ESTO QUE PASA

Por PEPE ELIASCHEV

A 25 años de la histórica sentencia contra los comandantes de la dictadura, la Argentina vivió el Día Universal de los Derechos Humanos con millares de personas aterrorizadas por el miedo y acosadas por la miseria.

En lugar de homenajear a los magistrados que condenaron a las cúpulas militares de aquel septenio horripilante, en la Casa Rosada se abrieron las puertas para un extravagante homenaje a un juez español y a ignotos funcionarios africanos: Todo sirve al Gobierno para negar que en la Argentina no hubo impunidad y que fue un gobierno justicialista el que indultó a las juntas militares. Jorge Rafael Videla y el recientemente fallecido Emilio Massera entraron en la cárcel con Raúl Alfonsín y zafaron de ella, seis años después, gracias a Carlos Menem.

EPISODIOS TERRIBLES

No es irrelevante que la semana de los derechos humanos haya estado caracterizada por los gravísimos episodios de la Capital Federal. En la zona metropolitana y especialmente en la ciudad capital del país se concentra de manera irrefutable una marea de pobreza humana que resulta atraída por la red de sueños y realidades que convierten a la urbe en la meca de quienes pretenden abandonar la pobreza extrema. Tal pobreza, desparramada también en las periferias de otras ciudades argentinas, es enorme y tiende a crecer.

La Argentina exhibe un colosal desmadre urbanístico y social, generado históricamente por el agravamiento de su macrocefalia demencial. Es un país descabelladamente concentrado y abroquelado en la trama capitalina y este fenómeno se ha agravado con los años, a medida que las proverbiales migraciones internas que acercaron a millares de provincianos fueron siendo reemplazadas por la migración sudamericana, particularmente la proveniente de Bolivia y Paraguay.

Los asentamientos en los que se radican los migrantes se fueron haciendo culturalmente invisibles. Incrustados en los intersticios de los bordes urbanos, sufrieron una plaga múltiple. Un oportunismo irresponsable y ramplón sentó las bases de un sueño inaudito: hay lugar para todos, hay trabajo para todos, hay vivienda y servicios para todos. Era y es mentira.

La Argentina tiene condiciones para recibir emigrantes y de hecho el tejido nacional se fabricó con los millones de italianos, españoles, judíos y árabes que reconfiguraron la polvorienta Confederación Argentina después de Caseros y hasta la crisis mundial de 1930. Las corrientes migratorias que poblaron la Argentina en esos 70 años se nutrían de los desposeídos de una Europa y un Medio Oriente crucificados por guerras, hambre y miseria. Vinieron a trabajar por el solo hecho de que aquí no había guerras, persecuciones raciales ni falta de alimentos. Nada más que eso reclamaban: la oportunidad de trabajar, pero sin ilusionarse con prebendas mágicas.

RACISMO Y VERDAD

No la tuvieron fácil, desde luego, sobre todos quienes provenían de Europa Oriental, para con quienes se cebaron varias oleadas de racismo explícito, acunado por el nacionalismo de derecha que prosperó en la Argentina desde los años '20 a los '40 del siglo pasado.

En el caso de las modernas migraciones que se fueron intensificando en la última década, los cambios son evidentes. Tienen un rasgo común con similares fenómenos europeos. La década de la convertibilidad, que hizo de la Argentina un apetitoso país dolarizado, atrajo no solo sudamericanos que venían a trabajar en lo que los argentinos ya no querían, sino también oleadas de asiáticos (chinos y coreanos sobre todo) y europeos orientales (rumanos, por caso). La fuerza emprendedora de los asiáticos fue colosal y rápidamente se hicieron fuertes en el comercio y en áreas técnicas.

Pero los trabajadores de los vecinos norteños de la Argentina han experimentado otras realidades. Aunque fuertes contingentes de paraguayos y bolivianos consiguieron establecerse en el mercado formal, otros grupos de ese origen quedaron atrapados en una red donde abundan la ilegalidad, la súper explotación, la ignorancia, el delito y la apatía.

