• por Gustavo Laterza Rivarola

Si uno se fija bien, hoy en día casi no se habla más de legalidad de la tenencia de la tierra rural sino de la legitimidad. Si se cita al campesino, se le atribuye esa legitimidad sin más trámite. Si se habla del indígena, el punto alcanza el clímax poético: él es el propietario legítimo de todo el país, por origen. En el lenguaje PC está de moda ahora llamarles, en vez de indios o indígenas, pueblos originarios.   

De lo que se trata, al parecer, es de aplastar el principio de legalidad bajo el peso de alguna entidad de gravitación superior; se recurre entonces al Topos Uranus platónico, algo así como el dispensario celestial de las Ideas perfectas. De allí se obtiene la legitimidad, que baja al mundo entre vapores etéreos y velos ondulantes, como conviene a lo sobrehumano, precedida de una cohorte de creencias, opiniones, percepciones, emociones y prejuicios religiosos, históricos, sociológicos, antropológicos y, por supuesto, políticos, todos anudados en una cadena ideológica fulgurante que encandila la vista y paraliza la racionalidad jurídica.   

 

A partir de la epifanía de la idea de legitimidad de la posesión de la tierra, la legalidad queda oscurecida bajo su sombra. Los títulos verdaderamente verdaderos ya no son los del Registro Público, sino los que otorgan, por ejemplo, el mandato divino, la tradición, la herencia de los héroes fundadores, la inclusión en la categoría “pueblo”, o la simple necesidad material, entre otros. Y la ley queda reducida a instrumento de las injusticias de clase.   

 

El éxito por el mejor derecho a la posesión de la tierra gira actualmente, pues, en torno a la habilidad para conseguir un título legitimador. Uno muy importante es el de campesino. Si uno dispone de este diploma, nadie se atreverá a discutirlo. Si se es indígena, mejor que mejor, pues aquí actúa la legitimidad de origen. Según la falacia que la sostiene (repetida por los loros hasta la náusea), que reza que los que poseen el derecho primigenio a toda la tierra son ellos, porque son los propietarios originarios.   

 

Si con “pueblos originarios” se quieren significar los primeros habitantes de un lugar, hay que entender que hace mucho tiempo que en el Paraguay ya no los hay. Desaparecieron varios siglos antes de que llegaran los europeos, ya que los españoles simplemente fueron los últimos conquistadores de estas tierras, y antes que ellos hubo otros conquistadores y otros conquistados sucediéndose durante miles de años. Los Guarani, Mbaya, Guaicuru, Payagua, Toba, etc., etc., no fueron pueblos originarios del Paraguay sino los últimos conquistadores conquistados.   

 

Por inferencia, al arribo de los europeos los habitantes de este suelo no eran ni se sentían sus dueños, por dos motivos obvios: primero, porque no tenían la noción de propiedad inmobiliaria y no residían en el mismo sitio más que durante algunos meses; segundo, porque no tenían un Estado y, por consiguiente, ni territorio ni soberanía; y por ende, tampoco delimitaciones ni autoridades territoriales.   

 

Pero si sólo se intenta manipular ideológicamente el término originario, entonces es fácil establecer el inicio de la Historia en cualquier punto del tiempo que se nos ocurra y adjudicarle la legitimidad de origen a quienes nos convenga favorecer; porque –lo dijimos algunas veces ya– en nombre de las causas nobles siempre es fácil argumentar las más crudas falacias y pronunciar las más grandes tonterías.   

 

En medio de tanta contaminación conceptual, los ideólogos de la legitimidad de origen olvidan o soslayan el proceso histórico de la humanidad, en el que, inicialmente, el suelo era de quienes lo conquistaban; y luego fue de quienes lo ocupaban con ánimo de permanencia. Hoy, de acuerdo a un axioma muy sabio y conocido, se declara que la tierra es de los que la trabajan y habitan, aunque más bien la realidad indica que es de los que la compran. Nada de esto, no obstante su veracidad incontestable, sirve para justificar el infame régimen de distribución y tenencia de la tierra rural que padecemos.   

 

Y una profecía: estas injusticias estaban previstas por el evangelista Mateo, cuando dijo “Porque a cualquiera que tuviere, le será dado y tendrá más; y al que no tuviere, aun lo que tiene le será quitado” (Cf. 25.29). Una cita ideal –creo yo– para presidir el frontispicio del Templo de la Política.   

 

 

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Sergio C.

no, la tierra es de todos Sr. imaginese que un megamagnate empiece a comprar todo lo que su plata le alcance...o un conglomerado de multimillonarios lo hagan...hay que pensar mucho mas alla de nuestros intereses, no ser tan ligeros en soltar pensamientos sin analisis profundos.

Fecha: 03/03/2011 19:09.


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