• José  María Costa

      El fallo terminó abruptamente de leerse. Sillas y aparatos volaron por los aires.. En contados minutos, se hizo el caos e imperó la anarquía. Y cuando la situación ameritaba mesura y racionalidad, empezó la competencia. La misma competencia que en el ámbito político nos está llevando a los paraguayos por derroteros de enfrentamientos y destrucción… La competencia del populismo. El populismo oportunista y maniqueo. El populismo que es antesala al gobierno de la irracionalidad.

      Encabezó  el maratón el propio Presidente de la República, mediatizando -por un canal televisivo elegido no por casualidad- la insensata actitud de cuestionar abiertamente un fallo que ni siquiera había sido terminado de exponerse públicamente. Y además, arrogándose la atribución de “sugerir” (vulgo en política criolla: ordenar) al fiscal general del Estado la adopción de una medida procesal de dudosa consistencia legal para tratar de enmedar un fallo desfavorable.

 

      Claro, con esta posición mediática expandida por la ordenada adhesión de sus ministros, el Ejecutivo lograba, en medio de una anarquía que hacía ya temer a esas alturas un “diciembre paraguayo”, ponerse un escudo demagógico y desviar la protesta hacia otros cauces alejados de la propia casa.

 

      Continuó  el maratón con los medios de comunicación y muchos periodistas que en lugar de aplicar una cuota de razonabilidad y cordura, usaron el micrófono como metralleta para aportar mayor virulencia a una jornada de por si desquiciada. Algunos deliraron: hasta sumaron la cantidad de años de posible condena y dividieron por la cantidad de fallecidos en el Ycua Bolaños. Como si fuera que el Derecho fuera una ciencia matemática. Otros empezaron cautos en la cobertura y luego perdieron el profesionalismo hasta dejarse arrastrar por el ritmo de la exasperación y el desborde emocional. Populismo al micrófono, casi tan peligroso como monos con escopetas.

 

      Y el torneo populista prosiguió con connotados referentes de la sociedad. De esa sociedad cínica que pide institucionalidad pero no duda en destruir las bases para ella al primer atisbo de apasionamiento. Un directivo de una universidad, nada menos, dijo que los desbordes y el vandalismo desatados eran algo así como una “terapia admisible”!!!. El dolor no puede justificar tamaña insensatez…

 

      En fin, podemos seguir con el relato de una jornada luctuosa para la institucionalidad y el Estado de Derecho. Podemos referirnos a una Policía desbordada y respondiendo con pedradas a una turba incontrolada. Podemos hablar del cinismo social que pide que escoge el camino judicial pero no se somete al mismo salvo que falle a su favor. Podemos hablar de un Presidente y que del caos y el dolor aún puede sacar réditos políticos, así sea que para ello deba denigrar a otros poderes del Estado. Podemos hablar de una dirigencia política que en lugar de reencauzar la institucionalidad aviva el fuego de la anarquía. Podemos hablar de pastores que mediatizan sus enconos políticos antes que ejercer la autoridad moral para imponer la razón, que es un atributo de la verdadera religión. Podemos recordar que la ley y la justicia son creaciones del hombre para evitar que impere la ley de la jungla, o que aún la sentencia injusta o arbitraria debe ser recurrida por vías legales para que no impere la justicia por mano propia.

 

      De todo podemos hablar, si nos dejan. Si nos permiten que expresemos un punto de vista diferente del que ostentan quienes desde el populismo y la demagogia se yerguen como dueños de la verdad.

 

      La tragedia de Ycua Bolaños ha sido terrible. El dolor es grande y comprensible. Pero en nombre de todo ello, no podemos perder lo único que debe quedarnos como salvaguarda para una sociedad civilizada: el Estado de Derecho.

 

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