• por Alcibiades González Delvalle

Una yegua reventó de cansancio, hambre y sed debajo del carro que arrastraba. Fue el miércoles, alrededor de las 20:00, en la cercanía de la Universidad Americana, sobre la avenida Brasilia. El vehículo estaba al cuidado de un niño de 12 años, recolector de cartón, que solo atinó a dar latigazos para reanimar al animal que se iba cayendo. La práctica de los golpes es habitual para tener a los trotes a los caballos. No importa que estén cansados, sedientos, hambrientos o enfermos. Tienen que trotar o, por lo menos, moverse. La carga que conducen significa la comida del día de sus dueños, tan cansados, hambrientos y enfermos como sus caballos.   

 

Los vecinos de la avenida Brasilia, junto con los voluntarios de Adoptame, hicieron venir a un veterinario, que diagnosticó: “Debilidad extrema, mucha fiebre, tal vez no le dieron de comer ni beber, exceso de trabajo. Por eso cayó en la calle”.   

 

Solo en la calle puede caer, trabajando, un caballo que se desloma desde muy temprano hasta muy entrada la noche, tiempo en que casi no hay ocasión de comer ni de beber. Ignoro si este calor que martiriza a los humanos tendría el mismo efecto devastador en los animales. Es posible que sientan igualmente el fuego abrasador, a juzgar por el sudor que les moja todo el cuerpo. Entonces empeora la cuestión, porque es fácil imaginarse el padecimiento de los caballos que, con su tremenda carga, tienen que, además, andar al galope o, por lo menos, al trote. Si no lo hacen, el látigo se encargará de que lo hagan.   

 

Junto a la yegua caída estuvo también, como siempre en estos o parecidos casos, Francesca Crosa, la incansable defensora de los animales, a cuyo ejemplo y prédica se debe que muchas personas sean menos animales, y más animales reciban trato humanitario.   

 

El caso del miércoles en la avenida Brasilia puso de nuevo al descubierto el drama cotidiano de la pobreza que se ensaña contra los niños y contra los animales. Frente a esta realidad no hay, por desgracia, código de la niñez ni compasión a los animales que valgan.   

 

El niño que con su látigo pretendió seguir adelante con su tarea recolectora es posible que se viera en la desesperación ante quién sabe qué amenazas de sus padres, o encargados, por la merma en la producción. Hay demasiados hogares que se mantienen con el trabajo de los niños. Y, últimamente, con la prostitución de las niñas, según frecuentes publicaciones.   

 

De ningún éxito económico o social podemos jactarnos mientras haya personas, peor si son niños, que junto con los animales reciben el ejemplo cotidiano de la indiferencia y la desidia de quienes podrían –autoridades nacionales y sectores privados– suavizar tantas calamidades que a todos nos degradan.   

 

La yegua que cayó extenuada conmueve tanto como el niño que procuró reanimarle a latigazos. No se trató de un gesto brutal. Fue la desesperación de quien podría quedar sin comer o dejar sin comida su hogar. Sospecho que la yegua, por esa cálida relación que los animales tienen con los niños, se habrá sentido culpable de abandonar a su dueño en la desolación. Nunca sabremos si no habrá hecho lo imposible por mantenerse en pie, por dar otro paso más. Pero no hay voluntad ni fuerzas que aguanten el hambre, unida al cansancio y la sed.   

 

El animal, caído en el pavimento, tal vez se sintió liberado de las penurias de la pobreza de sus dueños, que era su propia penuria.   

 

¡Pobre caballo el caballo del pobre!

 

 

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Pedro Gómez Silgueira

¿Quién es más bestia?

Debido a una extrema debilidad, y luego de haber sido sometida a un trabajo forzado quién sabe durante cuánto tiempo, una yegua se desplomó en la noche del miércoles sobre el duro asfalto de la Avda. Brasilia. Quizás se pasó todo el santo día sin comer ni beber, pese a la “obligación” que tenía de estirar a lo largo y ancho de la ciudad un carrito cargado al tope.

