Algunos sectores enemigos de la producción y de la empresa privada intentan convencer a la ciudadanía de que es muy limitado el alcance del extraordinario crecimiento económico del 14,5% obtenido por la economía paraguaya en 2010, una de las tasas más altas del mundo. Recurren al viejo y falaz argumento de que tal crecimiento solo beneficia a una minoría en perjuicio de las grandes mayorías. El propio Fernando Lugo sostuvo al respecto que “no es posible ni aceptable que un grupo pequeño, por más que sean inteligentes, trabajen más, inviertan más, sigan acumulando” (sic).

Si realmente el presidente Lugo quiere hacer algo por el país, debería realizar el esfuerzo de entender los fundamentos elementales de la economía y tratar de imitar, por ejemplo, a su pretendido amigo Lula en el Brasil, cuyo gran mérito –y la base de su éxito político– fue precisamente haber comprendido que el crecimiento económico puede no ser suficiente para solucionar por sí mismo los problemas sociales y aliviar estructuralmente la pobreza, pero sin crecimiento económico, sin generación previa de riqueza, esas soluciones son absolutamente imposibles.   

 

Por más declaraciones que formulen intentando una y otra vez rebatirla, hay una clarísima correlación entre crecimiento económico y pobreza: a mayor crecimiento, menos pobreza, y viceversa. Esa correlación se da en todas partes. El ejemplo reciente más categórico es nada menos que el de ¡la China comunista!, tal vez la experiencia más exitosa de la historia en términos de combate a la pobreza, donde más de 300 millones de personas dejaron de ser pobres en tan solo una generación gracias a sus altas tasas de crecimiento económico sostenido durante algunas décadas.   

 

El Paraguay no es la excepción, y eso es fácilmente demostrable con los datos disponibles. Cuando la economía se estancó desde la década del ochenta y luego entró en recesión desde finales de la década del noventa, la pobreza creció en consecuencia y pasó del 32,1% de la población en 1997 al pico de 46,4% en 2002.   

 

Pero de la mano del gran impulso privado del sector agropecuario, que pudo capitalizar la coyuntura internacional de crisis de alimentos gracias a sus inversiones en tecnología que le aseguraron altos rendimientos y excelente calidad, la economía retomó su ciclo de crecimiento en 2003 y los índices de pobreza bajaron de inmediato.   

 

La pobreza fue declinando del 46,4% de la población en 2002 al 35,1% en 2009, y ello pese a la breve interrupción del auge ese último año a causa de la crisis financiera global. Todavía no hay datos de 2010, pero no cabe la más mínima duda de que los índices de pobreza cayeron mucho más el año pasado debido al 14,5% de crecimiento, casi con seguridad a niveles sin precedentes en la historia reciente.   

 

La razón es sencilla: el alto crecimiento económico produce la generación de más riqueza, que a su vez implica más inversiones, más empleo, más crédito, más movimiento comercial, más ingresos para la gente, lo cual se manifiesta notoriamente en los niveles de consumo y ahorro.   

 

Todos los indicadores del Paraguay dan cuenta de ese fenómeno en 2010. Por ejemplo, las importaciones crecieron 45% en relación con 2009, con lo que totalizaron 9.399,8 millones de dólares contra los 6.496,9 millones del año precedente. Eso significa que en 2010 los paraguayos gastaron 3.000 millones de dólares más que el año anterior en bienes importados. Difícilmente una “pequeña minoría” pueda ser la beneficiada por esa expansión, como afirma el presidente Lugo. Por lo menos, estos datos le desmienten.   

 

Si se disgrega, ello queda todavía más en evidencia, ya que 2.534,6 millones de dólares se gastaron en “bienes intermedios”, por ejemplo electrodomésticos, y 3.075 millones en bienes de consumo. El aumento en ambas categorías (27% y 32,7%, respectivamente) es consecuencia directa del crecimiento económico. Es importante destacar que el resto, un total de 3.790,2 millones de dólares, corresponde a importación de bienes de capital (para generar más trabajo), lo que indica que la economía está sana y está incorporando maquinaria y tecnología, para crear más empleo y apuntalar la productividad de los próximos años.   

 

En 2010 se importaron alrededor de 70.000 vehículos, de los cuales cerca de 47.000 son de segunda mano, la mayoría de los cuales con certeza está en poder de personas que antes no tenían medios propios de locomoción. El crecimiento del parque automotor alcanzó el ritmo frenético que se puede corroborar en horarios pico por las principales rutas, calles y avenidas de los pueblos y ciudades de nuestro país, ni qué decir de la capital.

 

Las empresas ensambladoras de motos, por ejemplo, vendieron hasta el 2010 alrededor de 800.000 máquinas, las que en su mayoría fueron a parar en manos de las clases populares, como se percibe hasta en las invasiones de tierras, en las que participan personas que no conforman precisamente el “grupo pequeño” mencionado por Lugo. Asimismo, en el país existe casi igual cantidad de teléfonos celulares que número de habitantes.   

 

No solo crece el consumo, sino también el ahorro, como lo muestran las auspiciosas cifras del sistema financiero. En 2010 se registraron en bancos y financieras alrededor de 1.100.000  cuentas, con un aumento del 25% en casi dos años. En el sector cooperativo existen más de 800.000 ahorristas, una cantidad igualmente en aumento. En relación con los depósitos, las captaciones del año pasado crecieron de unos G. 29,6 billones de guaraníes en enero a 34 billones en diciembre.   

 

Pero todo lo anterior no implica que no haya en el país segmentos pobres y rezagados. Por eso el Paraguay necesita crecer durante un buen tiempo a niveles iguales o aún mayores que los actuales, como condición previa para combatir con éxito la pobreza. ¿De dónde saldrán de otro modo los recursos para la política social? Del aumento de la recaudación de impuestos. ¿De dónde saldrán los nuevos empleos sin los cuales es imposible mejorar el nivel de vida y –sobre todo– la autoestima de los paraguayos pobres? Solo de la inversión y el crecimiento. No existe una fórmula mágica que pueda reemplazarlos. De eso se dan cuenta –recién ahora– hasta en Cuba, donde la dictadura castrista desesperadamente está buscando mecanismos para involucrar a la población en un plan de generación privada de riqueza.   

 

En vez de mostrar su hilacha haciendo discursos populistas cargados de clichés agrediendo innecesariamente a las fuerzas productivas del país, si es que realmente quiere ayudar a los pobres, Lugo debería estar ocupándose con su gabinete precisamente de cómo hacer para que el Paraguay mantenga altas tasas de crecimiento y pueda, de esa forma, dar un verdadero salto al desarrollo, como lo han hecho los países asiáticos, o lo continúan intentando en nuestra región Chile, Brasil, Perú, Colombia.   

 

Es de esperar que el Gobierno de Lugo apueste fuerte en este año a favor de la producción, exhortando a todos sus funcionarios a sumarse con sensatez, eficiencia y entusiasmo a un esfuerzo conjunto para una victoria con todo el resto de la sociedad nacional, ricos y pobres, paraguayos y extranjeros, dejando de lado prejuicios e ideologías fracasadas y llenas de rencor.

 

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