• Andrés Colmán Gutiérrez

“Dar a luz un niño es doloroso y sangriento y muchas veces los padres no son lo que deberían ser… pero el niño siempre lo es. Hoy, así, y aún sin saberlo, está naciendo una tierra nueva….”

Fray Fernando Cavallero, por Wood-Goiriz, en 1811.


Espadas en alto, uniformes deslumbrantes, Fulgencio Yegros y Manuel Cavañas cargan al galope contra el ejército del comandante porteño Manuel Belgrano, quien ha invadido el Paraguay para ayudarlo a liberarse de la corona española, a cambio de convertirlo en provincia de Buenos Aires.

El gobernador Velasco y sus oficiales se han batido cobardemente en retirada. “¡Esta ya es nuestra batalla y no la de los españoles!”, grita Yegros, en el clímax del ataque final, a orillas del río Tacuary. Un niño-soldado marca con su tambor el paso marcial y cae acribillado bajo las balas. Belgrano se rinde y entrega sus armas.

Al otro lado de este luminoso y épico escenario, un hombre adusto y sombrío escribe a la luz de las velas, entre estantes desbordados de libros y un telescopio que apunta a las estrellas. “La historia nos enseña que cuando hay muchos héroes, el caos y las guerras internas se suceden”, reflexiona José Gaspar Rodríguez de Francia. Y su sentencia final resuena dura, irónica, premonitoria: “Por eso es mejor evitar el exceso de héroes…”.

En este subyugante y contradictorio clima de luces y sombras, de heroísmo y traición, de patriotismo exacerbado y conjuras políticas, se proyecta 1811, la gran novela gráfica con que el escritor Robin Wood -el más grande autor del noveno arte que ha dado el Paraguay- y el ilustrador Roberto Goiriz -incansable creador y principal productor de la narrativa dibujada en nuestro país-, han decidido homenajear a la celebración del Bicentenario de la Independencia.

La deuda que hasta ahora ni la literatura, ni el cine, ni el teatro, han podido cumplir, la asume el injustamente subvalorado género del cómic: contar la saga de aquellos hombres furtivos, que en la madrugada de 1811 emergieron desde un oscuro callejón, para jugarse la vida por dar nacimiento a una nueva patria en el corazón de la América del Sur.

 

LA OTRA HISTORIA, NUESTRA HISTORIA.

Una silla caída en el suelo y varios hombres vestidos con trajes de época, que permanecen parados alrededor de una mesa.

La imagen de la Revolución de Mayo que los paraguayos tenemos grabada en el inconsciente es la misma que está dibujada en los billetes de diez mil guaraníes: héroes de bronce, próceres acartonados y solemnes, fríos y distantes como estatuas de museos.

Este 1811 va por otro camino: Con la demostrada habilidad de recrear hechos históricos en tono de aventura y acción dramática, pero con una rigurosa fidelidad investigativa, que recurre tanto a los archivos y documentos de época, como a los testimonios y anécdotas de la memoria colectiva guardada en poemas y relatos, en canciones y leyendas populares, los guiones de Robin Wood desbordan con osadía los estereotipados límites de la historia oficial, para ofrecer un fresco vital del Paraguay de hace 200 años.

Un Paraguay que por momentos parece tan de ahora, como si nada hubiese cambiado, por más que hayan pasado dos siglos.

En el proceso de co-creación fecunda, de la armónica integración de talentos que permite la historieta, los dúctiles trazos de Roberto Goiriz dibujan rostros que son básicamente parecidos a los que nos aprendimos de memoria en los manuales escolares, pero son también los mismos rostros con quienes nos cruzamos a diario en cualquier calle de cualquier ciudad, en cualquier polvoriento rincón de nuestra desgarrada geografía.

Francia, Caballero, Yegros, Iturbe, Peña, Molas… se parecen a sí mismos. Es decir, a la imagen que de ellos nos hemos construido. Pero más se parecen al vecino de enfrente, al chofer del micro, al vendedor de diarios o al despensero de la esquina. El paisaje que dibuja Goiriz es reconocible al primer vistazo, y hasta ese imponente cerro que corona como fondo la batalla de Paraguarí es el mismo cerro que hemos visto desde la ventanilla del auto a nuestro paso por la ruta uno. Será por eso que cada página y cada viñeta de 1811 respiran con tanta fuerza, con tanto realismo, como si estuvieran vivas.

  • Wood

Nacido en la verde soledad de Colonia Cosme, en el seno de una comunidad de migrantes irlandeses y escoceses, en su amada Caazapá, Robin Wood supo compensar una precaria escolaridad con su asombrosa voracidad por la lectura, que lo motivó a convertirse en uno de los mejores escritores de historietas del mundo, creador de casi una centena de personajes, ya inscriptos en la antología universal del cómic.

Desde aquella primera “Historia para Lagash”, publicada en 1967 en la revista D’artagnan de Buenos Aires, Wood se convirtió en el mejor maestro de historia para varias generaciones de apasionados lectores.