Como sociedad, la Argentina ha tenido una actitud bastante hipócrita. Esos trabajadores extranjeros resolvían muchos problemas en las empresas pero al precio de quedar desguarnecidos de garantías y derechos. Durante demasiados años los gobiernos se entregaron a una imperdonable especulación. Así, la Argentina se posicionó como nación generosa y solidaria, admitiendo una emigración masiva pero sin valerse, como estado serio, de elementales criterios de admisibilidad y perfil responsable.

Ha pasado lo que debía pasar. Lo de Villa Soldati tiene mucho de tormenta perfecta. Las responsabilidades de los gobiernos son evidentes y clamorosas. Por empezar, los gobiernos porteños, desde Aníbal Ibarra hasta Mauricio Macri, han exhibido una ineptitud notoria en la gestión de los espacios públicos. Es un hecho que el llamado "parque" Indoamericano es un enorme baldío dilapidado e impresentable. Pero tampoco es racional pedirle a un gobierno de distrito "soluciones habitacionales" para todos, sobre todo cuando desde la Casa Rosada se estimula indisimuladamente la ilegalidad con una pasividad cómplice ante las tomas y las ocupaciones.

En estos años, por otra parte, creció sin retrocesos una colonización gangsteril de los asentamientos más humildes. La ilegalidad más explícita se hizo fuerte en los laberintos villeros, donde, junto a decenas de miles de personas decentes y trabajadoras, se ha emplazado una miríada de pandillas criminales, armadas fuertemente y totalmente enfrentadas al sistema, las leyes y las normas.

Sobrevino lo inevitable; cotejados con sudamericanos indigentes y sus propios problemas de marginamiento de la ley, gruesos sectores sociales que se ufanan de su argentinidad fueron girando hacia un racismo pedestre y despreciable. Pero si su reacción es inadmisible y ominosa, eso no supone que los problemas planteados por una inmigración descontrolada no existan. La Argentina se sigue viviendo a sí misma como el cuerno de la abundancia. La demagogia del poder nacional estimula los mitos de una potencia que debería poder hacerse cargo de todo y de todos.

Con oportunas y mesuradas palabras, la Pastoral Social de la Iglesia Católica dijo hace pocas horas que "la Argentina es un país formado en su gran mayoría por inmigrantes que llegaron a esta tierra con la esperanza de un futuro mejor. Debemos tener memoria de esto y proveer los medios para que los nuevos inmigrantes se integren de manera plena en nuestra sociedad. Esto debe ser una política de estado que tenga en cuenta los derechos y deberes de los nuevos inmigrantes, junto al de todos los argentinos, sin ningún tipo de discriminación".

En el gobierno nacional prevalece desde 2007 la enceguecida vocación de aniquilar políticamente a un Mauricio Macri que llegó a la jefatura del gobierno porteño con el 61% de los votos. Por eso, alegando discrepancias ideológicas, la Casa Rosada le ha negado todo. Los sangrientos hechos de Soldati revelan una pavorosa ausencia del Estado en medio de batallas espantosas entre pobres de diversa procedencia. Los hechos enseñan de modo terminante que la especulación irracional con cuestiones delicadas y trascendentales (migraciones, crimen, vivienda, espacio público, policía) genera inexorablemente los escenarios más espantosos.

Las confusas muertes de esta semana, que se unen a episodios como el asesinato de militantes políticos, altera fehacientemente la pretensión oficial de que su manejo del conflicto social a partir de la ausencia de orden público es meritoria de por sí. No lo es. Por eso, para la Argentina el día de los derechos humanos quedó impregnado del rencor oficial más pedestre (ignorar el juicio contra las juntas y los 25 años de la sentencia ejemplar), en el contexto angustiante y explosivo de una pueblada informe e inmanejable.


www.pepeeliaschev.com 
En twitter: @peliaschev

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