El conductor, un menor de unos doce años, intentaba revivirla a latigazos hasta que intervinieron los vecinos y jóvenes voluntarios de Adoptame. Fue tal la alarma y movilización en el barrio que también llegaron Francesca Crosa, la defensora de los animales, y dos veterinarios que trabajaron denodadamente para que la bestia de carga se recuperara de su desfallecimiento.

Bestia no es mala palabra, proviene del latín y es sinónimo de animal cuadrúpedo, en el buen sentido de la palabra. Pero, en sentido figurado, bestia también significa “monstruo”.

Precisamente en eso se han convertido muchos hombres de la sociedad actual. Monstruos podrían ser quienes someten a un grado de esclavitud tal a sus nobles animales que les están sirviendo día y noche para el sustento, sin que por lo menos los tengan mínimamente “a pan y agua”. Monstruos son los insensibles legisladores que tienen congelado el proyecto de ley de crear la Secretaría de Defensa, Salud y Bienestar Animal desde hace tiempo. Igual los intendentes y concejales que nada hacen. Total, los animales no votan y no merecen un trato especial.

También podría incluirse en la “bolsa de monstruos” a quienes, antes que ayudar, responden con ironías y sarcasmo ante el brutal maltrato de los animales. O que prefieren cruzarse de brazos porque a ellos cualquier sentimiento humanitario les resbala.

Verdaderos monstruos son los que le reventaron las fauces con un petardo a la perra Mandy en Noche Vieja, para divertirse y matarse de risa ante una desgracia “perruna”.

“La cultura de una sociedad se mide por el trato que da a sus animales”. ¿Cómo creen que estamos nosotros?

Felizmente, no todo está perdido y hay personas –contadas, pero las hay– que son capaces de sacrificar su tiempo y dinero para ayudar a cambiar esta deleznable situación.

En pleno siglo XXI, en las calles de Asunción y su área metropolitana conviven automóviles con denso humo negro, buses chatarra, “manadas” de motocicletas y, últimamente, toda una flota de carritos tirados por caballos y yeguas. Lo único que falta son las carretas tiradas por bueyes. Pero no las traen no porque piensen en los pobres bueyes, sino porque las ruedas metálicas son incompatibles con el asfalto y deberían enfrentar el acecho de los abigeos. Nuestros abuelos siempre decían que la pobreza no es excusa para ser puercos. Ni mucho menos la hubieran admitido como condición para maltratar, torturar y explotar a los animales de carga cual si fueran “esclavos modernos” que sirven a sus amos sin chistar. No hay ser más noble y fiel que un perro y un caballo. Pero el analfabetismo de nuestra sociedad podría empezar a menguar un poquito si en las escuelas obligaran a leer “Platero y yo”, la inmortal obra de Juan Ramón Jiménez, o bien el inolvidable cuento “Perrito”, de Mario Halley Mora.

Fecha: 27/01/2011 06:46.


sonia_fernandez_m

ojala nuestras autoridades se junten y lean perrito de Mario Halley Mora a ver si no les entra la sensibilidad hacia los animales. solo están para pensar en ellos mismos, es hora que hagan algo por nuestros animales, caballos estirando carritos, animales abandonados, para eso les votamos, no se olviden.

Fecha: 27/01/2011 06:47.


sonia_fernandez_m

como siempre digo EL ANIMAL NO TIENE CULPA DE LA POBREZA DEL HUMANO, los caballos no tienen porque trabajar en la ciudad, entre vehiculos en medio del peligro, pobres animales donde esta la conciencia de las autoridades??!!!! que esperan para prohibir esto? mas animales maltratados mas caballos desnutridos basta ya !!! es hora de prohibir esto señores autoridades, para eso les votamos !!!

Fecha: 27/01/2011 06:47.


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