Me parece que en el entorno del presidente hay asesores y asesoretes. Digo. No sé. O quizás haya gente con ganas y él sea el incorregible. Pero quiero dar un paso más allá, saltando por encima de los vestigios residuales de la incontinencia verborrágica.
Los migrantes, de acá para allá, de allá para acá, de un lado para el otro, no son pobres. Precisamente, por no querer serlo, se van. Los pobres están en las calles, en sus ranchos inundables, en sus kapueras improductivas, en sus trabajos marginales, sin sueldo, sin seguro, sin vacaciones… Los migrantes son personas que antes de caer en la pobreza vendieron lo que tenían, empeñaron lo que pudieron, debieron lo que les dieron y se fueron. O vinieron, porque hubo (y hay) veces en que las migraciones han sido para acá (y si nos ponemos a hacer historia, veremos que esos que vinieron SÍ ERAN POBRES DE SOLEMNIDAD).
El otro asunto es el que da título a este escrito. Una cosa son los pobres y otra cosa la pobreza. 
Faltos de la capacidad de análisis y de la vocación política necesarias, en vez de atacar a la pobreza se esconde a los pobres. O no se los cuenta en el momento de hacer los censos (¿?).
La pobreza es una entelequia abstracta, un dato de referencia, un baremo.
Los pobres son esos que transitan por la vida sin saber si van a comer o si tendrán abrigo y refugio, si podrán sus hijos ir a la escuela, si llegarán al día de mañana.
A la pobreza se la percibe a través de datos estadísticos. A los pobres les vemos la cara.
La pobreza es una cuestión de estado. Los pobres son nuestros prójimos.

Oscar Boubée
11 de junio de 2015

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