• por Jesús Ruiz Nestosa

Por la calle pasa un camión. Desde su interior “¿Hay algún muerto?”. Y las ventanas y las puertas se cierran. Nadie quiere entregar a sus muertos aun cuando le informan que es peligroso tenerlos más tiempo en la casa.   

Las fotografías llegadas de Haití y los despachos de prensa solo admiten un calificativo: “apocalíptico”. Con frecuencia echamos manos a esta palabra para describir una situación determinada. Pero nunca como en este caso su significado se adecúa de manera tan precisa a la realidad. Hace poco más de diez meses, el 12 de enero, un terremoto dejaba por el suelo toda la infraestructura, la poca, la mísera infraestructura con que contaba el país. Doscientos mil muertos fue la cifra oficial, además de tres millones de damnificados. Pocas semanas después, los daños dejados por el terremoto fueron agravados por un tornado. Y desde hace algunas semanas, ha estallado el cólera con efectos catastróficos. ¿Por qué justamente en Haití, el país más pobre de América? ¿Podemos aprender algo de su terrible miseria, de niños chapoteando en las aguas negras que bajan hasta la calle por cualquier pendiente? ¿Cómo luchar efectivamente contra el cólera si su principal síntoma es la deshidratación y es justamente el agua la que está contaminada?   

 

Simón Bolívar, cuando estaba redactando la Constitución que, pensaba él, era la más adecuada para los nuevos países latinoamericanos, se inspiró en la forma del Poder Ejecutivo de Haití y dijo que era “el país más democrático del mundo”. “La isla de Haití –escribió el Libertador– se hallaba en insurrección permanente después de haber experimentado el imperio, el reino, la república, todos los gobiernos conocidos y algunos más, y se vio obligada a recurrir al ilustre Pétion para que la salvase. Confiaron en él, y los destinos no vacilaron más. Nombrado Pétion presidente vitalicio con facultades para elegir al sucesor, ni la muerte de este grande hombre ni la sucesión del nuevo presidente han causado menor peligro en el Estado; todo ha marchado bajo el digno Boyer, en la calma de un reino legítimo. Prueba triunfante de que un presidente vitalicio, con derecho para elegir el sucesor, es la inspiración más sublime en el orden republicano” (Pensamiento conservador, José Luis Romero y Luis Alberto Romero, Caracas, 1986, p. 6).   

 

Casi doscientos años después de que Simón Bolívar glorificara este tipo de gobierno como “el más sublime”, François Duvalier asumió el poder en Haití, en 1964 se proclamó dictador vitalicio y nombró a su hijo Jean-Claude Duvalier como su sucesor. A la muerte de su padre, el pequeño delfín, con solo 19 años de edad, asumió el poder heredado con todos sus atributos hasta que fue derrocado por un golpe de Estado en 1986. Acostumbrado a la buena vida y amante de las joyas, dilapidó toda su fortuna –la fortuna del pueblo haitiano– en su desordenada vida de París.   

 

Si Haití hubiera tenido gobernantes honestos en lugar de presidentes vitalicios con derecho a elegir sucesor, hoy no tendría el 98% de sus bosques destruidos y el suelo erosionado inútil para cualquier tipo de agricultura. El analfabetismo llega a 52% y el promedio de vida de un haitiano es de 61 años (en Paraguay el promedio es de 75 años).   

 

Después de haber sido considerado un ejemplar, ha pasado a ser no solo el más pobre, sino también uno de los más corruptos. Al comienzo de los años 2000 la ayuda humanitaria extranjera debió suspenderse durante varios años debido a que no llegaba a la gente necesitada y se lucraba con ella en los círculos de poder. De haberse invertido en educación, en salud, en infraestructura y de haberse creado fuentes de trabajo, ni el terremoto ni el cólera habrían causado tanto daño. Casi 1.500 muertos se ha cobrado ya la peste que por momentos recuerda aquellas descripciones de las pestes que asolaban Europa durante la Edad Media. Pero ahora estamos en el siglo XXI y se conoce el origen, las causas y el remedio para esta enfermedad. Se seguirán muriendo hasta que se convierta en un Estado fallido y de Haití solo quede el recuerdo de su emperador Jean-Jacques Dessalines y el palacio de Sans Souci, y la fortaleza que quiso construir en lo alto de la montaña para rechazar a sus enemigos. Y sus enemigos eran ellos mismos.

 

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