DE LA CREDIBILIDAD ESPERANZADORA A LA MENTIRA CONSUETUDINARIA

No es la primera vez que grita “Lobo!” y no hay tal cosa. No es la primera vez que ha dicho que no dijo lo que ha dicho y le escucharon decir. No es la primera vez que apunta a los grandes titulares de la prensa nacional e internacional para luego esconder la mano.

Hace poco más de un año, anunció que había lobos a punto de comerse al rebaño. Y la gente le creyó, y la comunidad internacional se solidarizó, y luego nada pasó. Ahora volvió a hacerlo para justificar unos cambios en la cúpula militar que llevasen a los “amigos” a los cargos de mayor envergadura. Para el Príncipe no importan los medios, sino el fin. No importan las reputaciones de militares honestos ni importa jugar con la credibilidad que el pueblo le ha entregado en confianza.

 

Si en realidad hubiera habido “bolsones golpistas”, aunque sean “unos pocos” y más aún si el susodicho los conoce e identifica bien, el Comandante en jefe de las Fuerzas Armadas debió haberse apegado a lo más institucional que tiene la República: la constitución y las leyes. Y no debió haberse jugado a gritar “¡Lobo!” para luego hacer sus enroques de innegable tufillo clientelista y sectario.

 

Los delitos contra la seguridad de la República o contra el orden y la seguridad de las Fuerzas Armadas están explícitamente tipificados en el Código Penal Militar (arts. 78 y 88, Ley 843/80) y si en realidad el Comandante en Jefe sabe de quien haya intentado o tengan intenciones de cometerlo, su obligación era denunciarlo a la Justicia Militar, ordenar la integración de un Tribunal Militar para juzgar a los responsables (si fueran generales) y hacer cumplir las normativas al respecto.

 

Similares hechos punibles están contemplados en el ámbito de la Justicia ordinaria, en el Código Penal. Y si el Presidente de la República tuviera en realidad conocimiento de un intento, una conspiración, un complot, debe denunciarlo al Ministerio Público y ayudar a que el mecanismo judicial investigue y sancione a los responsables.

 

Todo ciudadano que esté en conocimiento de algún hecho punible o de su intento, tiene la obligación legal de denunciarlo. Si no lo hace, puede ser acusado de cómplice o encubridor.

 

Lo que ha hecho el Presidente de la República y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación es darle una bofetada a la institución militar, otra a la ley y una más fuerte aún a la credibilidad de la gente. Sus denuncias fueron, como hace un año, fuego de artificio para obtener réditos políticos y respaldar propósitos sectarios. Llenándose la boca de institucionalidad, atentó contra la verdadera institucionalidad militar, la que garantiza a sus oficiales un sistema de ascensos y graduaciones de acuerdo a méritos y normativas, y no de acuerdo a “amistades” políticas o lealtades personales. Su manera de obrar sí es la que genera inestabilidad e incertidumbre en el estamento militar, y por extensión, sospechas en la ciudadanía.

 

 

Sus acciones han sido una muestra más de la irresponsabilidad que, había sido, engalanaba no sólo su curriculum personal y familiar, sino también su vocación pastoral, a juzgar por cómo le encanta gritar “¡Lobo!” en las praderas políticas donde el embuste es cotidiano. El hábito no hace al monje, pero la mentira le quita esperanza al pueblo y puede hacer que, cuando aparezca el lobo verdadero, ya no haya alguien creíble para defenderlo ni guiarlo.

 

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Anónimo

CÓMO INFLAR “GLOBOS” MEDIÁTICOS PARA DEBILITAR UN GOBIERNO


Aristides Ortiz ⋅ Octubre 29, 2009 ⋅

Los grandes medios vienen produciendo una percepción social desde la cual se muestra al gobierno de Lugo cada vez “más debilitado”. Una construcción de la “realidad” que genera un clima cuya “tensión e inestabilidad” va subiendo. El objetivo es un golpe jurídico que destituya al presidente.



Este fenómeno mediático que se respira en Paraguay carece de originalidad. Los casos se multiplican en el mundo y en la historia a partir de la aparición de los medios tecnológicos masivos. Menciono aquí a un tal Josep Goobels y a la maquinaria nazi, por ser quizá el más conocido en el occidente moderno en el arte de manipular desde los medios.



Con el correr del tiempo, las teorías comunicacionales llegaron a dos lecturas polarizadas intentando entender la influencia de los medios en la gente y en su realidad. En una de ellas pongo como referencia a la escuela marxista. Esta lectura concluye, con algunos matices, que los medios subyugan a la gente contra su voluntad y valiéndose de su ignorancia, transformando completamente la realidad que viven. Pongo como referencia de la otra lectura el pensamiento clásico liberal, que dice: los medios trasmiten lo que la gente piensa, y reflejan tal cual la realidad que viven. Se ve entonces que ambas posiciones se ubican dentro del corchete binario, absoluto. Pero sin embargo, parece ser que, a un mismo tiempo, los medios manipulan la percepción de la gente y construyen otra realidad, y también reflejan el pensamiento y el sentimiento de la gente y reflejan la realidad que viven. Esta tercera lectura sigue la línea del comunicólogo colombiano Jesús Martin Barbero, que concluye como función de los medios la de producción de realidad y mediación entre la gente y su realidad.



En este caso concreto me referiré a cómo los grandes medios paraguayos inventan realidades políticas para debilitar al gobierno de turno.



La campaña mediática



Enero del 2009 puede ser tomado como punto de partida aproximado de la campaña mediática contra el gobierno que se lee y ve cotidianamente hasta hoy. Una campaña que en los primeros cuatro meses, más o menos, fue desordenada y de una parte de la prensa. Y que en los últimos seis meses se desarrolla en forma uniforme y sincronizada.



