Por Benjamín Fernández Bogado

Vamos a ser claros. La política en el Paraguay es un buen negocio para unos pocos y malo para la gran mayoría.

Lo explico. Si uno quiere ser legislador por Unace por ejemplo, debe firmar un pagaré de 800 millones de guaraníes. Eso significa que mensualmente los 22 electos deben pagar 13 millones de guaraníes de los 24 que fueron elegidos y que cobran casi el doble de lo que deben aportar. Y cuento bien porque los dos hijos de Oviedo me imagino, no habrán aportado al padre que es el dueño de la compañía que negocia estos ingresos. Ellos, los dos vástagos del ex general, son como los acompañantes de los grupos de turistas que viajan gratis a costa de quienes pagan el tour.

 

Si las matemáticas no engañan eso significa que el ingreso del partido y de la financiera que intermedia alcanza más de tres millones y medio de dólares cada 5 años. Un gran negocio para el fundador del partido que no ha logrado nunca ser presidente y tiene unos ingresos que jamás podría lograrlos fuera de este esquema perfecto para hacerse rico. Otro punto. El 25% del padrón electoral nacional y partidario muestra a personas que están afiliadas a distintas agrupaciones políticas al mismo tiempo. Estos ven en las elecciones la oportunidad de cerrar el negocio de vender sus votos al mejor postor.

 

Valen más a partir de las 3 de la tarde si la elección es cerrada. Si todos ellos participan como siempre lo hacen, en un partido como el Colorado representan casi el 30% del padrón efectivo que vota. O sea que si uno observa la cantidad de votantes que sufragó el pasado domingo notará que estos disciplinados por el "civismo mercantil" estuvieron firmes a la hora de ser trasladados a los lugares de votación. Son más fuertes e importantes cada vez que participan menos los que no se venden. Pero estos, los que no sufragan, cuando no tienen una motivación fuerte dejan de participar haciendo que el 25% del electorado tome la decisión por ellos.

 

En concreto un cuarto del electorado que no siempre es fiel a la línea del partido define cualquier elección en el Paraguay y más en los partidos tradicionales.

 

La pregunta es: ¿cuán legal y legítima puede ser una democracia de este tipo? Y todavía algo más profundo, ¿qué tipo de vinculación se genera entre el comprador elegido y los electores comprados? No es raro por lo tanto que el político después de electo desprecie tanto a su electorado mercantil que cuando le toca administrar algo solo piensa en su provecho y le importa nada la vida de quienes vendieron su voluntad para que él o ella sean electos.

 

La democracia paraguaya está atrapada en esta ecuación del diablo. Si no se logra romperla, las posibilidades de degradación de la misma son cada vez más contundentes y el retorno de un modelo en contrario, más próximo.

 

Tenemos una crisis ética, política, económica y social. Y eso es mucho para lidiar al mismo tiempo.

 

Por eso a un legislador no le alcanza su sueldo. La mitad se lo lleva quien le puso en el lugar de privilegio para ser electo y el resto le cobran los miserables que no le permiten movilizarse sin pagar algo en el trayecto. Lo único que le queda para vivir es traficar influencias y en ese camino el sistema se corrompe y es percibido como hostil a ese 70% que no vota ni cree que su voto cambie nada.

 

Estamos entrampados por los comerciantes de la política, los que hacen firmar pagarés con los cuales financian su campaña, colocan a sus hijos y se hacen de unos ingresos extraordinarios.

 

Por el otro lado, al 25% que trafica con su voto le importa poco la política, porque ella convirtió la vida de ellos en miseria y como miserables solo se contentan con las limosnas.

 

Los políticos que los compran creen que todos son unos sinvergüenzas que no merecen más que su desprecio por haberse vendido. Los demás, que no están en este enjuague, padecen las consecuencias de una ecuación diabólica del que parece pocos quieren salir.

 

 

 

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