• Emilio Grasso

En "La Nación" de jueves 3 de diciembre de 2009, en la pág. 8, ha sido publicada una declaración de Mons. Mario Melanio Medina bajo el título: "Según Medina, algunos Obispos sabían de la paternidad de Lugo".

Transcribo las declaraciones de Mons. Medina, así como las leo en el periódico citado: "Sin duda la vida personal del ex Obispo (Fernando Lugo) es cuestionable de cualquier punto de vista, pues fue infiel a su misión asignada. Pero esto solo algunos sabían, esto se sabe porque ahora empiezan a salir las supuestas madres y supuestos hijos, que sabíamos de eso en la Conferencia, nada". Y poco más adelante, podemos leer estas palabras: "Siempre fuimos amigos y esto nadie va a poder destruir nuestra amistad".

 

¿Amistad o amiguismo?

 

Esta declaración es, para mí, una invitación a clarificar una terminología y una manera de entender la amistad, que me parecen falsas y equivocadas. No es la primera vez que se sigue hablando de "amistad que no se destruye", equivocándose sobre esta palabra. Hay otro término muy utilizado en América Latina: amiguismo.

 

El Diccionario de uso del español de América y España, de la Editorial Vox, así define el amiguismo: "Tendencia a favorecer a los amigos en perjuicio de otras personas, en especial por lo que se refiere al trabajo: acusaron al ministro de amiguismo por haber adjudicado obras sin concurso público a empresas dirigidas por amigos suyos".

 

Ahora bien, la tan utilizada e inflacionada palabra amistad tiene un sentido muy preciso, que encuentra su explicación más clara en la clásica descripción de Cicerón, en el diálogo Sobre la amistad.

 

Para Cicerón, "la amistad no es otra cosa que la concordia total de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas, sumada a la benevolencia y al afecto. Y no creo que, exceptuada la sabiduría, los dioses hayan hecho al hombre un regalo mejor. ... ¿Qué vida merece ser vivida, como dice Enio, que no descanse en la mutua benevolencia de un amigo? ¿Qué es más dulce que tener a alguien con quien te atrevas a hablar de todo como contigo mismo? ¿Qué provecho tan grande habría en las ocasiones prósperas si no tuvieras a alguien que se alegrara por ellas tanto como tú mismo? Y sería difícil soportar las adversidades sin uno que las sintiera incluso más que tú. ... La amistad, a cualquier parte que nos volvamos, la encontramos dispuesta. Nunca está de sobra, nunca es inoportuna, jamás es molesta. ... La amistad da mayor esplendor a la prosperidad y hace más ligeras las desgracias compartiéndolas y haciéndolas comunes".

 

Esta concordia total de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas se encuentra magistralmente encarnada en la amistad de dos Obispos: Basilio y Gregorio de Nacianzo. En una página famosa de las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, se leen estas palabras sobre lo que era la amistad (y no el amiguismo) entre los dos: "Era como si los dos cuerpos tuvieran un alma en común. Pues si bien no hay que dar crédito a los que afirman que todas las cosas están en todas partes, en nuestro caso sí podía afirmarse que estábamos el uno en el otro. Idéntica era nuestra actividad y nuestra afición: aspirar a la virtud, vivir con la esperanza de las cosas futuras y tratar de comportarnos de tal manera que, aun antes de que llegase el momento de salir de esta vida, pudiese decirse que ya habíamos salido de ella. Con estos pensamientos dirigíamos nuestra vida y todas nuestras acciones, esforzándonos en seguir el camino de los mandamientos divinos y estimulándonos el uno al otro a la práctica de la virtud; y, si no pareciese una arrogancia el decirlo, diría que éramos el uno para el otro la norma y regla para discernir el bien del mal. Y, así como hay algunos que tienen un sobrenombre, ya sea heredado de sus padres, ya sea adquirido por méritos personales, para nosotros el mayor título de gloria era el ser cristianos y ser con tal nombre reconocidos".

 

Decir la verdad es la máxima expresión de la amistad

 

La verdad, que para nosotros es Cristo Jesús mismo, constituía el fundamento de la amistad entre Basilio y Gregorio de Nacianzo.

 

También para los no creyentes o con los no creyentes no puede existir otro fundamento auténtico de la amistad que no sea la verdad.

 

Por eso, queda clásica la máxima de Aristóteles: "Amicus Plato, sed magis amica veritas" (Soy amigo de Platón, pero soy más amigo de la verdad).

 

Ahora bien, la verdad une a los amigos y la amistad exige la corrección fraterna en la verdad. La máxima expresión de la amistad no puede ser sino decir la verdad al amigo. En la auténtica amistad encontramos aquella "concordia total de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas, sumada a la benevolencia y al afecto" de la cual habla Cicerón.

 

Negar la verdad al amigo nos hace caer en el amiguismo, en el engaño, en los intereses mezquinos.

 

Dietrich Bonhoeffer, el pastor alemán que pagó con la muerte el coraje de testimoniar su fidelidad a Cristo en el tiempo de la noche oscura de la exaltación del demonio nazi, escribía así en su pequeño y precioso libro Vida en comunidad: "Nada puede ser más cruel que esa forma de indulgencia que abandona al prójimo en su pecado. Y nada puede ser más caritativo que la seria reprimenda que le saca de su vida culpable".

 

Es cierto que la "bondad cruel", a veces, rinde en términos inmediatos de tranquilidad y de dinero. Y la "bondad cruel" encuentra siempre muchas justificaciones. En la lógica de quien absolutiza las obras, y tiene como punto de partida su forma de entender su compasión al otro, la "bondad cruel" encuentra todas las justificaciones y las motivaciones.

 

Pero, la carne y la sangre no son un valor absoluto cuando están separadas de la palabra.

 

En este reconducir a unidad la verdad y la bondad, hallamos la unidad de los misterios del Cristo. El misterio de la encarnación se une al misterio pascual y ya lo anuncia.

 

El entonces Card. Ratzinger escribía al respecto: "Solo la evasión de la cárcel de las mentiras cómodas, la asunción de la cruz, conduce a la región de la paz verdadera. La psicología reconoce actualmente que la represión es la razón más profunda de la enfermedad, y que la curación suele ser descender al dolor de la verdad. ... Él, que en la cruz acaba con la mentira de la humanidad, que sufre por el odio de los hombres y lo vence, solo Él es la paz".

 

Y solo en el vivir esta unidad, liberando la Verdad de la cárcel de nuestras mentiras, la Navidad permite, una vez más, que se pueda contemplar el aparecer entre nosotros de la bondad de Dios y de su amor para con los hombres.

 

Pienso que quien sabía y no habló al amigo tiene una terrible deuda que pagar: en el fondo, ha traicionado al amigo, quien fue llamado a ser pescador de hombres y no a subir al yate presidencial para pescar mandi'i (bagres).

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