Carlos Ortellado es hijo del campesino asesinado, por represores de la dictadura stronista en la Pascua Dolorosa, Silvano Ortellado. Aunque sucedió hace mucho, comentó que nunca olvidó las humillaciones por ser estigmatizado de “comunista”. “Nos decían comunistas, pero ni siquiera sabían qué significa”. Hoy cuenta su historia porque “sólo así la gente toma conciencia”.

Con la voz firme pero visiblemente conmovido contó su historia. Confesó que quedó huérfano a los tres años, al igual que sus 5 hermanos. Su padre murió acusado de comunista por pertenecer a las Ligas Agrarias Cristianas.

Los principales culpables, indicó, son el presidente y vicepresidente de la seccional colorada quiénes “delataron” a su padre. Esto ocurrió en Semana Santa de 1976, o Pascua Dolorosa, cuando personeros del régimen apresaron y torturaron a familias enteras.

Uno de ellos fue Silvano Ortellado. Estaba casado y tenía varios hijos. Trabaja en conjunto con sus compañeros de las Ligas. Conformaron la escuelita campesina para fomentar la instrucción entre sus pares. Y hasta tenían un almacén común para que nadie sufra necesidades.

 

Sin embargo, cualquier tipo de agrupación para el régimen de Alfredo Stroessner (1954-1989) era peligrosa y debía ser eliminada.

 

Con esa intención buscaron a Silvano Ortellado, dispararon contra su vivienda y su familia. Cuando lo agarraron, lo torturaron y degollaron. Su familia nada pudo hacer.

 

Además del dolor, vino el hambre. La familia quedó en la indigencia. La delegación de gobierno robó el tractor con que araban la tierra. Entonces vendían comida o lavaban ropa de los vecinos.

 

Pero las humillaciones eran insoportables. “A mí no me llamaban por mi nombre, yo era hijo de agraria o comunista. Ese era mi nombre. Nos decían comunistas y ni siquiera sabían qué es el comunismo”.

 

Continuó, “niños de mi misma edad, me golpeaban en la calle y comían lo que debía vender. No salíamos a la calle sino sólo para vender algo y sobrevivir”; relató Carlos, el hijo menor de Silvano Ortellado.

 

Dijo que nunca se olvidará de Sabino Augusto Montanaro. “En 1986 fue a (Santa Rosa) a repartir dádivas y la gente se amontonó para escucharlo. Entonces me acerqué para ofrecer lo que vendía. En un momento dice que mi padre (Silvano Ortellado) se había suicidado y que quedaban sus hijos, a los que había que liquidarlos”.

 

“Entonces estiré mi carro y a dos cuadras me desmayé (pánico). Mi hermano mayor no aguantó y se mudó a Buenos Aires”, suspiró.

 

Carlos señaló que los crímenes de lesa humanidad no prescriben pero que muchos de los culpables están muertos o están cerca. Por eso, aseveró, “los que estás vivos deben ir presos y pagar por los crímenes cometidos”.

 

“Para ellos no había edad. Muchos niños, mujeres y hombres de edad cayeron”, recordó.

 

Hacer memoria es lo único que hoy le da tranquilidad. “La única forma es recorrer y dar testimonios. Pero de personas que hayan sufrido en carne y hueso. Sólo así la gente se concientiza”, respondió.

 

Con el apoyo de la Dirección Verdad y Justicia instaló un instituto de derechos humanos con el nombre de su padre.

 

El público lo escuchó en silencio. Esto fue durante el Festival Somos Memoria, organizado por a Casa de la Juventud, con la cooperación de la Unión Europea.

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