La causa de la campaña se remitiría a la percepción de los sectores hegemónicos (la mafia inficionada en el Estado y los agroganaderos) de la clase dominante paraguaya de que este gobierno intenta realizar cambios que, aunque de simple corte institucional, mermarán sus ganancias y privilegios. No atacará el núcleo de sus intereses, pero sí les afectará en algo, lo cual es insoportable para su poder omnímodo. Esta disconformidad es lo que estarían expresando los medios en su campaña.



El clarín de inicio sonó, como en todo este periodo post dictadura, desde la calle Yegros, donde el diario ABC Color escupe sus 36 mil ejemplares diarios para hegemonizar, claramente y sin competencia alguna, la agenda mediática y política del país. Si se recorre las publicaciones de ABC hacia atrás hasta enero, se notará que ya no hay enfoques informativos matizados ni guiños editoriales al gobierno. Sus informaciones y editoriales son un solo bloque antigobierno. Con distintos ritmo e intensidad se fueron sumando a la campaña los demás medios. Aunque hay diferencias de tonalidades en el tratamiento informativo de los hechos y acontecimiento políticos por parte de los medios, hoy se lee un claro consenso y un desarrollo sincronizado de la campaña. El vórtice del remolino mediático son los medios escritos, que multiplican sus agendas a través de los medios radiales, televisivos y digitales. Y que influyen directamente en los segmentos letrados de la sociedad que operan en diversos espacios de poder estatal y no estatal. Segmentos que a su vez forman opinión (aunque relativamente) en la gran masa social, que, a su vez, tienen contados canales de comunicación para escuchar otras voces, otras imágenes, diferentes a las que presentan la gran prensa comercial.



El objetivo de la campaña es debilitar al gobierno al punto en que deba ser inevitable un juicio político o un golpe jurídico que termine poniendo en la calle a Lugo.



A continuación citamos los principales recursos utilizados por los medios en sus publicaciones para alcanzar aquel objetivo:



Todo está mal. Se busca y se seleccionan en la realidad los hechos y acontecimientos sociales, económicos y políticos negativos. El tratamiento informativo aborda en forma casi exclusiva desde la mugrienta basura de la calle, el asalto callejero, los asesinatos, la malversación de fondos públicos hasta el secuestro. Esta literatura asfixiante expresa que todo, todo esta mal.



Exagera. No basta con contar y mostrar lo feo y vergonzoso. Sobre lo real, exagera, infla, de modo que una lluvia parezca una arrasadora tormenta. Así, el secuestro de un ganadero deberá parecer el inminente secuestro del trabajador asalariado, del desempleado, del profesional de clase media; los asaltos callejeros el inminente asalto de toda la población, que las basuras de la calle dejen la sensación de que el país está al borde de un inmenso basural.



Repite. Debe repetirse lo feo, lo vergonzoso y lo completamente falso hasta el vómito. Como decía Aldous Huxley, “64 mil mentiras hacen una verdad”. Así que repite lo malo y lo falso varias veces en un día.



Omite. Oculta todo lo que pueda dar indicios de corrección, de buen acto, de resultados positivos; en definitiva, omite todo indicador de avance y de un orden en construcción. Todo está paralizado; y mejor aún si se interpreta que retrocede el país.



Inventa, si es necesario. Si la realidad no es suficiente, inventa hechos y acontecimientos, tergiversando los reales, descontextualizándolos, minimizándolos, o directamente produciendo hechos en los estudios o en la redacción.



A producir percepción



Toda esta avalancha mediática, nada originales en sus recursos, se dirigen, en un mismo movimiento, principalmente a estimular y exitar dos sentimientos: el miedo, caldo de la sensación de inseguridad y desorden; y el descreimiento hacia la autoridad política más visible, sustento de la deslegitimación social de un determinado poder. Así, de la realidad manipulada y de los hechos planificados y generados por ciertos actores políticos se produce en la gente la percepción de la inestabilidad y el caos, y de la inutilidad de un determinado gobierno. Entonces ya están al alcance de las manos los mecanismos constitucionales para corregir la situación: juicio político y destitución del gobernante de turno.



La campaña mediática irá creciendo en intensidad y sincronización. En su proceso, apunta a alcanzar picos de debilitamiento del gobierno hasta volverlo completamente vulnerable. Su actual estadio es un momento de su desarrollo, que muy probablemente lo haya acercado más al clímax que persigue. Parece ser así porque, en el plano comunicacional, la difusión de las actividades del gobierno central, con sus logros y errores, dependen casi exclusivamente de la agenda de los grandes medios comerciales. Lo que demuestra el estratégico error de Lugo de no haber apresurado durante el tiempo de gobierno que lleva, con recursos económicos y humanos, el desarrollo del movimiento comunicacional alternativo a la gran prensa: medios estatales, públicos, comunitarios y autónomos. Hoy los golpes de Estado se dan en la región por la vía del mando comunicacional, y no tanto por la del mando militar.



Además, la campaña mediática de ir debilitando al gobierno se desarrolla dentro de un escenario en el que la correlación de fuerzas se inclina pronunciadamente hacia los sectores de poder oligárquicos. Los que tienen cercado al gobierno dentro (poderes judicial y legislativo, gobernaciones, municipios) y fuera (partidos políticos de derecha y medios masivos) del Estado; fruto en parte de la línea política luguista de centro-centro que sólo le permite administrar el viejo orden, y de la aún insuficiente fuerza acumulada por los movimientos sociales y sus expresiones de izquierdas para condicionarlo a asumir políticas antioligárquicas.

http://ea.com.py/como-inflar-“globos”-mediaticos-para-debilitar-un-gobierno/

Fecha: 13/08/2010 15:07.


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