• Por José Luis Muñoz Gill

Texto para el foro ciudadano convocado por ANCA.

El día de hoy, quiero invitarlos a hacer un ejercicio de reflexión. Quiero que tratemos de recordar cuál es la definición de democracia ¿Qué es la democracia? Es una pregunta sencilla, pero de respuesta complicada. La definición de democracia parece haberse logrado y consensuado hace más de dos mil años. Pero hoy en día, merece que le demos otros matices más profundos y más amplios ¿Por qué? Lo podemos plantear de la siguiente manera: pensemos en la definición de democracia.

Algunos definirán democracia, al sistema político donde los dirigentes políticos y/o gubernamentales son electos por la mayoría. Otros, responderían que un sistema democrático es donde prevalece el principio de que una persona equivale a un voto. Otros, evocarán a la democracia según su definición etimológica, el gobierno del pueblo. Otros más, coincidirán en que la democracia se define bajo todos las ideas anteriores. Pero nomás.

 

Creo que no hemos ampliado el concepto de democracia hasta el día de hoy, y ello representa un riesgo muy grave. La definición de democracia, el día de hoy, es insuficiente. E incluso peligrosa. El peligro aquí, es que hemos reducido la democracia a un plano meramente electoral.

 

La democracia de hace dos mil quinientos años, y la de hoy son, han sido, una democracia electoral. Recordemos que Adolfo Hitler llegó al poder a través del voto mayoritario del electorado alemán. ¿Quién se atreve a decir, hoy, que el Führer era democrático? Si nos apegamos a nuestra definición de democracia, tendremos que aceptar que Hitler era un demócrata, pues fue electo por los alemanes, legalmente y con la legitimidad que le dio la ciudadanía de su país. Y eso, es inaceptable hoy en día. No podemos correr el riesgo de que nuestros sistemas electorales permitan la existencia de gobiernos no liberales. Y digo, liberales, porque precisamente eso es lo que le falta a la democracia que debemos predicar en el mundo contemporáneo. Y hablo del liberalismo en el verdadero sentido y definición de la palabra.

 

Creo que una democracia no debe ser sólo un sistema de elección de los gobernantes. La democracia debe, una vez instalados y legitimados los gobernantes, permanecer y permear en el gobierno. El gobierno también debe ser democrático. Es decir, también los ciudadanos deben tener la facultad y los mecanismos para tomar decisiones en el plano gubernamental, no sólo en el electoral.

 

Por ello, invito a hacer una reflexión sobre la incorporación del liberalismo, a la doctrina democrática, para que sea una definición completa.

 

¿Por qué hago esta observación hoy, aquí? Muchos de nosotros estamos aquí para reclamar y exigir un sistema político que mejore la rendición de cuentas y la cercanía ciudadana. Otros, están aquí para reclamar y exigir un diseño institucional que permita empoderar a los ciudadanos. Otros más, están aquí para reclamar y exigir mecanismos que mejoren el trabajo del ejecutivo y el legislativo.

 

Yo reclamo y exijo todas esas causas. Pero no quiero sólo exigir una mejor democracia electoral, o una mayor apertura a la ciudadanía en los procesos electorales o políticos. Quiero pedir, reclamar y exigir dos cosas, que por supuesto, van de la mano: Por un lado, que el gobierno aplique los principios del liberalismo posmoderno. Y por el otro, que la democracia participativa se extienda al gobierno. Es decir, que la ciudadanía no sólo elija a sus gobernantes, que no sólo tome parte en la política, como lo pretendemos algunos aquí, sino que además, la ciudadanía también tome parte en las tareas gubernamentales.

 

Lo ideal sería que la democracia tomara como principio, el liberalismo: el respeto a los derechos individuales, de minorías, y de las libertades de cada uno de ellos. Sólo con esta adición a la democracia, podremos evitar otra catástrofe como la del exterminio nazi, que emanó de un sistema electoral democrático. Electoralmente fue democrático, pero gubernativamente no respetó los derechos y libertades liberales.

 

Sólo con esta adición podemos tener un gobierno en México, que respete los derechos y libertades de la comunidad LGBT. Ejemplos de gobiernos democráticos sin rumbo liberal sobran en el mundo contemporáneo.

 

Y la segunda idea gira en torno a la creación de una forma de participación ciudadana en el gobierno. Los ciudadanos no sólo queremos ser candidatos, o tener más vínculos con nuestros gobernantes. También queremos tener tareas junto con el gobierno. También queremos ser cogobierno. También queremos aportar nuestro granito de arena, en aquello que los gobernantes NO han logrado hacer.

 

Tan sencillo como lo siguiente: queremos un gobierno que tenga medios efectivos para canalizar una denuncia ciudadana. Queremos un gobierno que nos brinde seguridad y protección al denunciar a alguien que comete un ilícito.

 

Queremos un gobierno que tenga instituciones a las cuales podamos acudir a denunciar un caso de corrupción, y que se resuelva. Queremos diputados que realicen iniciativas a partir de lo que le exijan sus representados, y les den voz en el congreso. Queremos canales institucionales para proponer diseños de política pública, y que se tomen en cuenta al implementarse. Queremos presidentes municipales que construyan parques cuando los vecinos consideren que ello es lo que necesitan. Son muchas las cosas que queremos de nuestro diseño institucional, de nuestro gobierno, de nuestro sistema, para que nosotros les ayudemos en su trabajo a los gobernantes. Queremos ser parte del Estado. Entendámoslo de la siguiente manera, y digámoslo de frente: queremos un gobierno que atienda nuestras peticiones de una forma institucional, y las tome como suyas, en vez de tener que hacerlo en la calle, como hoy lo hacemos aquí, sin parecer protestantes o antisistemistas.

 

Y mientras el gobierno no incluya la participación ciudadana, y además les reconozca sus derechos fundamentales, nunca será buen gobierno, por más bien intencionado que sea.

 

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