• por Jorge Rubiani

“Madre, yo al oro me humillo / El es mi amante y mi amado / Pues de puro enamorado / Anda continuo amarillo. Que pues doblón o sencillo/Hace todo cuanto quiero / Poderoso caballero es don Dinero”.   Francisco de Quevedo (1580/1645)

Lo que aparentemente nadie se ha preguntado ante la incorporación del señor Horacio Cartes a la carrera presidencial por la ANR es si el susodicho hubiera tenido tal posibilidad sin la influencia de su fortuna. O si sus adherentes –y los que lo voten mañana– le reconocerían las virtudes, las que tiene y las que no, si no fuera por la capacidad de convicción de sus faltriqueras. Probablemente nadie... y  las razones las conocemos todos.   

Una de ellas es que las lides electorales se hacen a puro dinero y los candidatos no tienen que exhibir otra virtud que sostener las demandas financieras de la campaña electoral. Así se seleccionan candidatos y así se confeccionan las listas para que “el pueblo elija”. Así ha venido siendo desde el inicio de la ansiada y desaprovechada democracia, la que ha reciclado a personajes que en el pasado hicieron mofa de sus atributos. Y así es porque los partidos ya no son –y así como van las cosas no serán– el vivero de líderes que la sociedad necesita para que el Tercer Centenario encuentre a nuestros compatriotas sobrevivientes mucho mejor de lo que este Segundo nos ha deparado. A pesar de los subsidios, cuotas partidarias y prebendas de toda laya que ha amparado esta desesperante mediocridad.   

 

¿Por qué parece tan importante el factor económico para la elección de autoridades? Es probable que el mismo sea funcional al sistema, creación también exclusiva de los partidos: autores intelectuales y materiales de una maraña de instituciones hechas –ex profeso– para controlarse unas a otras, atiborrándose de correligionarios en adecuadas proporciones, de forma que nada funcione como se debe, pero que todos sean debidamente gratificados por el Presupuesto Nacional.   

 

De lo que resulta que si el Sr. Cartes fue competente para hacer fortuna... nadie le pedirá otra cosa. Y la falta de méritos se compensa con adulonería. Lo primero, escaso; lo segundo a niveles inflacionarios. Más todavía si los gurúes de la mercadotecnia electoral ya han determinado que “el muchacho” cuenta con el perfil. El que corresponde –según ellos– a nuestra realidad. Se dejará de lado, por lo tanto, las cualidades que adornaron a un Manuel Franco, a un Eligio o Eusebio Ayala, pues el sistema consagrado por los usos no quiere ni favorece la elección de estadistas. Solo pretende “facilitadores” de triunfos electorales y aun si el candidato fuera un perfecto inepto (como ya se ha demostrado hasta el hartazgo), solo será necesario que tenga “carisma”. Es decir: un potentado y si demagogo, mejor...   

 

Es importante hacer notar que el Paraguay no cuenta con una estructura de Estado que atenúe las eventuales limitaciones del titular del Ejecutivo. Ni se ha hecho de una tradición institucional que responda a los mandos de la República cuando el presidente manifieste las limitaciones neuronales y operativas que han caracterizado a los últimos electos. Hemos privilegiado de tal manera el acto eleccionario que, ante él, se desdibuja el destino de la Nación. Por lo que cualquiera que pierda una elección se juramentará para que el electo no haga un buen papel. Es más: hará todo lo posible en aguarle la fiesta como si para ello fuera necesaria ayuda externa. Para eso bastan nuestros aliados o correligionarios. Al contrario de lo instalado, el sistema electoral debiera privilegiar el conocimiento, la experiencia, la prescindencia a los “compromisos del partido”, la proscripción a las cuotas y a los perversos contrapesos sectoriales, para que el presidente haga y deshaga, con mano y mente libres, lo que corresponde para la felicidad de los paraguayos. Porque si “la realidad” quiere imponernos lo indebido, a los verdaderos líderes corresponde la misión de modificarla, para mejor. Líderes que cuenten con un abultado patrimonio intelectual de ideas y proyectos, aunque no tengan un céntimo en el bolsillo.

 

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