Una de las posibles consecuencias del importante crecimiento experimentado por nuestra economía en el último año y el consecuente aumento en el consumo era un repunte de la inflación. Las estadísticas del Banco Central acerca del índice de precios señalan esta tendencia que, si bien no es de ninguna manera alarmante, debería llamar la atención de las autoridades a fin de mantener esta variable bajo control. Aunque nuestra economía no se ha caracterizado por su dinamismo en los últimos años -salvo el 2010, que registró un incremento del PIB del 14,5%- sí puede jactarse de la estabilidad de sus indicadores más importantes, desde el tipo de cambio hasta la inflación, pasando por el nivel de endeudamiento y la solidez del sistema financiero. Es por eso que el gobierno debe vigilar la evolución de estas tendencias operando -tal como lo ha venido haciendo al retirar volúmenes significativos de dinero circulante del mercado- para que la inflación se mantenga dentro de los rangos previsibles y favorables.

Hay que recordar que en los últimos doce meses, la inflación acumulada bordea ya los dos dígitos, llegando al 9,5%. Con respecto a enero y febrero del año pasado, el indicador de estos meses del 2011 es tres veces mayor. Es cierto que parte del fenómeno es atribuible al inicio de las actividades escolares, con subas en los precios pagados en concepto de matrículas, útiles y mensualidades. Sin embargo, el empuje inflacionario principal viene dado por los alimentos, de forma particular las hortalizas, el azúcar y la carne, rubro éste último en el cual se han verificado alzas frecuentes en los meses pasados. También otro tipo de carnes y los embutidos tuvieron incrementos sostenidos.

Para nuestro país es de una importancia estratégica fundamental mantener los indicadores estables. Esto hace que nuestra economía sea previsible y segura, virtudes cruciales para cualquier inversor. El equilibrio alcanzado es un atractivo para la radicación de capitales y para nuevas inversiones de empresas y emprendedores. Es verdad que queda mucho por hacer para que el país crezca al ritmo necesario para superar el atraso y la pobreza. Mejoras sustanciales en la infraestructura del país, la abolición de la corrupción en la gestión pública, la simplificación de la burocracia y mayores facilidades para empresas e iniciativas productivas son solo algunas de las tareas que los paraguayos tenemos por delante. Sin embargo, está claro que la base firme en la que deben apoyarse estas políticas de desarrollo es la estabilidad, sin la cual todo lo demás no pasa de ser castillos en el aire.

Por eso, aunque la inflación está hoy lejos de ser una causa de alerta, es preciso que las autoridades monitoreen de cerca el comportamiento de este indicador. No hay que olvidar además que la inflación golpea especialmente a los sectores con menores recursos de la sociedad, a los asalariados y a los trabajadores informales, de manera que su efecto social es muy dañino deteriorando la calidad de vida de los grupos más vulnerables. La política de evitar el exceso de liquidez monetaria es correcta, pero además debe ser complementada con un diálogo permanente con los sectores de la economía que intervienen en esta variable, a fin de coordinar acciones que permitan contener la inflación bajo parámetros consensuados para beneficio de todos. Como en muchos otros asuntos de nuestra economía, la estrecha cooperación entre los sectores público y privado es gravitante.

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