Los proyectos anunciados recientemente por el presidente del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (Indert), ingeniero Eugenio Alonso, son los básicos para toda intención política sincera, real y práctica de solución del problema de distribución de tierras agrícolas en nuestro país.    

Los proyectos son: un censo rural de colonias y lotes ya adjudicados y su estado actual; licitaciones para compra de tierras para futuros asentamientos; y construcción de obras públicas básicas y servicios para los mismos.    

De estos temas se estuvo hablando durante décadas en nuestro país, en plena conciencia de que solamente con la concreción programada y eficiente de estos pasos previos podría alcanzarse una reforma rural efectiva, y llegar así a la tan manoseada y trillada “reforma agraria”, haciendo, de paso, que este gastado término dejara de ser un simple eslogan de doctrinas y propaganda política electoralista para convertirse en lo que nunca debió dejar de ser: un objetivo concreto y mensurable para el trabajo de los técnicos al servicio del Gobierno del Estado.    

Hay ejemplos cercanos que pueden ilustrar y aconsejar a los que tienen que desarrollar estos proyectos. Desde hace muchas décadas Argentina y Uruguay no tienen problemas de campesinado sin tierra o de tierra laborable sin nadie que la trabaje. Brasil los está solucionando pausada pero gradualmente, a base de metodología, técnica moderna y eficaz, sin permitir que el clientelismo partidario, religioso o de otra índole inficione y frustre el éxito del proceso.    

Si es cierto que en el Paraguay los campesinos sin tierra no alcanzan la cifra de cien mil, significa que estamos ante un problema que está lejos de ser verdaderamente grave y, menos aún, insoluble. En la Región Oriental de nuestro país existe actualmente tierra agrícola laborable suficiente para este número de campesinos, y aún para más; las dificultades vinculadas al caso son de otra índole: obtener los recursos económicos, elegir el procedimiento correcto para adquirirla y distribuirla, e impedir que la corrupción y el clientelismo lo vicien.    

Para lograr este último fin es importante contar con la información acerca de quiénes ya recibieron tierras del Estado anteriormente y las perdieron por abandono, vendieron sus derechos sobre ellas o las mantienen ociosas por ineptitud o impericia. Estas personas nunca más deben recibir lotes agrícolas, más aun sabiéndose que habrá muchas otras que las están esperando y tienen condiciones para hacerlas productivas.    

Además, hay que tener en cuenta que, aún adquiriendo inmuebles y produciendo lotes en la medida suficiente para satisfacer la actual demanda social de ellos, dentro de 10 ó 20 años habrá una nueva generación de jóvenes campesinos “sin tierras” que planteará nuevamente el problema y presionará por su solución. Es necesario prever para ellos una reserva adecuada o generar condiciones para crear abundantes fuentes de trabajo en el interior del país.    

No obstante, tenemos que lamentar no estar sintiendo en este momento exultante entusiasmo ante estos anuncios, por cuanto lo hemos escuchado tantas veces en el pasado reciente, para luego ser seguido de silencios de años, que no queda más que expresar el optimista deseo de que esta no sea otra ocasión en que tan estupendos proyectos queden flotando en el discurso político electoralista.    

El actual Gobierno tiene en sus manos concretar anhelos tan antiguos; posee acceso a los recursos económicos indispensables, dispone de personas adecuadas para ejecutar los proyectos y tiene suficiente tiempo para darles inicio, pues aunque no alcance a verlos concluidos, la historia le asignará el mérito singular de haber puesto la piedra fundamental para la construcción de un porvenir próspero, exento de las frustraciones del largamente postergado y conflictivo ámbito rural paraguayo.   

 

http://www.abc.com.py/nota/camino-correcto-para-la-solucion-de-la-problematica-rural/

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