La Iglesia paraguaya necesita recuperar su liderazgo moral para restablecer su credibilidad. Afectada por incoherencias de algunos de sus miembros, que han incidido negativamente en su imagen y consideración, sus autoridades tienen que buscar la manera de reconquistar el espacio perdido. La fiesta de la Virgen de Caacupé es una ocasión propicia para recordar que su imprescindible voz, respaldada por el testimonio de vida, debe volver a ser protagonista en la sociedad.

El 12 de junio de 1979, la Iglesia paraguaya daba a conocer una de sus cartas pastorales más lúcidas y recordadas. Se refería al saneamiento moral de la nación. Cuando la dictadura asediaba con mayor fuerza la resistencia de los luchadores por la libertad, el mensaje de los obispos fue un llamado al verdadero cambio, el que nace de las profundas convicciones derrotando al miedo y la represión.

Por entonces, la Iglesia era un baluarte de la pacífica pero firme lucha en contra del poder omnímodo. Su alto grado de credibilidad, el testimonio de vida y la entereza de sus cabezas -particularmente de monseñor Ismael Rolón, arzobispo de Asunción, el más alto ejemplo que guarda la historia reciente-, la apuesta en favor de los derechos humanos y la integridad de la mayor parte de sus miembros eran sus credenciales de reconocimiento social indiscutido e indiscutible.

 

La visita del papa Juan Pablo II al Paraguay, en 1988, fue un respaldo a su ímproba labor en favor, sobre todo, de los más desprotegidos y necesitados de la sociedad. Y antes de un año de aquel inédito acontecimiento, entre otras causas, provocó la caída del gobierno totalitario.

 

En la primera parte de la era democrática, la Iglesia conservó buena parte del capital que había atesorado en tiempos difíciles. Varias encuestas la colocaron en la cima de las instituciones más creíbles de la República.

 

Debido a la falta de coherencia de algunos de sus hombres más prominentes y al desgaste mundial que sufre por situaciones irregulares en su seno apañadas durante mucho tiempo por el silencio de sus jerarquías, la Iglesia paraguaya ha ido perdiendo prestigio en la sociedad. El impacto de esa devaluación es que su palabra ya no tiene el mismo impacto de antes, porque su respaldo vivencial fue roto por los antitestimonios de algunos de sus integrantes.

 

El lema de Caacupé de este año es: "Una nueva evangelización para un nuevo Paraguay". Esa evangelización, en primer lugar, debe comenzar a operar dentro de la Iglesia. Esta institución tan cara a la cultura paraguaya requiere una reevangelización interior que devuelva a sus obispos, sacerdotes, monjas y laicos comprometidos la capacidad de incidir con poder de convicción en los demás.

 

Así como el Paraguay clama por políticos honestos, generosos e inteligentes, requiere también de una Iglesia que -depurada de sus lastres- ejerza no solamente el liderazgo espiritual de la mayoría, sino también el moral. No se le pide que transite el camino, sino que muestre, con su sabiduría, cuál es. Y sea creíble, porque su verbo cuenta con el aval de la coincidencia entre palabra y vida.

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Anónimo

RAMOS GENERALES
Disquisiciones rumbo a Caacupé

Brigitte Colmán

En estos días es difícil resistirse a la onda pedigüeña, y por eso todos terminamos haciendo nuestras listitas de peticiones a la Virgen.

Suponemos, y esperamos, que ella esté con las antenas abiertas a nuestros reclamos. Pese a que seis millones de paraguayos le estarán haciendo algún ruego, en este mismo momento, por tanto no sería extraño que se encuentre un tanto saturada.

Por las dudas, se espera que ella disponga de un buen mecanismo de selección. Es decir, que solo atienda las súplicas de aquellos que se han portado bien este año.

ASUNTOS TERRENALES. La Virgen puede objetar que algunos de los pedidos que le hacen rayen en lo fantástico. Nunca falta ese que se va caminando para ver si así gana el binguito; o para que Cerro Porteño gane la Libertadores.

Pero, personalmente, creo que cuando se trata de nuestra dirigencia política, ni la Virgen puede ayudarnos.

