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UN SICÓLOGO PARA EL PALACIO

El presidente Fernando Lugo hizo alusión días atrás a la necesidad de que algunos periodistas se den una vueltita por el Hospital Neurosiquiátrico. No tendremos que enojarnos, creo que la sugerencia fue hecha con buena intención. En estos tiempos de vertiginosidad y desasosiego, no está de más que cada uno se ocupe del estado de su salud mental.    

Evidentemente, lo atinente a la condición de nuestra psique es un asunto personalísimo e intransferible, que requiere atención individual. Aunque en las últimas décadas, las terapias de grupo han sido muy efectivas en la superación de ciertos problemas comunes. En la actualidad, familias enteras son objeto de este tipo de tratamientos, así como personas que padecen dolencias o adicciones similares, tales como alcohólicos o drogadependientes.   

 

En fin, aunque no soy un experto en la materia ni mucho menos, me parecería oportuno que el actual Gobierno también comience a preocuparse seriamente por el estado de su salud mental “colectiva” –si es que esta existe– ya que, a juzgar por los hechos, ella está presentando algunos signos serios y preocupantes de afección.   

 

Si no me cree, fíjese usted en los graves síntomas de disociación que manifiesta. Quien más secretos ha revelado acerca de la conducta del presidente Lugo o los tires y aflojes al interior de su entorno, poniéndolo muchas veces en gran aprieto, ha sido ni más ni menos que su misma sobrina, Mirta Maidana, convirtiéndose así en primera gran puntera en pos del deterioro de la imagen presidencial.  

 

 Ni qué decir ya de los reiterados encontronazos entre el titular del poder Ejecutivo y su Vicepresidente. Pareciera que cada uno está pendiente de lo que diga o haga el otro para tomar de inmediato la posición exactamente contraria.   

 

Los tiene usted ahora mismo al asesor jurídico de la Presidencia, Emilio Camacho, y a la titular de la Comisión Nacional de Bicentenario, Margarita Morselli, protagonizando una trifulca ideológico-técnico-administrativa que se ventila a través de los medios de prensa, de la forma más pública posible. ¿No habrán tenido ocasión de conversar por teléfono para intentar zanjar discretamente sus diferencias?

 

Sin embargo, una de las muestras más patentes en torno a los problemas disociativos que afectan a la actual administración probablemente se personifique en la figura de la diputada Desirée Massi, esposa del ministro del Interior, cabeza política del Gobierno. Pues bien, ella tiene fama de no tener pelos en la lengua. Es la entrevistada perfecta. Dice siempre todo lo que a la prensa le gusta escuchar. Comenta sin ruborizarse ni un poco las diferencias, contradicciones y ansiedades de los capitostes de turno. Pero lo que a mí me encanta es esa capacidad suya de indignarse vivamente con los desaciertos del oficialismo. ¡Es divina Desirée! La ha de adorar Lugo...   

 

Podría hacer mención a una docena de casos más, como las controversias más o menos disimuladas entre Héctor Lacognata y Jorge Lara Castro –cuyas funciones volverán a superponerse ahora que el ex ministro ocupará un carguito en el Palacio– o las que cada tanto protagonizan Miguel López Perito y Augusto Dos Santos, también con connotaciones públicas.   

 

Pues bien, todo este revoltijo sobrevive y hasta se exalta incluso en nombre de la democracia, el pluralismo y la libertad de expresión. Lo que no se dice –¿no se sabe?– es que tanto sarao no hace más que contribuir al sostenido desgaste del Gobierno que ellos mismos integran. Obviamente, para fruición y deleite de quienes se encuentran en la vereda de enfrente.   

 

En el fondo, creo que los muchachos del Gobierno padecen el síndrome del “opositor perpetuo”. Del político que estuvo seis décadas del otro lado del mostrador y que ahora no tiene ni idea de cómo se hace para convertirse en un oficialista medianamente consecuente. Por supuesto, quien padece de esta dolencia detesta la crítica, no solo se le hace insufrible, sino que no llega a concebirla conceptualmente, ya que ellos, los opositores, siempre dicen cosas acertadas y, por lo tanto, no merecen ser cuestionados.   

 

Como usted percibirá, apreciado lector, en términos de tratamiento sicoterapéutico, no solo los periodistas tendríamos que darnos una vueltita por el Neurosiquiátrico. Las cosas por el Gobierno andan complicadas, sobre todo en términos de eso que se llama crear “espíritu de cuerpo”. Yo creo que el Presidente no haría mal en convocar a un buen sicólogo al Palacio de López. Una cosa discretita, claro. Tampoco se trata de llamar mucho la atención.  



vivaparaguay

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