país y la persistencia de las miserias de nuestro catastrófico sistema educativo no son una casualidad, sino a la vez causa y consecuencia de la necesidad de los corruptos de una “clientela” que les permita sostenerse en los puestos de decisión y responsabilidad a través del clientelismo.   

 

 Hay que decir que en los últimos años ha habido un fenómeno que hace pensar que este círculo vicioso se está rompiendo: el alto impacto del voto castigo que se registró en las generales del 2008 y en las municipales de este año. Aun así falta mucho para que podamos hablar de una cultura cívica que realmente haga del voto un arma de los ciudadanos contra la gran corrupción.   

 

Mientras se mantenga activo el círculo vicioso de pobreza, incultura, falta de civismo, clientelismo y corrupción; mientras no se comience la limpieza por donde debe comenzarse para ser eficaz, que es por los grandes manguruyúes encumbrados, pocos resultados cabe esperar y seguiremos padeciendo la corrupción institucionalizada, no una generación o dos, sino cien años o más. Eso es sin duda lo que quieren los corruptos, pero ¿es lo que deseamos el resto de los paraguayos? Creo y espero que no.   

http://www.abc.com.py/nota/corrupcion-institucionalizada/

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Anónimo

El precio de la democracia
por Alfredo Cantero.

Una vez, cuando ejercía la presidencia interina de la Junta de Gobierno, Bader Rachid dijo que si alguien estornuda en la Junta de Gobierno, muchos pueden morir de neumonía en el Palacio de López. Era ese tiempo de turbulencia pos-marzo paraguayo y obviamente la amenaza nunca se cumplió. Pero es cierto, lo que pasa en el Partido Colorado sigue afectando al país.

Ahora mismo somos testigos de esta especie de subasta nada menos que de la máxima autoridad partidaria: la convención. Pero no es menos cierta la decepción que causa a una mayoría ciudadana un partido que gobernó casi 100 años (1870-1904/1948-2008) de los 140 de vida política que tiene la nación, que declara 1.500.000 afiliados y, sin embargo, sigue siendo manejado por un violador confeso de la Constitución Nacional que lleva 20 años en el Congreso sin más beneficio que para sí mismo.

No es para sentirse orgulloso presentar de nuevo como opción a las mismas personas que en las últimas décadas demolieron el país e hicieron piltrafas de las instituciones dejando a su paso generaciones de pobres e ignorantes, prisioneras hasta ahora de un perverso sistema clientelista, como se demostró recientemente en las últimas elecciones municipales.

Y no se trata solo de un anticoloradismo, como se puede deducir en algún rincón fanático; se trata de la construcción de una ciudadanía tan elemental para la calidad de la democracia y el desarrollo.

De ahí que esta coyuntura que nos ofrece el partido republicano puede ser una buena oportunidad para pensar en nuestra realidad política y el futuro que deseamos para nuestra patria.

Tal vez haga falta recordar que de estas dos centurias de nuestra república, ni la cuarta parte imperó el sistema democrático. Por lo tanto, ahora que llevamos por lo menos 20 años desde la caída de la última y más cruel dictadura, debemos ser celosos custodios de este sistema de gobierno. Naturalmente, como muchos pensadores lo reconocen, no es porque sea un sistema perfecto, sino simplemente porque es el que garantiza cierta igualdad de posibilidades para la gente.

Para ello es necesario el compromiso ciudadano para potenciar el sistema político que rige nuestra convivencia; es necesario fortalecer y garantizar la vigencia de un Estado de derecho. Con ello es posible que en el futuro sean menos los grupos políticos o empresariales que forman sociedades para financiar a candidatos o rematar los cargos de legisladores, jueces o presidente de la Nación que se ofertan en las ventanillas de los locales partidarios.

De eso se trata, de consolidar la democracia y que la voluntad ciudadana sea la que otorgue los títulos de diputado, senador o primer magistrado.

En suma, se trata de defender la República, por cuya libertad tantos lucharon y muchos dieron la vida. Es justo honrarlos.

acantero@abc.com.py
28 de Noviembre de 2010

Fecha: 28/11/2010 14:57.


Anónimo

Decoro
por Edwin Brítez

Dicen que José Martí es autor de la frase: “Quien ha sabido preservar su decoro, sabe lo que vale el ajeno”. Nuestros parlamentarios no lo tuvieron en cuenta, a pesar de que el libertador cubano siempre está en el discurso de casi todos los políticos.

Decoro tiene tantos significados que resulta imposible eludirlo, sobre todo en la función pública. En los últimos días los senadores y diputados, así como ciertos políticos apresurados en treparse al carro que pinta ganador, se olvidaron de este atuendo, y faltaron a los más elementales principios del decoro. Así ocurrió también con los funcionarios que solo quieren trabajar seis horas al día.

Se espera que quienes representan a la ciudadanía y quienes aspiran a ocupar en el futuro los mismos cargos se luzcan no solamente por su capacidad de convencer al electorado, sino demostrando idoneidad para el cargo y honestidad en el ejercicio del mismo.

