por Jorge Rubiani

De la peor especie. Es la que se verifica en la Argentina actual con la toma de predios públicos y privados con la derivación de enfrentamientos de ciudadanos abandonados por el Estado. O, peor, alentados por la desidia e irresponsabilidad de los gobernantes. Es cierto que en las imágenes difundidas no se ha visto el uso de armas de guerra ni estrategias de tipo militar..., pero es una guerra. Y se la ha visto con todos sus molestos y escabrosos detalles. Lucha a muerte entre seres marginalizados y, en medio de ellos, terciando en la violencia desatada, las “fuerzas del orden”. Casi siempre para agravarla, pues hace ya mucho tiempo que no tienen idea del “orden” que deben guardar. Todo, en una sociedad también dividida en el juzgamiento de los hechos. Desguarnecida y desorientada, que ni siquiera nota las diferencias entre actuar al amparo de la ley o fuera de ella; cuyos componentes, desconfiados de las instituciones y defraudados por la clase política, olvidan su sentido de responsabilidad comunitaria y deciden operar en barras bravas o “grupos de presión” para el supremo esfuerzo de sobrevivir. Objetivo que para algunos se deriva en la obtención de dinero, la fugaz notoriedad o, simplemente, el uso de la agresión por la agresión misma. Para otros, el acceso a una “vivienda digna” o un pedazo de tierra que los aleje –a como dé lugar– de los ghetos miserables en los que se hunden sin remedio; en los que medra el hampa más salvaje y el “paco” es más popular que la leche. Donde la mejor posibilidad que tiene un niño o muchacho de llegar a adulto es vivir bajo “la custodia” de una de las bandas que “gobiernan” estos infiernos.   

 

Dos décadas atrás, ante los embriones de los problemas que hoy explotan, Oscar Muiño, periodista argentino, había escrito: “La defección del Estado como árbitro convierte a la sociedad en jungla. No es gratuita esa defección. Es gravosa en padecimientos humanos, en vidas”. En otro reportaje, Jeremy Rifkin, palabras más, palabras menos, decía que el fin del mundo –si este llegara a concretarse– no sería por las causas que imaginamos desde siempre: un accidente nuclear, el impacto de un meteorito sobre el planeta..., sino por una más cercana y terrible: será “el día en que los desheredados de la tierra salgan a la calle a reclamar lo que otros tengan, lo que piensen que les pertenece o se los hemos quitado”. “Entonces –remataba el intelectual norteamericano– una marea humana de desposeídos, inmensa e incontenible, arrasará con todo y con todos...”. El que piense que esto es una fantasía cinematográfica debería estar informado de que el fenómeno ya ha tenido “ensayos generales” en distintas partes del mundo. Y en el Paraguay, también...   

 

Es una de las razones por las que los paraguayos debiéramos preocuparnos por los problemas que afrontan los argentinos, especialmente porque hemos desarrollado la extraña capacidad de repetirlos –además de empeorarlos– con perverso talento. Sin la posibilidad que tienen los del Plata para revertir algunos de los suyos; aunque su inveterado complejo de primer mundo les hace atribuir lo que hoy enfrentan a la inmigración descontrolada de bolivianos y paraguayos. Olvidando desde luego, que miles de argentinos penan por sobrevivir en alguna parte fuera de la Argentina. En sitios en los que, probablemente, también son discriminados.   

 

En días recientes, las primeras planas de los diarios de Asunción mostraban hombres armados y los rostros cubiertos, ocupando un terreno privado con la pretensión de que el Estado lo adquiera para ellos. La sola exposición de la imagen y un breve repaso a la Constitución y las normas legales vigentes delatan una colección de delitos de acción penal pública. Ante el hecho, se imponen las preguntas: ¿Y nuestras “fuerzas del orden”? ¿En qué momento el Estado establecerá los límites entre lo correcto e incorrecto? ¿Entre lo legal e ilegal? ¿O estas son las formas que tenemos de armar nuestros propios “barras bravas” y “grupos de presión”? ... ¿Quiénes son sus mentores?   

 

Debiéramos tener en cuenta que cuando la violencia es bendecida con la indolencia y la omisión de responsabilidades de los que tienen que enfrentarlas –con la legalidad y la protección de los derechos del colectivo desde luego– es de esperarse que suceda lo que viene sucediendo en nuestros países, ya con demasiada frecuencia. Tanto que, frente a la recurrente pregunta “¿de dónde viene la violencia?”, ya no se la puede justificar con la simple enunciación de causas que empiezan con la miseria o la falta de educación. Ya no puede decirse que es solo producto de la desesperanza o de la falta de oportunidades para todos... Porque la violencia de hoy se origina en la impunidad y en la inmunidad de la que se revisten algunos para desafiar la ley. Se debe a que los aparatos del Estado, especialmente el Poder Judicial, no cumplen con sus responsabilidades. Se debe a la persistente vigencia de funcionarios ineptos y corruptos. Al desprestigio del poder. A la mediocridad oficial que no da respuestas estructuradas a los problemas estructurales. La violencia se genera, finalmente, porque, en vez de radicar la democracia efectiva, hemos privilegiado la democracia electiva, cuya manifestación más grotesca es rentar a “operadores políticos” y “luchadores sociales”. O subsidiar partidos políticos, familias carenciadas, ONG o sindicatos, para que todos participen de la “fiesta”.

 

Se atribuye a Marcola, marginal entre marginales y uno de las capomafiosos de São Paulo, el siguiente análisis: “Hay una tercera cosa creciendo ahí afuera, cultivándose en la llama, educándose en el absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles, como un monstruo alienígena escondido en las márgenes de la ciudad. Estamos delante de una especie de posmiseria que genera una nueva cultura asesina, ayudada por la tecnología, satélites, celulares, internet, armas modernas. Es la mierda con chips, con megabytes. Mis comandos son una mutación de la especie social. Son hongos de un gran error sucio (...) Nosotros somos ayudados por la población de las favelas, por miedo o por amor. Ustedes son odiados. Ustedes son regionales, provincianos. Nuestras armas y productos vienen de afuera, somos globales. Nosotros no nos olvidamos de ustedes, son nuestros clientes. Ustedes nos olvidan... Así es como pasa la violencia”. Y este líder de marginales concluye dándose el lujo de apelar a Dante para graficar una apocalíptica realidad: “¡Perezcan todas las esperanzas! ... ¡Estamos todos en el infierno!

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