• Benjamín Fernández Bogado

Evidentemente, la construcción colectiva de un país es el resultado de un esfuerzo, una conciencia y un decidido compromiso de mover la nación hacia algo diferente. La gran pregunta que estamos obligados a hacernos es: ¿queremos una cosa diferente de la que tenemos?

La respuesta probablemente decepcione a muchos que todos los días hacen esfuerzos extraordinarios para vivir con dignidad y sobrevivir como se pueda. Los ejemplos de "arriba" no son ciertamente estimulantes para los de abajo.

El deseo de las autoridades de vivir con un nivel superior a lo esperado por sus gobernados, lleva a estos últimos a ambicionar el ejercicio de la política como la última oportunidad de darle un manotazo a la vida.

Ganarle por destajo a una realidad compleja que en el caso paraguayo por historia, geografía, clima y gobiernos han hecho cuesta arriba nuestro desarrollo como nación.

A los mandatarios lo que les falta de conciencia histórica les sobra en hedonismo, en demostración vana de vivir por sobre los demás y demostrar su satisfacción de disfrutar una vida muy superior a la que la obligada austeridad ha sometido al grueso de la población.

 

Hemos dejado de preferir y promover los valores del rigor, la excelencia y el recato a los que se han sobrepuesto los de banalidad, incompetencia y descaro.

 

Pareciera que solo se tiene poder si se lo puede exhibir con la ligereza de quien nunca pensó llegar a tener en sus manos el destino de muchos y la riqueza de pocos. Al principio, la crítica sobre los nuevos gustos pueden ser chocantes para el recién llegado al poder, pero luego se acostumbra a ella y comienza a caer en los mismos vicios que hicieron que él o ella llegara al lugar donde se encuentra.

 

Cuando se dieron cuenta ya están envueltos en procesos judiciales para beneplácito de abogados, jueces y fiscales que se encargan de trasquilar algo de lo robado.

 

No todo, pero lo suficiente para "hacer justicia" particular en desmedro de los intereses de todos.

 

Nuestros gobernantes se convierten así en sinvergüenzas en la peor acepción del término.

 

La cachafacería reiterada, el insulto al buen gusto, el lenguaje provocador y la celebración de lo zafio se imponen de manera reiterada, teniendo como coro a los cortesanos del poder que disfrutan de los gestos y actitudes con la abyecta sumisión del cómplice y escudero.

 

No importa el origen del gobernante, ello solo puede matizar lo que en verdad supone una manera de entender la vida y de observar a los demás.

 

Nos debemos, los paraguayos, una respuesta sincera, acerca de qué debemos esperar de nuestros gobernantes y en función de esa respuesta, reclamar una cosa diferente a la que tenemos, que solo sirve para entretener en el comentario de pasillo sin abordar respuestas a la urgente necesidad de construir una patria diferente.

 

Quizás los silencios y tolerancias cómplices han hecho más daño que la ostentación y el cinismo con que nuestras autoridades han respondido a la vergüenza de la gente.

 

Requerimos más inconformismos e intolerancias para cambiar esto que ha sido la tónica de la democracia paraguaya en las dos últimas décadas.

 

Celebramos la boina roja, la comparamos con algún dictador caribeño, pero cuando terminemos de hacer las cuentas sacaremos como conclusión el tiempo perdido, el dinero malgastado y la patria aún más empobrecida.

 

Nos debemos, los paraguayos, más intolerancia hacia quienes creen que el poder es solo una oportunidad para desenmascararse de los verdaderos demonios internos que celebran su éxito en lo chabacano, lo cínico y lo tolerable.

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