Igual nomás se me ocurrió pedirle que iluminara sus mentes y sus corazones, para que sean más buenos y sean capaces de pensar en el bienestar de los paraguayos y las paraguayas.

Ya sé que suena muy simple, pero no quiero abrumarla hablándole de la terna colorada para la Fiscalía General del Estado, ni del precio de la carne, la inseguridad o del servicio de transporte público con que les castigan a los ciudadanos.

Después de todo, si los que gobiernan el país, y el resto de la clase política, fueran mejores personas, no tendríamos ninguno de esos problemas.

No obstante, nunca está de más pedir que el presidente y el vicepresidente se entiendan de una vez; que Federico deje de jorobarnos con sus berrinches; que los diputados y senadores vean las necesidades de la gente y trabajen en serio, y que de paso dejen de priorizar solamente sus intereses. Que los que trabajan en la Justicia se dediquen a eso y no solo a favorecer a sus amiguetes, y a quienes tienen dinero para comprar sentencias judiciales.

A los funcionarios públicos en general, desde el ministro hasta la desconocida funcionaria que nos maltrata desde una ventanilla, que entiendan que nosotros somos sus jefes, que nosotros les pagamos el salario.

Sería lindo que la Virgen nos resolviera los problemas. Pero creo que algunas cosas dependen de cada ciudadano.

BODA GAY. Pobre angá la Virgen de Caacupé, en su vida habrá escuchado tantos discursos sobre el matrimonio gay.

A ella, que está acostumbrada a que le pidan que el niñito se cure de una enfermedad congénita, que el papá de siete hijos consiga un trabajo, que una madre supere un cáncer y ruegos por el estilo, este año la abrumaron con homilías en contra del matrimonio entre personas homosexuales.

Seguro que le habrá encantado que se predicara sobre el valor de la familia, pero también habrá notado que entre tantas palabras se olvidaron de hablar un poco más de la esperanza y del derecho a la alegría y, sobre todo, del respeto a quienes son diferentes.

Habrá notado que se olvidaron de hablar de la tolerancia, porque después de todo, somos iguales, porque todos somos hijos de Dios. ¿O no?

Fecha: 07/12/2010 08:51.


Anónimo

EL PARAGUAY Y LA VIRGEN DE CAACUPÉ

Terminando noviembre, el pueblo paraguayo se prepara lentamente para la peregrinación a la Capital Espiritual del Paraguay, Caacupé, es impresionante la fe del pueblo por la Virgencita serrana. A partir de los primeros días de diciembre ya se pueden observar los peregrinantes que van rumbo al encuentro con la madre celestial que ilumina, orienta y guía a los devotos.

Se puede observar "estudiantes" que van a pagar sus promesas por haber pasado de curso, a deportistas que agradecen por los favores recibidos, empleados, carpinteros, albañiles, pescadores, vendedores ambulantes, amas de casa, todos sin distinción, de estatus social o económico, buscan subir el Cerro de Caacupé, para alcanzar la Basílica y llegar al encuentro con el pueblo paraguayo.

Cada 7 de diciembre en la mayoría de las empresas comerciales, públicas y privadas trabajan hasta el mediodía, para que sus empleados tengan vía libre para la peregrinación a la villa serrana, los medios de prensa informan paso a paso todo el movimiento de los peregrinos rumbo a Caacupé. La Policía Nacional preparada para cubrir la seguridad de los peregrinos, el Ministerio de Salud informa sobre los puestos de auxilio durante el recorrido de los promeseros. El trayecto desde Ypacaraí hasta Caacupé es ya una fiesta patronal: hombres y mujeres, niños y ancianos que van caminando en oración para participar de la Misa Central y la procesión que desde las 6.00 de la mañana recorrerá las calles de la ciudad, para luego buscar el agua bendita del Ycuá y llevarla como gracia al hogar.

El mensaje final es el pedido a la Virgencita de Caacupé que nos alcance su bendición y que nos oriente por el camino a la excelencia, buscando la felicidad de todo el pueblo paraguayo.

Profesores Ada Martínez de Zacarías y Rubén Zacarías

Fecha: 07/12/2010 09:03.


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