Carlos Dos Santos Pedroso

El impulso primitivo de confrontar, de destruir al adversario, a todo lo que hace y pudiera granjearle aprobación y reconocimiento, es el principal motor de la acción política paraguaya. Este tipo de conducta para acceder o mantener el poder - sin que nadie se escandalice ni reclame - caracteriza a las sociedades primitivas. Fomentar la intriga, confrontar, ridiculizar y desarticular la acción del adversario sigue siendo el modelo básico de interacción que nos ofrece nuestra clase política. Un mezquino canibalismo, sin la inocencia ni ritualidad que atenúa el dramatismo del canibalismo arcaico.

 

En el Paraguay de la post dictadura se asumió como razonable que a tal Presidente, Ministro o Intendente “se le bloqueen proyectos o políticas de Estado que corran el riesgo de ser exitosos y de generar dividendos políticos”. Importa un pito si se abortan consensos trabajosamente alcanzados o se postergan soluciones a necesidades sentidas de la población, a problemas acuciantes de gobernabilidad o de servicios básicos de calidad como los que se ofrecen en las naciones democráticas y modernas.

 

Las naciones en las que sus dirigentes – del estado y la sociedad- lograron consensos básicos y acordaron Políticas de Estado sobre prioridades estratégicas vitales y pudieron ponerlas por obra, hoy, son reconocidas como sociedades modernas avanzadas. Son las que han puesto las prioridades nacionales por encima de las facciosas sin tener que desgastarse en cada fase de implementación de sus grandes proyectos con la controversia politiquera. Son las que han apostado al conocimiento y a la generación de consensos – imperfectos – sobre las cuestiones percibidas como esenciales para sus pueblos y para su inteligencia.

Si la lógica de la confrontación se impone a la lógica del consenso: ¿Cómo acordar e implementar Políticas de Estado de mediano y el largo plazo? ¿Cómo producir conocimientos y anticipar los futuribles[1] de las adaptaciones culturales y tecnológicas necesarias, para aprovechar y disfrutar las ventajas comparativas de las diferentes regiones del país y de su gente.

Con la lógica triunfante del canibalismo vigente, en lo público y en lo privado, sería un preciosismo ridículo pensar en las sinergias de los equipos de estudio de prospectiva e implementación estratégica, de las líneas de acción para jugar con maestría el ajedrez político regional y mundial. Sería un chiste pretender ser protagonistas del vertiginoso desarrollo de la tecnología y de la competitividad y cosa de tarados – aun en el largo plazo- aspirar a mantener la identidad, a ser ricos, cultos, equitativos, y felices.

 

 

 

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