¿Quién no se asomó a la epopeya de la civilización sumeria, calzándose las sandalias del errante Nippur de Lagash? ¿Quién no llegó hasta lo más profundo de la conquista de América, siguiendo los pasos de Ibáñez, El Ángel o el ex esclavo Dago? ¿Quién no conoció las glorias y miserias de la gran Revolución de Octubre, que acabó con la Rusia de los Zares, siguiendo las andanzas de Kozacovitch y Connors?

Entre los más de 5.000 guiones que se estima ha publicado en cuatro décadas, se han filtrado muchas referencias sobre el Paraguay en la obra de Wood. Desde el romántico espía inglés Dennis Martin persiguiendo a un peligroso asesino en las aguas del Lago Ypacaraí, hasta la conmovedora saga del veneciano Dago luchando junto a la india Anahí en las selvas del Yguazú, ha vuelto una y otra vez a las claves históricas y culturales de su país natal, del cual tuvo que emigrar siendo aún adolescente, para forjar en el exterior su exitosa carrera de escritor.

Esta es la primera vez, sin embargo, en que el caazapeño errante aborda un tema tan crucial, tan desafiante, tan nuestro, tan enteramente paraguayo, para ayudarnos a entender las claves que dieron origen a nuestra identidad como Nación.

Y no es gratuito que Wood lo haga junto a Roberto Goiriz, el primer dibujante compatriota con quien mantiene una fructífera y exitosa colaboración profesional, nacida hace algunos años con la creación de “Isabella”, una serie de historietas educativas para la organización Transparencia Internacional, y fortalecida luego en la producción de “Warrior M, el último guerrero de la humanidad” e “Hiras, hijo de Nippur”, que ambos están produciendo con mucho suceso para el mercado europeo.

  • Goiriz

Nacido en Asunción, en 1961, Goiriz se ha convertido en el más entusiasta propulsor del humor gráfico y el cómic paraguayos, desde que en 1979, junto a Juan Moreno y Carlos Argüello, editaran “Quimera”, la primera revista local enteramente dedicada al género. Pero ya antes, desde los 16 años, había colaborado con los diarios ABC Color, La Tribuna y Última Hora, realizando ilustraciones y humor gráfico.

En 1984, con Juan Moreno y Nico Espinosa, Goiriz crea la legendaria revista “El Raudal”, que durante más de dos décadas aparece en diversos formatos, reuniendo lo mejor del noveno arte en el país. Luego viaja a Brasil, en 1986, para colaborar con las editoriales Abril y Press, de São Paulo. En 1989 regresa al país y a sus actividades artísticas, editando, en colaboración con la editorial El Lector, diferentes álbumes temáticos de cómics.

Desde el año 2000, es el principal propulsor de Cháke!, la muestra casi anual del humor y la historieta, que incluye como invitados especiales a creadores de los demás países del Mercosur.

En 2002 funda Tinta Paraguaya, como una división de su agencia Goiriz Imagen & Cía, dedicada a promocionar la producción local de dibujantes paraguayos para el mercado internacional de cómics, especialmente editoriales independientes de Estados Unidos.

Creador de peculiares personajes de historietas como Jopo, quizá su obra más popular en Paraguay, Eyulunex y Nikolas Klon, y de numerosas narraciones unitarias, Roberto Goiriz ha publicado además una novela, “El Negador”, un libro de cuentos, “Alrededor de 40”, y el libro “Historia del humor gráfico en el Paraguay”, editado en España por la Editorial Milenio, alternando todas estas actividades con su extensa y premiada producción en el ámbito de la publicidad y el diseño.

Junto a estos dos grandes creadores, se destaca el talento de Edgar Arce, joven ilustrador y diseñador, cuyos pinceles digitales le agregan el color exacto, vivaz y preciso a las páginas de 1811.

Nacido en Asunción, en 1983, egresado de la Escuela de Bellas Artes, con una corta pero fecunda carrera profesional en medios locales como los diarios ABC Color y La Nación, la agencia Mass Publicidad y otras empresas. Actualmente trabaja como diseñador e integra el grupo de creadores que desde Tinta Paraguaya realizan colaboraciones para el mercado editorial.

 

EL DEBATE DEL BICENTENARIO.

La historia que se forjó entre las proclamas de Caballero y las conjuras de Francia, no fue la revolución de museo que pregonan los escribas de palacio, ni la pueblada guerrera con que sueñan los guerrilleros de café.

Fue acaso mucho más: la contradictoria cotidianidad de hombres y mujeres atrapados en la encrucijada de un tiempo y una geografía concreta, con sus corajes y sus miedos, sus amores y sus odios, sus grandezas y miserias. Hombres y mujeres que heredaron -sin acaso proponérselo- la oportunidad histórica de parir a un sueño colectivo llamado Paraguay.

1811 es acaso el legado artístico más grande que Robin Wood y Roberto Goiriz entregan a la nueva generación de paraguayos del Siglo Veintiuno, para ayudarnos a descubrir tras los discursos pomposos del Bicentenario las claves vitales de lo que puede significar esta fecha: la posibilidad de reflexionar acerca de quiénes somos, de dónde venimos, adónde queremos ir, cual es nuestro proyecto de país.

1811 nos puede ayudar a entender con qué ladrillos se hizo esta endeble pero entrañable Nación, y qué tenemos que hacer para limpiar, ordenar y enderezar nuestra casa.

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