La Asociación Nacional Republicana se encuentra en una encrucijada de su historia que, al mismo tiempo, es la encrucijada del sistema político paraguayo: Debe resolver si cambia el paradigma con el que articuló su acción política en los últimos setenta años o si la sociedad deberá buscar reemplazos.

Quien crea que la aparición de fuerzas que están solicitando eliminar el requisito de la militancia para intentar lograr el apoyo de la poderosa maquinaria electoral que es el Partido Colorado es consecuencia únicamente de ambiciones personales sumadas al dinero se arriesga a errar el diagnóstico.

El sistema político paraguayo ha llegado a un punto en que debe implementar reformas sobre sí mismo o acrecentar el desafío de sectores autoritarios de la izquierda, pujantes en la región gracias al soporte venezolano.

Es un sistema cerrado. Las vías para canalizar el surgimiento de nuevas fuerzas, de nuevas ideas o, aún, de nuevos líderes, son estrechas y tortuosas. Esto significa que la sociedad encuentra difícil expresar sus inquietudes colectivas de un modo espontáneo.

 

Hay síntomas preocupantes que confirman lo anterior. El creciente nivel de ausentismo electoral, el creciente divorcio entre la clase política y la sociedad, los crecientes privilegios que la clase política se autoasigna, el creciente desprestigio del sistema institucional, la creciente incapacidad de los actores políticos para modificar el curso de los acontecimientos lo demuestran.

 

El problema de los sistemas cerrados es que no pueden contener la presión ni, mucho menos, convertirla en energía creativa.

 

Y quien crea que la resistencia al empuje por la apertura carece de razón al llamar la atención sobre los peligros de hacer desaparecer los elementos que garantizan sentido de pertenencia y, sobre todo, sentido de responsabilidad con el sistema institucional se arriesga también a errar el diagnóstico.

 

Las sociedades han construido marcos institucionales debido a una larga y dolorosa experiencia histórica, que demuestra que fuera de las instituciones y de los procedimientos consentidos, solo florece el autoritarismo.

 

En el mundo han triunfado, en el sentido de haber consolidado su progreso social, aquellas sociedades que han comprendido esta experiencia y que han edificado sobre ella.

 

El problema de la falta de instituciones es que permite la falta de escrúpulos y ésta conduce a los peores sitios del infierno.

 

Ninguno de los sectores en pugna en el Partido Colorado representa puramente a las posiciones que se han expuesto. Los que piden la apertura trabajan intensamente sobre los modelos operativos de los que piden resistirla y estos, a su vez, no cesan de incorporar nuevos referentes.

 

Lamentablemente, no se trata de que cualquiera de ambos sectores busque algún equilibrio interno, sino solo de usar lo que más le convenga para tratar de imponer su criterio.

 

No hay soluciones fáciles en política, pero tampoco hay imposibles. Lo deseable para la sociedad es que los términos de este debate colorado sean exteriorizados, sean discutidos, sean conceptualizados de manera que lo que decidan, sea lo que sea, se decida por la fuerza de las ideas y no por turbias trapisondas.

 

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