Andrés Granje.

Conversando en rueda de amigos lo que dejó el superclásico del fútbol paraguayo entre Cerro Porteño y Olimpia, nos alegrábamos porque la prensa habló de pocos hechos vandálicos de los integrantes de las barras bravas de ambos clubes, sin embargo,  que pronto nos desengañaron algunos de los presentes en la reunión, que la prensa esta vez no haya publicado o que los sucesos no tuvieran las gravedad o la notoriedad de otras ocasiones no quiere decir que no haya habido  excesos y actos vandálicos,  me dijo un amigo, pasando a relatarme algunos casos lamentables de roturas intencionadas  de parabrisas de vehículos estacionados en las cercanías del estadio y de comercios ubicados sobre la Avenida Quinta que infelizmente tenían las puertas abiertas, sin percatarse que la riada de hinchas venían por la arteria rumbo a las instalaciones del club.

Una de las presentes, vecina del estadio de Sajonia, contó la tristeza que viven,  envuelta en angustias  a veces, otras  en desesperación y rabia  los días de fútbol, en especial los que tienen  gran convocatoria. Para los vecinos   esas jornadas no son de fiesta, sino de reclusión obligatoria en sus habitaciones,  hasta casi dos horas después que termine el partido, ya que estar en el patio, la muralla o salir a la calle puede significar el despojo, el robo, el insulto, la agresión demencial y gratuita de los inadaptados que se hacen llamar hinchada organizada y no son mas que integrantes de hordas de delincuentes que cuentan con la aquiescencia de las autoridades policiales y judiciales y la pusilanimidad cobarde de la sociedad que ve como usurpan sus derechos elementales y pisotean su calidad de vida sin oponer resistencia.

Esta situación no se da solamente en Sajonia, también lo padecen  vecinos de Barrio Obrero que viven en los alrededores del Club Cerro Porteño, o los que viven en cercanías del club Olimpia a pesar de las características del lugar, rodeado de cuarteles, en Luque donde también suelen se muy violentos, extendiéndose incluso hasta escenarios mas pequeños y barrios no tan tradicionales para el fútbol como Viñas Cue, Zeballos  cuè, lo que significa que si no  se toman medidas la situación se ira extendiendo a todos los rincones del país. No nos engañemos,  el fútbol no tiene la culpa en esto.  Debemos buscar responsables en  la sociedad enferma,  las fuerzas de seguridad corrupta, la marginalidad y el consumo creciente  de drogas  por la juventud.

El ultimo fin de semana dos chicos fueron acuchillados, uno falleció,  Julio Benítez de 20 años, el otro se recupera en un centro asistencial,  fueron heridos  por peajeros, lunfardo que denomina  a delincuentes de poca monta, que piden dinero compulsivamente a peatones en los barrios marginales, en este caso,  el bañado Sur, los dos agresores de los cuales uno ya fue aprehendido estaban  drogados, de ahí la saña y la alevosía, matar a un semejante por cinco mil guaraníes, que equivale a  un dólar y monedas es alucinante. La situación país es grave, la inseguridad crece a pasos agigantados  y nada se hace para erradicarla, en este caso no hay muchos llantos, ni quejas el dolor y la rabia ciudadana es selectiva y para esta sociedad deshumanizada y cruel un negrito de extramuros, al final,  no merece tanta preocupación, ni lagrimas.  

 

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Anónimo

Para que el clásico del fútbol sea una verdadera fiesta hay que desechar la violencia

El clásico tiene que ser una completa fiesta del deporte por el respeto y la decencia que demuestren los que asistan al espectáculo. Para que ello suceda, es necesario que la violencia quede fuera de las pautas de comportamiento de los que acudan al estadio. Además de que las fuerzas de seguridad tomen todas las medidas necesarias -dentro y fuera de la cancha-, el público debe cooperar para evitar que unos cuantos patoteros empañen la sana alegría de los que van a la cancha para disfrutar, no para vivir momentos dolorosos.

Las canchas de fútbol -y de cualquier otra disciplina deportiva- tendrían que ser espacios públicos donde las familias puedan acudir a vivir un momento de esparcimiento sin temor a sufrir ningún tipo de daño ni zozobra. Un signo de madurez social es que una pareja acuda con sus hijos a un espectáculo futbolístico con total calma y tranquilidad, regresando al hogar sin contratiempos de ninguna clase.

Lamentablemente, en nuestro país la agresividad practicada por una minoría de irresponsables perjudica a la mayoría. El temor que dejan como saldo los asesinatos de hinchas, las graves lesiones y los enfrentamientos de barrabravas hace que muchos ya no concurran a los partidos para ver a sus clubes. Como no hay garantías, prefieren quedarse en sus casas.

La bestialidad de algunos creció por la permisividad de las autoridades y la tolerancia social de los que no se animan a oponerse a los salvajes que portan armas o van munidos de objetos para arrojar a los demás.

Si los responsables de la seguridad ciudadana -Policía, Fiscalía, organizadores de los encuentros- hubieran impuesto un mayor control y firmeza empleando todos los medios tecnológicos disponibles, y la sociedad civil presionara, hubieran desaparecido ya los inadaptados.

El fútbol es para competir sanamente, no para que los revoltosos vayan armados, agredan y pongan en peligro la humanidad de los concurrentes a los juegos. Es, también, un escenario para demostrar respeto, sentido de responsabilidad, madurez y equilibrio.

Se comprende que, al tratarse de dos fuerzas que se miden y atendiendo a la histórica rivalidad, las bromas de los adeptos a una u otra camiseta sean normales. Son parte de ese rito que rodea al espectáculo en el que, al fin de cuentas, no hay mayor verdad que los goles que se gritan con la pasión puesta en la garganta y los brazos en alto.

La violencia verbal conduce a la física. Por eso, los epítetos ofensivos y denigrantes, así como las provocaciones, deben ser desterrados. Los airados insultos son los que no pocas veces encienden la mecha de la incontrolable reacción. Una vez que la llama de la furia se propaga en la masa, es muy difícil detenerla. Nada más práctico que evitarlos entonces.

Los responsables del orden público conocen los mecanismos con los que operan los violentos. Es más: los tienen identificados. Por lo tanto, es cuestión que, en base a los antecedentes que poseen, adopten las medidas preventivas oportunas para garantizar la vida y los bienes de las personas que acudan al clásico.

Si en otros países de América y Europa las hinchadas son tan disciplinadas y respetuosas, por qué en Paraguay no va a ser posible lo mismo. Para que eso se concrete, hay que cortar de raíz las hierbas que enturbian la convivencia. Y exhibir un comportamiento responsable y maduro, como es el que se espera esta tarde.

Fecha: 03/03/2011 08:35.


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