•    Helio Vera         

      Ningún sujeto bien nacido puede negar a un masoquista hecho y derecho el más escalofriante de los placeres: el de pagar los impuestos que adeuda a la Municipalidad de Asunción. ¿Imagina usted el dolor que puede causarle a un gallo viejo ser despojado de sus pocas y raleadas plumas, una por una? Pero al masoquista, ser desplumado le hará zambullir en un delirio indecible.

    Este servidor está más cerca del gallo viejo que del masoquista feliz. Y aquí vale una advertencia: no caigamos en el oscuro debate sobre si los impuestos municipales son altos o bajos. En realidad, no son ni altos ni bajos. Lo importante es saber si hay proporción entre lo que se recibe a cambio de lo que se paga. La respuesta es que solo recibimos la posibilidad de obtener placer del padecimiento.

      Comencemos por lo obvio. A lo largo de cuadras y cuadras usted no verá un solo árbol que por lo menos sirva para que algún perro marque su territorio. Peor aun. Árbol caído, derribado por la tormenta o por la furia de los constructores, jamás será sustituido. Es lo que ocurre con los jacarandáes de la avenida mariscal López, joyas de la naturaleza que van desapareciendo lentamente. Cuando cae uno, deja una cicatriz en la vereda, cubierta por baldosas que conservarán intacto el implacable calor del verano.

      En algunos casos, el propio municipio se encarga de asegurarse la extinción de los árboles, estrangulando los troncos con piedras y asfalto, para impedir que ni siquiera una gota miserable llegue a la tierra a la que se aferran las raíces. ¿Duda usted, amigo? Observe los eucaliptos de la hermosa avenida que lleva a la Caballería, plantados en tiempos inmemoriales por algún comandante dotado de buen gusto, virtud que no suele abundar en la milicia.

      Si usted conduce un automóvil, podrá compartir la emoción de los habitantes de Kosovo, habitantes de una ciudad salpicada de pozos dejados por las bombas servias. Aquí, el municipio cuenta con la dócil cooperación de la Essap, el mejor argumento a los que proclaman que la ineficacia es la segunda naturaleza del Estado. A no ser que usemos los pozos para promover la piscicultura, con especies nativas, como el “karimbatá”, la palometa, el “ñurundi’a” y el “mbusu”. Agua no les faltará, gracias al aporte de Essap.

     En cuanto a seguridad, vamos, vamos. El único parque arbolado, otrora frecuentado por los habitantes del centro, es el Caballero; eso sí, cada vez con menos árboles. Pero, claro, para pasearse, allí uno debe ir escoltado por cuatro guardaespaldas armados de pistolas y metralletas y protegidos por chalecos antibalas.

    Del tránsito solo puedo admitirle la función de entregar una vaga imagen de lo que habrá sido el caos primitivo, cuando el Creador se aburría en medio de las tinieblas. Además, sirve a otro designio divino: confirmar cada rato la fragilidad de la vida humana, mostrándonos una inagotable sucesión de cuerpos destrozados en medio de charcos de sangre.

    Pero seamos justos. Rehúso culpar de todo a la intendenta Evanhy. No es la autora de calamidades que se acumularon durante décadas y que quizá ella acepte como inevitables. En todo caso, no hace otra cosa que persistir en la obstinada inacción de sus predecesores.

    La conclusión es deplorable: vivimos en una ciudad desordenada, sucia, insegura y fea. Ciudad sin monumentos, sin fuentes, sin jardines, sin árboles, Asunción cultiva amorosamente su larga tristeza, envuelta en una humareda fétida y venenosa, arrojada por diez mil ómnibus y camiones. ¿Encontrará alguna vez alguien que la ame?

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