En momentos en que tanto se insiste en la capacitación de la mano de obra en nuestro país, sería más que oportuno reflexionar sobre el casi nulo aprecio que el paraguayo medio siente por la excelencia en su trabajo. Y no se toma como único ejemplo solamente a la manera torpe y desganada con que habitualmente realizan sus tareas cotidianas los funcionarios gubernamentales, esos pequeños burócratas indiferentes que deben atender y servir a las personas que acuden a sus oficinas y ventanillas, sino también a todos los demás oficios.
Desde albañiles, pintores, carpinteros, electricistas, plomeros, herreros, jardineros, etc., etc., en la mayoría de los casos y salvo contadas excepciones, se limitan a cumplir con lo mínimamente necesario para que el resultado de su labor sea aceptado y remunerado. De la calidad técnica o estética de su obra le importa poco o nada; de la rapidez o economía de tiempo, menos. De la mala opinión que de ellos se forme el cliente o la persona atendida, menos que menos todavía.
Para cualquier persona con educación y sensibilidad elementales, recorrer y contemplar nuestras ciudades, parques, rutas, caminos y lugares públicos en general, cursos de arroyos y hasta las avenidas por donde corren los raudales, las cosas pueden volverse intolerables, pues todo lo que se le presenta ante la vista está lleno de desorden, suciedad y desatención. Y este panorama dice mucho acerca de la personalidad de sus habitantes.
El suelo cubierto de desechos, las plantas siempre descuidadas, los árboles sin podarse o sanitarse, atrofiados, plagados de parásitos, las columnas clavadas en cualquier lugar, los tendidos de conductores eléctricos que cuelgan de aquí y de allá como horribles telas de un sucio ñandutí. Además de las plazas oscuras, las veredas utilizadas como “showroom” comercial o estacionamiento, o clausuradas por materiales de construcción amontonados a comodidad de quien los arrojó allí; y así sucesivamente, en una lista larga que solo el lector tendrá tiempo de agotar.
Los mismos vecinos que acumulan desechos pestilentes en las esquinas o baldíos de su vecindad después tienen la caradurez de indignarse contra la Municipalidad o contra quienes, según ellos, tienen que apresurarse a concurrir a limpiar lo que ensucian desaprensiva y negligentemente todos los días, en los mismos lugares.
¿Qué habría que hacer para cambiar tan deprimente condición cultural? La sola educación formal demuestra todos los días ser insuficiente; se le debe agregar el rigor de la sanción legal y el intransigente examen y requerimiento personal. Ningún chambón debería tener la posibilidad de sobrevivir en su ámbito profesional; ningún espacio público indigno debería ser habilitado o mantenido en tales condiciones, y sus usuarios no deberían concurrir a él.
La subcultura del vaivai será definitivamente superada con educación, sanción e intransigencia. No más contentarse con la mediocridad. Aspirar a la excelencia y aplicar esta regla a uno mismo, primero, y a los demás, después. De lo contrario, continuaremos en medio de la suciedad, el desorden y lo insuficiente.

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