Sin embargo, la opinión pública se va acostumbrando poco a poco a hechos y hasta a escándalos en los que se involucran los representantes del pueblo y los líderes políticos que están en competencia. Parecería que estas personas ingresan al ruedo político convencidos de que la investidura debe cubrir todas sus fechorías y una vez instalados en sus roles se contagian unos a otros para luego defenderse mutuamente, por turno, en la justificación de sus indecorosas conductas.

En estos días los parlamentarios acomodaron el Presupuesto General de la Nación a sus conveniencias, de modo que puedan obtener mejores ingresos en la jubilación, y de paso se adjudicaron más privilegios, como por ejemplo el derecho a acceder a dicho beneficio a partir de los cinco años de contribución y hacerlo extensivo a sus familiares, mientras el resto de los mortales trabaja por lo menos treinta años para pretender ese derecho.

Tiene razón Martín Almada al demandar a los parlamentarios por abuso de poder. No se puede legislar para beneficio propio sin violar el sencillo e inocente principio del decoro y tal vez la propia Constitución.

El decoro –para quienes se olvidaron de él y para quienes todavía no lo conocen a pesar del cargo que ostentan– es dignidad y honor por sobre todas las cosas. Muchas personas lo pierden por el camino, antes de llegar a la meta, y cuando llegan se convierten en lo que son. Personas irreconocibles por sus comportamientos indecorosos.

Otros eran los tiempos en que los representantes de la nación o de las comunidades locales ejercían la representación como una carga pública y se los designaban por el decoro y la dignidad que han demostrado en la vida privada y pública, de modo que no puedan defraudar a sus conciudadanos y menos aún a sus familiares.

Hoy por hoy los políticos y representantes pretenden actuar como si la sociedad no se rigiera por valores y pretenden relativizarlo todo, hacer opinable y discutible o judiciable cuestiones inmutables.

Es hora de que el liderazgo político y sobre todo la representación parlamentaria vuelvan a ser una docencia y que la gente común busque en la vida de estas personas el modelo a seguir o imitar para ser alguien en la vida, no para acumular y tener enseguida lo que nunca podría, con el simple trabajo.

El Estado paraguayo invierte constantemente en tratar de mejorar o fortalecer la institucionalidad o en lograr la gobernabilidad, inversión que se podría ahorrar si los funcionarios públicos, en especial los encumbrados y los líderes, parlamentarios y magistrados actuaran con decoro, decencia, y por cierto con menos lujo y ostentación. La juventud paraguaya podría hacerse cargo de enmendar esta situación.

ebritez@abc.com.py
28 de Noviembre de 2010

Fecha: 28/11/2010 14:59.


Anónimo

¡Qué país de maravillas!

Alguien dijo alguna vez que vivimos en un país de maravillas, pues tenía toda la razón. ¿Hasta cuándo nos dejaremos abofetear por los parlamentarios que no sirven para nada? Es una ofensa que esta gente se aumente sus dietas y sueldos mientras que hay gente que ni siquiera el sueldo mínimo cobran.

Me pareció una ofensa el cumpleaños del Sr. Galaverna, gastando tanto dinero en asado y bebidas, cuántos compatriotas día a día mueren de hambre, cuántos hay que apenas pueden comer? Esto es una vergüenza, ¿hasta cuándo tendremos que aguantar a esta clase de gente, que se sigue burlando de nosotros? ¿Será que algún día irán a la cárcel por todo lo que han robado al pueblo paraguayo?

Qué cansado me tiene las internas de los partidos políticos, empezando por el Colorado.. que fulano sale, que mengano entra... hay otras noticias que dar o informar que podrían ser más interesantes que estas... mientras que estos están peleando muchos paraguayos no tenemos aun un buen empleo o cuántos jóvenes que no pueden acceder a una educación gratuita.

Cartes, Salemmna, Nicanor, Zacarías Irún, Castiglioni, Calé, entre otros deberían ya dar un paso al costado y darle la oportunidad a jóvenes que aman a ese partido y a la patria, que sí quieren hacer algo bueno.

Los liberales tampoco se quedan atrás, en Fernando de la Mora se les pasó la factura a los Franco. Ya cansados de su política, ahora que son gobierno tendrían que hacer bien las cosas para seguir estando en el mismo.

Mientras los liberales discuten por lo que hizo la ministra de Salud, más bien tendrían que ver para solucionar el desempleo, o el problema de los colectivos de pasajeros u otras cosas más importantes.

Realmente vivimos en un país de maravillas, somos demasiados tranquilos, tanto que nos dejamos pisotear por estos ladrones, manga de haraganes.

Y así nos va, espero que en las próximas elecciones tengamos conciencia de patriotismo y vayamos a votar y así quitarles el poder que tienen ahora.

Pablo Eduardo Quiroz.
C.I. 2.443.534

Fecha: 28/11/2010 15:18.


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